jueves, 30 de septiembre de 2010

Reseña de "Los crímenes de Avignon"

Aquí os dejo una reseña que Elena Montagud ha hecho de "Los crímenes de Avignon". Como ya he dicho en ocasiones anteriores, y pese a reconocer como inmerecidos los halagos recibidos, Elena, una y mil veces, muchas gracias.
http://www.h-horror.com/Other/libros/pdf%20libros%20h-horror/crimenes_avignon.pdf

jueves, 23 de septiembre de 2010

De torturas y pestes

Aquí os dejo el enlace a un relato publicado en la página de Horror Hispano. Espero que os guste, aunque es un poquillo bestia.
http://www.h-horror.com/Relatos/Relatos%20pdf/de_torturas_y_pestes.pdf

domingo, 5 de septiembre de 2010

Javier Pellicer: siempre amable.

Sí, ya lo sé. He tenido el blog muy olvidado, pero lo cierto es que no estaba demasiado animado para este tema de la literatura. Se daban bastantes circunstancias para ello, así que sería demasiado prolijo explicarlo; además, no quiero aburriros en exceso. Últimamente, sin embargo, he estado más activo. He recuperado la ilusión, he vuelto a escribir -ya hay varios relatos que dan buena muestra de ello- y he retomado una nueva novela que me tenía bastante loco, así que todo parece ir bien.
Javier Pellicer ha tenido, además, un gesto que he agradecido mucho. Como muchos de vosotros sabréis, Javier es colaborador habitual de Ilike magacine, donde publica, por entregas, su novela "La sombra de la luna", una historia apasionante en la que demuestra su enorme talento literario -os recomiendo, encarecidamente, su lectura-. También le han encargado la realización de entrevistas y reseñas literarias, y, para mi sospresa, la última de éstas la ha dedicado a "Los crímenes de Avignon".
Ha sido un regalo para mí, algo inesperado y sorprendente que me ha hecho esbozar una sonrisa y llenar el pecho de orgullo. Algo que, sinceramente, le agradezco de corazón.
A continuación, os dejo el enlace donde podéis descargaros la revista. Merece la pena, os lo aseguro -no por mi aparición, eh, sino por las entrevistas, los contenidos musicales y la novela de Javier-.
Aquí os lo dejo.
http://www.ilikemagazine.com/descargas/revista/ilikemagazine_numero10.zip
Nos vemos.

viernes, 25 de junio de 2010

Presentación de "Los crímenes de Avignon"











Fue en Vigo, el 18 de junio, en un edificio majestuoso cuya historia alguien debiera contar. Fue, os lo aseguro, la consecución de un sueño.







viernes, 11 de junio de 2010

"Los crímenes de Avignon" (extracto)


Siguiendo los consejos de Blanca...

Los Crímenes de Avignon




INTRODUCCIÓN


Años atrás, cuando su mente aún no se había visto teñida por demonios o maldades, cuando sólo era un artista prometedor, sus manos parecían las de una dama: finas, con las uñas limpias y bien recortadas y la piel blancuzca y muy tersa. Hoy, sin embargo, sus dedos eran huesudos y tortuosos, como sarmientos erráticos, herederos de un sol esquivo e inalcanzable, y su piel, antaño tan clara, tan suave, ahora se veía resquebrajada por la aridez de la piedra y la dureza del buril.
Pese a ello, no le importaba.
Lo único que contaba era lo que podía conseguir con ellas, la perfección de las obras y la vida que parecía brotar de sus pequeñas esculturas.
Y aquella era, sin duda, la mejor.
Tal parecía que estuviese acariciando aquella pequeña loseta de alabastro, fría y brillante como una estrella, y al menos tan bella. Golpeaba el buril con suavidad, temeroso de quebrar aquella pátina oscura que tanto le gustaba trabajar, y con cada golpe, con cada pequeña incisión, la figura iba cobrando vida, como si una fuerza superior le insuflase un aliento divino o le propinase un azote que le hiciera trasponer ese umbral que es el nacimiento.
Plic, plic, plic…
Pequeños fragmentos de color negro iridiscente moteaban la mesa de trabajo. Tal vez, más tarde los machacase y moliera para emplearlos en alguno de sus cuadros. Tal vez los desechara, como acostumbraban a hacer con las vidas ajenas aquellos a los que obedecía. Pero eso lo decidiría más tarde, cuando la escultura estuviese rematada y la Hermandad tuviese al fin su obra más deseada. Sí. Finalmente la tendrían. Él lo haría posible, tallando un ominoso bajorrelieve en el que se reflejara todo el daño, todo el horror que éstos podían producir.
Plic, plic, plic…
La figura ya se podía ver con claridad. Era una obra maestra, sin duda, pero había que estar loco para contemplarla sin notar una profunda repulsión. En aquella negrura pétrea parecía habitar el mismísimo demonio, semioculto en su interior; aguardando a que el talento del escultor se volcara sobre la piedra que lo envolvía y así lo librara del presidio en el que se hallaba. Maldad en estado puro, librándose de las escorias que lo constreñían para mostrarse en su inicuo esplendor.
La silueta sobresalía apenas un par de milímetros, casi como una tumefacción o una erupción cutánea; el protagonista yacía en el suelo, con el rostro vuelto hacia su verdugo, y su espalda, descarnada por las cuchilladas que éste le asestaba, parecía encresparse por el dolor.
Plic, clic, clic. Unos golpecitos más; otra cuchillada despellejando aquella espalda desnuda.

Absorto en su obra, el escultor parecía obnubilado por aquellas pequeñas escarificaciones que el punzón dejaba a su paso. Una sonrisa enloquecida asomaba a sus labios, húmedos de pasión y frenesí, y sus ojos, desmedidos, casi histéricos, se clavaban con fijeza en la loseta, encarcelados por un influjo creador que no les permitía escapar. Para él no había más mundo que la piedra que mellaba a golpecitos; nada más importante que aquello, nada más embriagador ni absorbente; tan solo piedra negra, surcos escarbados de crueldad que recreaban los rasgos de la muerte o el horror, rostros descompuestos, lágrimas de pena y sangre oscura, contagiada por el polvo de alabastro.
La obra sublime de una mente genial; la obra sublime de un hombre enloquecido



Avignon, 14 de enero de 1358

La celda era muy oscura, casi negra, y estaba formada por gruesas paredes de piedra rebosantes de humedad. Un buen número de manchas las teñían de ocres y parduscos, pero apenas se vislumbraban entre las tinieblas. El pobre anciano, tumbado sobre un viejo jergón moteado de rotos y costurones, temblaba como un junco doblegado por el viento, aterido por el frío y el temor. Su muerte estaba muy cerca; apenas un leve hálito animaba sus pulmones, pero aún se mantenía con vida.
Su cuerpo, delgado y largo como un huso, no estaba en condiciones de soportar por más tiempo las torturas a las que era asiduamente sometido; sin embargo, su fortaleza de espíritu, su férrea voluntad y su gran amor por Dios le habían permitido aguantar con estoicismo tanto dolor. La resistencia que demostraba mantenía perplejos a sus raptores. Jamás habían presenciado tal proeza, tanta fuerza, pero al fin tendría que llegar lo inevitable.
Su mente se hallaba muy lejos de allí, en un lugar donde el horror no tenía cobijo; en un lugar sin paredes negras. Tal vez estuviera recluida en la vieja abadía que tanto añoraba, donde se sentía fuerte y protegido, rodeado por seres queridos que lo cuidaban y lo apartaban de las penas y el dolor. Aquella abadía…
Sí. Si en algún lugar se encontraba a gusto, éste era el monasterio…
Aún podía ver con claridad las nutridas huertas que cultivaba junto a sus hermanos, ahítas de tierra negra y agua, donde vertía su esmero en las hortalizas y los frutales; la legendaria biblioteca, su estancia preferida, donde se acumulaba toda la sabiduría del hombre, o su vieja habitación, austera pero acogedora, donde nada le era ajeno y siempre se encontraba tan cerca de Dios.
Aquella vieja abadía era su vida; lo había sido durante más de sesenta años, desde que, siendo casi un niño, y para goce suyo y de su familia, había ingresado en la orden. Allí se había hecho un hombre, se había labrado un nombre —un buen nombre—, y había alcanzado el éxito. Allí, en aquella abadía, había sido feliz.
¡Dios, qué recuerdos!
Tal vez, en esos recuerdos encontrase el necesario consuelo ante la muerte. Tal vez. Pero, por desgracia para él, eran tan solo recuerdos.
Al cabo de unos segundos, rompiendo el opresivo silencio de la noche, un prolongado crujido sobresaltó al anciano. Sin moverse de su catre, entreabrió los ojos para observar a los hombres que en ese momento se aproximaban a él.
A pocos metros de distancia, ensoberbecidos y arrogantes, sus enemigos lo contemplaban.
—Buenas noches, Santo varón —saludó con sorna uno de los visitantes, un hombre tocado con una larga túnica marrón ricamente brocada, por la que se adivinaba su elevada posición social.
—Regresáis como las hienas, señor, aproximándoos a vuestras víctimas durante la noche —sentenció el anciano, incorporándose lenta y pesadamente del catre hasta situarse frente a sus captores—. ¿Sois vos, señor Conde, quien así se cierne sobre su cautivo?
De pie, inmóvil en mitad de la estancia, con el cuerpo tan lacerado que difícilmente conseguía mantenerse erguido, el anciano vio cómo el rico caballero se aproximaba hasta él.
—El día del juicio ha llegado para vos, anciano, así que déjese de monsergas. Si el escaso discernimiento os lleva a persistir en vuestra negativa a reconocer los mandamientos de la Hermandad, y así renegar de Roma, estaré encantado de presenciar el estertor final de su Ilustrísima —amenazó con una voz grave y profunda el Conde, alzándose sumamente erguido delante del anciano.
—Renegad de vuestras creencias; abjurad de ellas y nos ahorraremos la triste visión de la tortura —dijo, acariciándose un enorme solitario de oro que refulgía en la tenebrosa oscuridad de la celda.
—En vano insistís, Excelencia. Si el Altísimo ha puesto esta prueba de fe en mi camino, gustoso estaré de aceptarla, aunque ello suponga mi muerte. Jamás conseguiréis que renuncie a Dios.
El anciano mostraba un coraje extraordinario; la proximidad de la muerte parecía no hacer mella en él, y el dolor de la tortura se le antojaba un mal insoslayable que debía soportar con la mayor de las enterezas.
—Si ese es su deseo, sea pues, Pater. Será un placer presenciar vuestra agonía. Llevadlo a la cámara —ordenó a los hombres que lo acompañaban—, y seamos testigos de la muerte de un cristiano.
Los dos hombres que acompañaban al Conde agarraron al anciano por los brazos y lo obligaron a caminar a base de empellones.
Minutos después, comenzaría la tortura.


(Continuará…si ustedes lo desean)

domingo, 6 de junio de 2010

Los crímenes de Avignon

¡Ya está aquí! ¡Al fin ha llegado!
El próximo 18 de junio, en la sala da Xuventude del Ayuntamiento de Vigo, se celebrará la presentación de "Los crímenes de Avignon", publicada por Doble Hache. Aún no me lo creo, pero ya es realidad; sólo tengo que acostumbrarme a ello.
Me encantaría que estuvieseis allí, acompañándome en ese momento tan importante; sinceramente, os echaré de menos. Siento que vosotros, de quienes he aprendido tanto, sois también artífices de esta novela. Muchas gracias por vuestro apoyo; muchas gracias por vuestra amistad.

A continuación, os dejo un enlace en el que se pude ver la portada y las características de la publicación; pulsando sobre el título, podréis ver el dossier de venta. Espero que os guste.
El diseño es obra del dibujante Francisco Iglesias Vieitez, Quisco, uno de los colaboradores habituales de Horror Hispano y, como veis, un artista genial.
http://www.doblehache.org/Catalogo/coleccion%20novela.html

Si alguno de vosotros desea adquirirla, no tiene más que seguir ese enlace.
En próximas entradas, os iré mostrando alguna de las apariciones en prensa que la publicación ha ido motivando.
Muchas gracias y un abrazo. Sin vosotros, no hubiese sido posible.

lunes, 24 de mayo de 2010

Un gran regalo




La entrevista la ha hecho Javier Pellicer, el autor del blog "Tierra de bardos"; la caricatura, una obra maestra, es de Pablo Pino, el genial ilustrador que "decora" las colaboraciones de Javier en la revista Ilike magazine. Ambos me han hecho un gran regalo.
http://www.ilikemagazine.com/descargas/revista/ilikemagazine_numero7.zip

Sus blogs son:
http://pino-caricaturas.blogspot.com/
http://tierradebardos.blogspot.com/

sábado, 17 de abril de 2010

Un premio inmerecido



El 14 de abril de 2009, casi en los albores de mis incursiones literarias, un pequeño grupo de amigos, haciendo gala de un idealismo impenitente y admirable, crearon la página web Horror Hispano. Juntos, animados por un ferviente entusiasmo por la literatura, iniciaron una andadura cuajada de incógnitas en la que perseguían un sueño: convertirse en un referente, en una casa común, para todos aquellos que sienten el terror y misterio como algo muy cercano; para todos aquellos que resumen sus desvelos en unas pocas frases rebosantes de inquietud, de congoja, incluso de horror, para disfrute de cuantos se apresten a leer sus historias.

El desafío era, por supuesto, muy importante. Ansiaban implantar una publicación periódica —en principio, un fanzine—, en la que dar salida al elevado número de escritores noveles que, pese a su talento, siempre se hallan huérfanos de editor; ansiaban unir esfuerzos, despertar conciencias y crear temores literarios; dar cobijo editorial a los que, como yo, tan solo podían soñar con ver sus textos plasmados en papel; ansiaban, en suma, convertirse en una salida para los desprovistos de respaldo.


Hoy, un año después, han conseguido fidelizar a un buen número de lectores, han publicado dos selecciones de relatos, amén de los muchos que han colgado en la página, y han sentado las bases para erigirse en la más importante de las páginas de literatura de terror de nuestro país. En próximas fechas, además, sacarán a la venta una importantísima selección de cuentos, ya muy esperada por los aficionados al género, y, para cerrar el círculo, han creado la Asociación Doble Hache, fragua de un sinfín de proyectos literarios que, sin duda, darán mucho que hablar en el futuro.

Ha sido éste un año de éxitos, de sueños cumplidos e ilusiones satisfechas, un año de días inolvidables, en el que se han cimentado los logros que vendrán, y que, una vez transcurrido, les ha servido para hacer balance.

Para ello, para testar, en cierto modo, los gustos de los asiduos a su página, los creadores de Horror Hispano concibieron una especia de encuesta, una consulta a los lectores, en la que se les pedía que seleccionaran a los más destacados del año.

El 15 de Abril hicieron públicos los resultados, y mi sorpresa fue mayúscula.

Tras las votaciones, resulté elegido “Autor del año”.

Sí, ya sé que es sorprendente, pero así es, “autor del año”. Y estoy que no quepo en mí.

Por eso me gustaría aprovechar estas líneas para expresar mi gratitud, para explicar la emoción sentida, pero lo cierto es que me cuesta mucho. Nunca he sido capaz de mostrar mis sentimientos de forma abierta y clara, y por ello sólo diré: muchas gracias.

Muchas gracias a todos aquellos que lo han hecho posible, a todos aquellos que me han leído, a los que me han acompañado y a cuantos han perdido una parte de su tiempo para compartirlo con mis textos. Sois vosotros los que me habéis ayudado a lograrlo, así que, de todo corazón, muchas gracias.

Junto a mí, otros compañeros han recibido el favor de los lectores:

Rafa Guerrero, por su fantástico “Las ratas”, elegido mejor relato del año,
Crocop, por una terrorífica y crudísima microbiografía,
Rafael Pérez, por una estupenda definición de Horror Hispano, y
Manuel Loureiro, por Apocalipsis z: los días oscuros, considerado el mejor libro de Horror del año.

Jaume Balaguero y su conocidísima REC 2 han sido elegidos, además, mejor director y mejor película.

Así que ya veis; para mí, es un auténtico honor formar parte de este cartel, y por tanto, MUCHÍSIMAS GRACIAS.

Para Darío, en especial, por todo lo hecho.

domingo, 14 de marzo de 2010

Mi abuelo, el contador de historias







El abuelo se había ido como por ensalmo, sin apenas decir un ay o un adiós, expeliendo su último aliento con la parsimonia o la quietud de aquel que se va en paz. Su rostro se había vuelto cadavérico, macilento y exangüe, como esas gárgolas marmóreas que observan al viandante desde el privilegio de las alturas, de ojos ocultos, arrebujados tras unos parpados gruesos de vejez. Y sin embargo, aún mantenía aquella expresión de placidez que yo siempre recordaba.

Era el abuelo un hombre recio, firme como una piedra y quizás tan tosco como ella, aunque ferviente cristiano y blandengue de interior. Había sido, además, un magnífico orador, un espléndido charlatán, muy dado a largas peroratas y discursos rebosantes de un idioma goloso, acaparador, que parecía querer aprehender hasta el último de los detalles y regurgitarlo en forma de verbo florido o ripio más o menos afortunado.

Al abuelo le encantaba contar historias. Tras haberse deslomado en los campos, hollando una tierra escasamente fértil que no le daba más que disgustos, y después de haberse aseado adecuadamente, solía dirigirse a la taberna del pueblo, apenas un garaje de cales desconchadas y humedecidas, donde se reunían los cuatro o cinco viejos que por aquel entonces quedaban en el pueblo. Allí fumaban unos cigarros gordezuelos, muy toscos, que parecían cosidos a sus labios, como desafiantes de una gravedad quizás ausente y plenos de hebras negruzcas y mal prensadas que exhalaban un humo denso, blanquecino, que terminaba por acumularse bajo la techumbre. Al mismo tiempo, para paliar la sequedad que les amargaba el velo del paladar, los del pueblo vaciaban pequeñas jarras de un vino espeso, abundante de posos violáceos, que Fermín, el posadero, perpetraba en unas barricas contaminadas de podredumbre. Durante la fermentación, Fermín solía verter en las cubas gruesos trozos de tocino, rancios y amarillentos, que proporcionaban al caldo una textura untuosa, un cuerpo sabroso, muy apreciado por sus vecinos.

El ambiente en la taberna era cordial, casi familiar, y allí, entre volutas rizadas y olorosas, y regustos dulzones y engrasados, mi abuelo contaba sus historias, sustitutas de una radio aburrida o una televisión inexistente. Se acodaba en el mostrador de madera, junto al frigorífico donde yacían las Coca colas, miraba a su reducido auditorio —cada vez más reducido—, expelía una bocanada suave y comenzaba a hablar, manoseando sin cesar una estilográfica de laca raída, que siempre lo había acompañado.

Eran narraciones extensas, casi todas sin final, que musitaba con aquella voz grave, maltrecha de toses y esputos, que parecía provocarle un intenso dolor. Acostumbraba a comenzarlas por la mitad, como si los orígenes no tuviesen importancia, por lejanos, y profería extensos circunloquios, a veces muy desorientados, hasta que se aproximaba a la conclusión. Una vez llegado a ese punto, se callaba, bebía un trago de aquel vino denso y azulado, y murmuraba: “el final no importa; es triste, como siempre, y nosotros ya somos viejos”.

Entonces, sus amigos sonreían. — ¿Cuándo contarás el final? —preguntaban, a pesar de conocer la respuesta—. ¿Para qué? —contestaba él—. Ya os he dicho que es triste, y si no os lo cuento, tal vez podáis imaginar vosotros uno distinto. —Entonces sonreían todos, vaciaban las jarras de golpe y se marchaban para casa, sin necesidad de despedirse.

Y así seguían, día tras día, en una ceremonia cotidiana que los aliviaba de los pesares de la soledad, de esa soledad impuesta por un progreso absurdo e imparable, que terminaría por dejar el pueblo vacío. Y así día tras día, entre largas jornadas de cava y de siega, entreveradas por aquellos gratos momentos de asueto en los que las historias se convertían en protagonista; y así día tras día, entre amigos ya ancianos, gregarios de un hombre al que le gustaba hablar, que ya habían renunciado a conocer aquellos finales tristes.

Hasta que se fueron muriendo.

Uno tras otro, vencidos por una vida bien vivida, sucumbían a los años, mientras sus amigos, cada vez menos, cada vez más viejos, continuaban reuniéndose en aquella taberna de pueblo para escuchar a mi abuelo, para fumar aquellos cigarros gordezuelos y beber aquel vino untuoso y azulón. Quizás la imaginación de éstos también sucumbiera, y aquellos finales tristes, ignorados por el narrador, no se vieran sustituidos por otros más felices. Quizás, la esperanza también acababa falleciendo.

Finalmente, sólo quedó mi abuelo, en un pueblo vacío, lleno de recuerdos. Y su voz, maltrecha de toses y esputos, se fue apagando, huérfana de historias y de público; huérfana de amigos. Hasta que también él sucumbió. Tal vez, le hubiese llegado la hora; tal vez, sin amigos, sin historias, sólo con finales tristes, no tenía sentido vivir.

Acurrucado en el féretro, mi abuelo descansaba. Entre sus dedos nudosos, sinuosos de artritis, bajo la bóveda esquelética que formaban, se ocultaba aquella estilográfica, de laca raída y desconchada, que tantas veces había sido testigo de finales por decir.

Tal vez, ella pudiera susurrarme aquellos finales felices, tantas veces imaginados por los amigos de mi abuelo. Tal vez, pudiera susurrarme alguna historia.

sábado, 13 de febrero de 2010

Agradecimiento, homenaje y autobombo

No quisiera comenzar esta entrada sin antes disculparme por el triste abandono que este blog ha sufrido, pero un sinfín de circunstancias me han obligado a permanecer apartado de él. Sin embargo, hoy no he podido sustraerme a mis necesidades cibernéticas —¡qué raro suena eso—, así que aquí estoy.

Lo siguiente, es a modo de agradecimiento, homenaje y autobombo —disculpadme lo del autobombo, pero necesito contarlo—, y quiero compartirlo con todos vosotros.

Hace escasas horas, el autor de “el alma impresa”, Sergio G. Ros, ha colgado en su fantástico blog una selección de escritores que ha denominado “Generación XXI”, y dado que es hombre de gran criterio, exquisito gusto literario y sumamente dotado para reconocer el talento allá donde lo viera, ha decidido, como no podía ser de otro modo, incluir a un servidor en dicha relación —Je,je, ya dije que era autobombo, así que ahora no os sorprendáis, ¡coñe! —.

Lo cierto es que su iniciativa, a pesar del buen rollete que hay entre blogueros, me sorprendió muchísimo —sobretodo que me hiciese partícipe de ella—, pero hoy, cuando vi mi nombre junto al de tantos amigos, me sentí realmente orgulloso. Sergio es un hombre desprendido, generoso y benévolo —al menos eso capto yo en sus intervenciones—, y el exquisito trato que siempre muestra con sus compañeros de red está adquiriendo proporciones colosales. Iniciativas como ésta ensalzan a quien las emprende, y yo no puedo más que enorgullecerme por formar parte de sus amigos de bitácora. Vaya por tanto, desde aquí, mi más agradecido recuerdo para él. Quizás algún día, así lo espero, esta relación se vea refrendada por un buen apretón de manos o un fuerte abrazo.

Mi más sincera enhorabuena, por supuesto, a mis compañeros de generación. Es un orgullo acompañaros.

Y ahora, sin solución de continuidad, el autobombo más inmodesto.

Hace un año, más o menos, que comencé con este blog, y a pesar de que es muy poco tiempo, lo que en aquel momento me parecía imposible comienza a hacerse realidad. Por aquel entonces, mis sueños literarios no eran más que eso: sueños o quimeras que llenaban mis noches, pero hace unos días —sí, tan solo unos días—, comenzaron a hacerse realidad.

Tras la publicación de mi relato “Trágica confesión” en el fanzine nº 2 de Horror Hispano, Darío Vilas, administrador de “Horror Hispano” y creador, junto con Senén Lozano y Anabel Areal, de la asociación literaria “Doble Hache”, me pidió que participase junto a otros cuatro compañeros en una iniciativa ciertamente curiosa: un libro disco; un pequeño libro de relatos que irá acompañado de un cd, donde figurarán las piezas musicales que unos amigos compositores han creado para nosotros. Se trata de algo ciertamente innovador; una comunión genial entre música y literatura que espero no deje indiferente a nadie, y en la que voy de la mano de una fantástica compositora, Ana Albajara, que ha escrito dos piezas realmente fabulosas. Saldrá a la venta a principios de verano, y espero que obtenga el éxito que los miembros de Doble Hache se merecen.

Quizás por la misma época, comenzó mi colaboración con “Brandlife”, una muy conocida revista de publicidad donde logré publicar un artículo sobre la campaña que Acciona había lanzado a los medios. Al cabo de un mes se me ofreció la posibilidad de colaborar con ellos; surge entonces “Desde mi sillón”, una columna mensual donde un espectador ignorante —o sea, yo—, escribe sobre ese extraño mundo de la publicidad.

En Febrero se publicó la primera columna; a principios de marzo sale a la venta el número donde se incluye la segunda, y la experiencia está resultando increíble. Comienzo a dar pasos en el mundillo y estoy que no lo creo, pero como no hay dos sin tres —o tres sin cuatro—, ahora viene la traca final.

A primeros de marzo, dentro de nada, saldrá a la venta mi primera novela, “Los crímenes de Avignon”, donde cuento la lucha que un servidor del Santo Oficio se ve obligado a mantener contra unos criminales ciertamente sádicos. Es otra iniciativa de Doble Hache —a esta gente ya no sé cómo agradecérselo—, y ya está casi todo hecho. Estoy terminando la corrección, la portada, obra de Quisco, es absolutamente brutal, y en breve, unos pocos días, la podré tener entre mis manos.

Así que creedme; los sueños, desde luego, se hacen realidad.

lunes, 11 de enero de 2010

Imperfecta simetría

Hace unos cuantos meses, en una de las primeras entradas de este blog, mencioné la grata sorpresa que me había llevado al internarme en el, sobretodo entonces, desconocido mundo de la blogosfera literaria. Recuerdo haber descrito mi estupor al hallarme frente a un buen puñado de escritores, todos ellos grandes aficionados, que volcaban sus anhelos, sus pesares o sus alegrías sobre la pantalla de un ordenador, para libre regocijo de todos los que quisieran acercarse hasta sus bitácoras.

Hoy, me acerco hasta vosotros con una finalidad similar: la de glosar la fantástica labor de dos escritores escasamente conocidos, casi noveles aunque rebosantes de talento, que recientemente han conseguido publicar una de sus obras.

Me refiero a Darío Vilas y a Rafa Rubio, administradores de la página web Horror Hispano, que sin duda sabrán descollar en este extraño e injusto mundo de las letras. Para ello, uno de sus primeros pasos ha sido la aparición de un pequeño libro de relatos de misterio, “Imperfecta simetría”, ambientado en una isla carente de humanidad, donde lo humano apenas importa y tan solo el egoísmo anima a sus habitantes.

El libro consta de varias historias independientes que, sin embargo, los autores han conseguido hilvanar entre sí por una trama muy sutil. En ellas, Rafa y Darío nos muestran unos personajes muy oscuros, anclados en un pasado tan oscuro como ellos, cuyas vidas se ven trágicamente dominadas por el entorno en el que viven: la isla de Simetría, un pedazo de mundo en el que reina la decadencia, la corrupción y la inmoralidad, con una atmósfera tan opresiva e inquietante que sume a los que allí residen en una desesperanza contagiosa y enfermiza de la que se ven incapaces de escapar.

Surge entonces en sus vidas el horror, la crueldad o el sadismo; a veces ribeteado de pequeños festones absurdos o surrealistas; a veces presidido por un realismo agobiante que cala hasta los huesos al lector y le provoca una desazón angustiosa. Surge la sangre, el miedo…el terror.

Sabiamente, los autores conjugan una prosa incisiva, muy directa, con una indiscutible belleza estilística –poética, en ocasiones-, que propicia una lectura ciertamente agradable y ayuda a crear un escenario fácilmente imaginable. Nos regalan un cúmulo de sensaciones -siniestras, en su mayor parte-, que, por esas curiosas evocaciones que acuden a nuestra mente, nos trasladan a un paisaje caótico, desprovisto de amor o humanidad, que hasta ansiamos no abandonar. Nos sume en la desazón; pero casi deseamos permanecer en ella, pasar la página y continuar con la inquietud.

“Imperfecta simetría” es, en suma, un conjunto completo y homogéneo de relatos angustiosos, que a buen seguro supondrá el comienzo de una carrera imparable y fructífera. Vaya desde aquí, por tanto, por los buenos momentos que su creatividad me ha proporcionado, mi más sincero agradecimiento.

Para Rafa y Darío, muchas gracias.



NOTA: Para aquellos que lo deseéis, el libro se puede adquirir en www: h-horror.com

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Hola, amigos -vaya, menudo saludo circense-. Este post supone un cierto cambio. En él cuelgo un relato que ha escrito mi hermano -gemelo, para más señas-, que ha decidido, al fin, recuperar esa afición por la escritura que siempre tuvo. Se trata del primer capítulo de una novela que está escribiendo, y a mí me parece que puede dar mucho juego. Creo sinceramente que tiene grandes dotes para ello, pero me gustaría conocer vuestra opinión. Ya sabéis que la tengo en gran estima así que, por favor, leed y, si lo tenéis a bien, comentad.
Bueno, ahí va.
Un abrazo a todos.
EL ERROR INEXISTENTE

Capítulo Uno

Mi nombre es Saturno. Si, ya lo sé. Es ridículo en extremo, pero es el único que tengo. Las responsables del desatino fueron las monjas del hospicio de Santa María de la Merced, donde me crié y viví hasta el día en que cumplí los catorce años de edad. Sor Mónica, que fue quien tuvo la idea, se basó en que ─ como Saturno, que es el planeta más extraño del sistema solar ─, yo era el niño más ajeno a la normalidad de todos cuantos había visto a lo largo de su vida. El resto de las monjas estuvieron de acuerdo en que ese aborrecible nombre era el más adecuado para el caso, y así fui cristianamente bautizado como Saturno de Santa María de la Merced, de padre y madre desconocidos. ¿Y cuál fue ─ se preguntarán ustedes ─, la rareza que vieron en mí aquellas buenas monjas para causarme semejante faena? La explicación es bien sencilla, y puede resumirse en una sentenciosa frase: soy un mal nacido. Por favor, no me entiendan mal. No soy un hombre depravado ni poseo más cualidades vergonzosas de lo habitual. Quiero decir, simplemente, que nací mal. No hubo diferencias en el método, que supongo que sería el habitual; pero, sí en la forma.
Afirman los doctores en Medicina que todo lo que experimenta la madre
durante el embarazo se traslada, en mayor o menor grado, a la criatura que lleva en el vientre. Y lo que experimentó mi madre fue una soberana paliza que le propinó mi padre al regreso de una de sus numerosas orgías etílicas. Solía llegar a casa transformado en uno de esos odres de piel de cerdo que se usan para guardar el vino. Y en tal estado, y deshonrando a tan noble animal, la emprendía a golpes con mi madre. Como no daba abasto ella sola, y también ─ supongo ─, porque siempre es bueno el reparto “a escote”, me tragué yo una abundante ración de palos.
Les ruego me disculpen si les parece que trato el tema de un modo frívolo, pero debo hacerlo así para evitar que las lágrimas mojen el papel sobre el que escribo. A nadie le duelen más que a mí los padecimientos de mi madre, que buenas penurias me han causado, pero no me gusta refocilarme en el dolor como una plañidera; prefiero olvidarlo y rodearlo como si fuera un barrio de mala reputación, y centrarme — si es posible — en todo lo bueno y bello que la vida ofrece.
Llegué a este mundo en una de esas noches de otoño frías y nubosas. Lo hice en una cama sucia, como todo lo demás. Cuando mi padre vio que el parto era inminente corrió a avisar a Josephine Baker, la mejor y única comadrona del pueblo. —Mala cosa ser primeriza en una noche así —dijo la vieja Josephine
mientras rumiaba el enojo que la invadía—. Dais más problemas que valéis. La comadrona Baker actuaba con la habilidad de los años, que le habían regalado la experiencia pero también una aguda desidia que parecía gobernar todos sus actos. El milagro del nacimiento no tenía secretos para ella; nunca se presentaban complicaciones que no pudiese salvar, ninguna sorpresa desagradable. Pero aquella noche, cuyo desenlace se había decidido por la vía del estacazo —aquellos que recibiera mi madre—, vine yo a echar un borrón sobre el flamante expediente de la Baker.
El temblor que sacudió sus estremecidas manos mientras se esforzaba por buscar alguna configuración habitual en aquella cosa que sostenían, fue tal que a punto estuvo de dejarme caer al suelo de la habitación. —Por si no te ha llegado, ¡dos tazas! —Habría sido la bienvenida más apropiada; el primer aviso de lo que llegaría después.
Cuando al inicio del relato les advertía de mi condición de mal nacido, pretendía señalar que lo que mi madre engendró fue no más que un vano intento de ser humano, un cuerpo extraño y plagado de deformidades, una masa de carne informe que apenas dejaba entrever al bebé que se suponía había de llegar. La consecuencia de aquella infame paliza fue una cabeza plagada de valles y colinas; tal era el número, tamaño y profundidad de los badenes y baches que la poblaban, que, si bien no dañaron al cerebro, fueron causa suficiente para evitar el parecido con el resto de las testas conocidas hasta la fecha. La cara era lo más humano de todo, obviando, eso sí, el exagerado tamaño de la nariz, con unas aletas capaces de hacer que el resto del cuerpo alzase el vuelo, y la extraña disposición de la boca que parecía buscar la verticalidad. Mis piernas se quedaron en los primeros pasos de la carrera, de tal modo que los pies, casi inexistentes y extraordinariamente retorcidos, aparecían mucho antes de lo esperado. Al término de la cadera, y con no más de diez centímetros de recorrido —los ocupados por las piernas—, surgían unos pies diminutos e inservibles, como setas venenosas.
Obviamente, tal cúmulo de atrocidades corporales no pudo más que condicionar toda mi existencia. Y lo hizo desde el principio.
Cuando el llanto y los dolores propios del parto permitieron a mi madre abandonar el lecho tomó la decisión de encaminarse hacia el convento de Santa María de la Merced. Lo hizo al abrigo de la noche, esquivando la indiscreción de las farolas y las calles más transitadas. Pretendía dejarme ante la puerta de la inclusa, resguardado en una vieja canastilla con más mugre que mimbre, y con la esperanza de que las monjas, al verme así abandonado, me tomasen bajo su cuidado y me diesen el cobijo y alimento necesarios.
— Ellas —se decía mi madre, en un vano intento de convencerse a sí misma—, le darán una educación y una comodidad que de otro modo no tendrá. Le cuidarán como Dios manda y le darán todo el cariño que necesita. Seguro.
Y en éstas estaba la pobre mujer, cegada ya por las lágrimas que le caían a borbotones y con la preocupación incesante de ser descubierta, cuando todas las precauciones que había tomado en su ronda nocturna se revelaron insuficientes para procurar el anonimato que tanto ansiaba. Fue mi llanto el culpable de que Sor Ángela, intrigada por los quejidos infantiles que llegaban desde la calle, la descubriese cuando se disponía a dejar la canastilla ante el portón de entrada. Al verse sorprendida de forma tan inesperada pensó mi madre en echarse a correr calle abajo, huyendo de mí y de la monja que le daba el alto. Pero sor Ángela, a pesar de los muchos años que cargaban sus huesos y de los dolores reumáticos que la asolaban, fue más rápida que mi madre, que se vio arrastrada hacia el interior del hospicio sin poder hacer nada para evitarlo. Dos minutos después del forcejeo —los que tardó Sor Ángela en tranquilizar a mi madre—, estaban las dos mujeres sentadas en el salón principal del convento, dejándose acariciar por el calor de las brasas que crepitaban suavemente en la chimenea.
Estuvieron así hasta que la luz del alba les indicó que las palabras ya no servían, y que el rumbo y la determinación de mi madre no iban a variar. La pobre apenas tenía argumentos que oponer a los de la monja, que no cesaba de hablar del amor de la madre hacia su hijo y de los sacrificios que el Señor impone. Eran conceptos demasiado lejanos para quien descubre, espantado, que la desesperanza ha terminado por atraparle y gobierna ya toda su vida. En ocasiones, ya vencida y derrotada, mi madre me señalaba con el dedo. — Mírele usted —decía con la voz quebrada por el llanto—, ¿qué voy a hacer? ¿Qué otra cosa puedo hacer?
Su mente se llenaba de imágenes de un futuro aterrador, condenado por una existencia que la castigaría eternamente y de la que sólo podría escapar manteniéndome lejos.
— ¿Y él? —opuso Sor Ángela, dirigiendo una mirada inquisidora a mi madre, que no cesaba de llorar—. ¿Podrá perdonarla algún día? — Mírele, madre —respondió ella—. Le he dado la vida. ¿Cómo podría hacerlo?
Y todo quedó decidido.
El día de mi llegada a Santa María de la Merced, Sor Ángela convocó a todas las monjas a una reunión para que me viesen y supiesen lo que se les venía encima.
— No será fácil —afirmó Sor Margaret, muy seria, mientras me observaba con expresión curiosa dentro del capacho en que mi madre me había llevado al hospicio—. Me refiero a su educación. Y a sus cuidados… — Todos son iguales a su edad —sentenció Sor Ángela—. No importa cómo sea su rostro, ni su cuerpo. Todos necesitan lo mismo: comer, que les den el biberón y les cambien los pañales. Sólo eso. — Al menos —llegó a decir una de las monjas—, es seguro que el buen Señor tendrá la bondad de llevárselo pronto a su lado. Pobrecito…
Les parecía imposible que mis deformidades físicas no tuvieran una correspondencia dentro de mi organismo; algún defecto congénito y mortal que no tardaría en manifestarse para llevarme de este mundo. Pero, se equivocaron, y —aunque no mucho—, pude crecer rodeado de hábitos y de niños, sano y fuerte, listo y temeroso.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Un tacto tibio


UN TACTO TIBIO

¡Qué crueles son los días que me ha tocado vivir! ¡Qué incierto se me antoja el destino!

Ahora, atenazado por deudas de juego, perseguido por unos acreedores correosos e infalibles, y desprovisto de bienes con los que satisfacer sus bestiales requerimientos, no me queda otra opción que poner tierra de por medio, olvidar el coraje y la galanura, y correr como un conejo.

Quizás mi orgullo se vea perjudicado ante semejante modo de actuar, sí. Pero bueno es un pellejo sano, y bálsamos habrá para enjugar las heridas de la ignominia.

Odio, no obstante, comportarme así, pues la gallardía y el coraje han blasonado siempre mi estirpe, y la huída indecorosa nunca estuvo bien vista por mis insignes antepasados. Sin embargo, consciente como soy de que sus espíritus no se removerán inquietos en sus tumbas, decido iniciar mi vergonzante retirada, plena de desdoro pero ahíta de esperanza.

¡Huyo! Huyo para salvar mi vida, y no albergo otro deseo que el de salvaguardar unos huesos a los que la edad me ha enseñado a amar. No obstante, y aun a sabiendas de que mi proceder es el correcto, todavía siento una intensa punzada de rabia por esa suerte que me ha resultado esquiva.

Han sido tan caprichosos los designios, tan absurdo el reparto de la fortuna, que aún permanece en mí una acusada tendencia al desquite, un íntimo deseo de esgrimir una buena mano; una que me otorgue unas cartas que hagan justicia a mi afamada habilidad y me permitan vengar la afrenta sufrida ante unos jugadores mucho menos dotados que yo.

¡Ay! ¡Cuánto daría porque esto se hiciese posible! Cuánto por ver los rostros demudados de mis rivales, vaciarles los bolsillos y reírme ante ellos, en justa respuesta a sus burlas anteriores.

¡Dios! ¡Qué bello sería!

Sé que me siento atribulado por lo incierto de mis perspectivas; sé que mi ánimo actual no es el idóneo para dirimir esta incógnita que me acucia, pero no dejo de pensar en el injusto comportamiento de los hados. ¿Hay acaso alguien tan merecedor de su concurso como yo? ¿Alguien tan digno, tan osado?

¡No! ¡Por supuesto que no! Y sin embargo ellos, tan divinos, tan etéreos, se congratulan en depararme un escarnio vergonzoso, rebosante de vituperios sociales, ante el que nada puedo hacer

Ya oigo cómo se aproxima el tren. Su penetrante silbido me golpea como un aldabonazo, me devuelve a una conciencia acobardada y me obliga a huir en pos de una vida más larga y saludable. Debo huir. Sé que debo hacerlo. Y sin embargo…

Me arrebujo en mi gabán, algo destemplado ya. Desconozco si la causa de mis estremecimientos es la baja temperatura o la falta de arrojo. Pero siento frío. Introduzco las manos en los bolsillos. Y ahí están. Mis últimas fichas; aquellas que resistieron los duros embates de una fortuna huidiza y se resguardaron, al calor de la franela, de unos ataques escasamente compasivos; aquellas que me devolvían la pasión y ahora me producen un bronco palpitar.

Sé que son pocas. Muy pocas. Pero su tacto es tibio, y yo siento frío. Y aún están ahí. Quizás sea una señal de que mi suerte va a cambiar. Quizás pueda echar una última mano, tan solo una, y así descubrir si el aciago destino que ha conducido mi vida se ha retirado al fin. Quizás sea mejor no coger ese tren.

¿O no?

lunes, 23 de noviembre de 2009

Tan solo deseo que esto acabe




Tan solo deseo que esto acabe; que pase la noche y se haga realidad el triste destino que me fue marcado. Mis arrestos han llegado a su fin, vencidos por la inevitable decrepitud que adorna mi cuerpo, por la certeza absoluta de que mi muerte es inevitable, y nada queda ya por hacer. Mi lucha ha finalizado, y ahora, ajado de años y desdichas, sólo me resta tumbarme en mi jergón, cerrar los ojos y esperar la llegada de la parca, tan firme, tan certera, que ningún hombre puede soslayar.

Aunque hubo un tiempo que creí poder hacerlo: un tiempo en el que mi coraje era desmedido, mi fe, absoluta, y mi corazón, ése que hoy se muestra emponzoñado y carente de amor, no hacía sino batallar, henchirse de orgullo y arrojarme a la lucha en pos de aquello que consideraba justo o razonable, sin importarme las consecuencias que debiera arrostrar por ello. Hubo un tiempo, sí, en que quise luchar. Pero ya pasó.

Multitud son los combates que he tenido que afrontar, carentes de razón y sentimientos, donde no había lugar para la piedad, el amor o la esperanza, y muchos los que han caído en ellos, medrosos y desamparados, y envueltos en la angustiosa sensación de haber acometido una tarea inabarcable, que sobrepasaba la capacidad humana. Ante ella, cualquier esfuerzo era vano y tan solo una férrea voluntad podría llevar al guerrero a soportar los embates y no caer rendido por el terror o la desazón; tan solo un íntimo y arraigado deseo de hacer el bien no palidecería ante la grandiosidad del horror al que nos debíamos enfrentar, y así las cosas, pocos eran aquellos que lo intentaban.

Juntos, mis hombres y yo, nos habíamos erigido en una suerte de último bastión, en un férreo baluarte sobre el que se había depositado la ímproba labor de salvaguardar a este mundo nuestro de los demonios y, a la vista de los resultados obtenidos, excesiva ha sido la carga.

Mis compañeros ya no están, y yo escasamente puedo mantenerme en pie. La vejez se ha cebado en mí, y con ella, como una viruela que acude presta a emponzoñar las llagas de la edad, ha surgido el temor, el egoísmo y la codicia, como jinetes que asolan las postrimerías de una vida incapaz de defenderse.

Ahora ya no es apacible mi ánimo. Hasta el leve crepitar de la lumbre que calienta mi hogar se me antoja presagio de muerte, y el siniestro ulular del viento al colarse por la chimenea se vuelve a mis oídos como aullido enloquecido.

Mi cuerpo se halla enfebrecido, y paso a paso, sin remedio alguno para ello, el latir de mi corazón se agita más, se angustia y desespera, ante la proximidad de unas bestias que, a buen seguro, desprovisto de la ayuda que mis fieles hombres me procuraban, se abalanzarán sobre mí para desollarme y desprenderme de los breves retazos de vida que me resten.

Mis posibilidades de sobrevivir a esta noche son, lo sé, inexistentes. Su ataque será feroz, mi mano ya no posee la firmeza de antaño y mi coraje ha desaparecido con mis amigos. Y ahora, mientras aguardo la irrupción enloquecida de esos seres malditos, pienso que, quizás, mi valentía nunca fue tal, sino una suerte de actitud solidaria, un arrojo inconsciente, motivado por la protectora compañía de mis hombres o por ese orgullo fatuo que impele al General a no arredrarse a la vista de la tropa.

Sé que no tendré valor para enfrentarme a esas bestias; son demasiado horribles, demasiado crueles sus actos, y no deseo darles el placer de acabar con mi vida.

Por tanto, animado por un temor insoslayable, y por una decrepitud odiosa que me hace flaquear, he decidido acabar con mi vida, poner fin a mis angustias y evitar así ser pasto de sus fauces.

Sé que vienen a por mí; puedo oír cómo los brezales crujen bajo sus zarpas, cómo sus roncas gargantas regurgitan gritos de odio, y ya no aguanto más.

Los grillos y las lechuzas han dejado de cantar, aterrados por el paso de tan siniestra comitiva, propiciando con su silencio un mundo nuevo, huérfano de sentidos, en el que parezco levitar envuelto en brumas, como una somnolencia alcohólica. Y ciertamente me parecería así de no ser por el bronco latir de mi corazón, que me devuelve a la consciencia y al horror de saber que mi fin pronto ha de llegar.

Empuño entonces la pistola; lo hago con temor, pero mis dedos no flaquean. Acaso un temblor de senectud los torna indecisos, pero su convicción es más fuerte que la mía. Se ciernen sobre la culata y palidecen por una presión agobiante y desmedida. Alzo mi mano hasta la sien, y poso sobre ella el cañón. Apenas percibo su frialdad. Realmente, apenas siento nada. Tan solo miedo; un miedo atroz que no me deja vivir. Y ya no hay vuelta atrás.

Al otro lado de la puerta escucho sus gemidos; alguna sombra evanescente se oculta tras el antepecho de las ventanas, y una brisa cansada, ululante, atenúa las llamas de la lumbre, que se vuelven mortecinas y fatigadas. En breves segundos derribarán la puerta, entrarán y se arrojarán sobre mí, con unas fauces rebosantes de colmillos y unas garras crispadas por el odio. Aborrezco mi fin. Pero soy incapaz de afrontar su ataque. He de matarme. He de hacerlo ahora.

FIN

jueves, 12 de noviembre de 2009

El exilio de un Papa


A continuación, os dejo un fragmento de una novela que estoy escribiendo. Espero que os guste.

Un abrazo a todos.


¿Cómo podían obligarla a estar con un ser tan repugnante, al que tanto odiaba por el daño que había hecho a Roma? ¿Por qué le era negado el amor? ¿Por qué la codicia enturbiaba los corazones, rechazando todo cuanto de bueno solía habitar en ellos?

Valetta podía sentir cómo la ira recorría todo su ser, dejándola ahíta de odio y rabia cada vez que se veía obligada a soportar la presencia del General Miollis. No entendía cómo su padre, al que tanto había amado cuando era una niña, prescindía de la custodia de la honra de su única hija y la empujaba a los brazos de un hombre despreciable, a quien nada le importaba el bienestar de todos aquellos que le rodeaban. No entendía cómo el dinero, algo tan sucio y vacío de vida, podía llegar a obnubilar la mente y vaciarla de recuerdos y de amores. ¿Acaso era tan complicado prescindir de una posición de privilegio?; ¿acaso pesaba más la codicia que el respeto o la ternura?

Para su infortunio, su padre había dejado muy clara la respuesta a las preguntas que la atormentaban, y la pobre Valetta no dejaba de lamentarse por ello. En su interior, sabía que ya no podía albergar esperanza alguna; su padre no iba a renunciar a su posición social ni a la posibilidad de medrar apoyando al vencedor. El dinero lo había cegado, y nadie le haría cambiar de opinión. Ni tan siquiera su esposa, la madre de Valetta, rota de dolor al ver el sufrimiento de su hija, lo había logrado.

El general francés la cubría de regalos, la asediaba con promesas de amor y no cesaba de expresarle con palabras huecas y altisonantes la admiración que le profesaba. Parecía un adolescente enamorado, enfebrecido de pasión. Sin embargo, había en todo ello un tono almibarado, revestido de falsedad, que a Valetta no se le escapaba.

Ella sabía que el francés no albergaba sinceridad alguna en su corazón, y que sus palabras, tan dulces como falsas, no tenían otra intención que resquebrajar su coraza y así rendirla ante una vana verborrea. Pero ella no se dejaba engatusar. El desprecio que sentía por aquel hombre era excesivo, y lo último que deseaba era doblegarse a su voluntad.

—Querida Valetta: no has de temerme, pues yo tan solo ansío tu bienestar. Deseo estar contigo, ya lo sabes, pero no quiero imponerte nada. —Miollis hablaba casi en susurros, bisbiseando una ponzoña repleta de añagazas que no parecía tener éxito alguno. Aquella mujer se resistía, no como las otras, y él comenzaba a sentirse enojado por las constantes negativas.
— ¿No te das cuenta? ¿Acaso no es motivo de orgullo saberse admirada por el General Miollis? ¿O es que el conquistador de Roma no es suficiente para ti? —En su voz se atisbaban ya ciertos ribetes de enfado, pero Valetta parecía hacer oídos sordos.
—No me malinterprete, General. Es usted un hombre encantador, y disfruto mucho de su compañía, créame. Pero los designios del corazón son oscuros, y no arde en mí llama alguna.
—Compréndelo, Valetta. El amor no nace en un segundo, como sabrás. Es necesario perseguirlo, cuidarlo y mimarlo, y solo con perseverancia se logra.
—Bueno, de perseverancia parece usted sobrado, General. —La joven comenzaba a sentir repugnancia por aquel cortejo baboso y dulzón, que en nada dulcificaba su ánimo.
—Cierto, pero todo tiene un límite. No lo olvides. Ven. Acércate. —El General extendió su mano, engarzada de joyas, y agarró a Valetta, atrayéndola hacia él.

Ella comenzó a resistirse, forcejeando nerviosamente para desasirse de su brusco apretón. Pero el francés no pretendía liberarla.

—Déjeme, se lo ruego —imploraba—. Permítame que me vaya a mi casa.
—Te irás más tarde. Antes has de satisfacerme.
—No, por favor. Suélteme.

Miollis, harto ya de dimes y diretes, y anhelante de una pasión robada, comenzó a tirar con más fuerza de la mujer. Su mano se cerraba sobre el brazo de la joven en un abrazo desmedido, y su gesto comenzaba a mostrar un color violáceo, fruto de un enojo creciente. Él era el gobernador de Roma, y no iba a renunciar a aquella preciosa mujer de cabellos cobrizos. Si tenía que ser por la fuerza, Valetta sería suya.

—He dicho que vengas —bramó con un coraje ya desatado, imprimiendo a su exhorto un tono autoritario que escasamente se compadecía con las gestas del amor.

Finalmente, preso de una furia exacerbada, el General arrastró de golpe a la mujer hasta arrimarla contra su pecho. Sin saber muy bien cómo reaccionar, Valetta, terriblemente asustada, levantó un brazo y lo descargó con rabia sobre el rostro de su agresor. La bofetada sonó como un latigazo, sumiendo en una sorpresa vergonzante al General.

Éste, ligeramente aturdido, soltó a la mujer. Parecía conmocionado, como si su mente no fuese capaz de entender lo que había sucedido. Su boca permanecía abierta en actitud bobalicona, y en su mejilla izquierda, como prueba irrefutable de la iniquidad que había querido cometer, comenzaba a florecer una mancha blanquecina, envuelta por un halo rojizo.

El General tardó unos segundos en asimilar la afrenta de Valetta. Se llevó una mano a la mejilla y comenzó a palpársela con desagrado. Un calor lacerante, regalo de un menosprecio merecido, le bañaba el pómulo con saña, embargándolo de una ira que ansiaba ser desatada.

De pronto, sus ojos se vieron animados por un brillo malévolo. Sus labios se crisparon y un ligero temblor acunó su mentón. Sentía una rabia incontenible. Su mano, aquella que había hollado el fruto de su infamia, salió disparada hasta el rostro de Valetta e impactó sobre él.

Valetta cayó al suelo, casi inconsciente. El golpe había sido brutal, los oídos le retumbaban con un pitido insoportable y de su nariz manaba mucha sangre. Tenía el pelo alborotado, formando un denso velo cobrizo que mantenía su cara oculta, como un cortinaje tras el que esconderse. Por eso Miollis no pudo ver sus lágrimas.

El General bufaba como un animal encabritado, poseído por un enfado rabioso que se esforzaba por no desaparecer.

— ¡Maldita zorra! ¿Es eso lo que querías? Eh, ¿es eso? —Al hablar, escupía grandes salivazos, desertores de una boca palpitante y venenosa que huían despavoridos para caer inertes al suelo—. Ahora ya lo has conseguido, y la próxima vez no seré tan benévolo.
Valetta sollozaba con la mirada clavada en el suelo, tratando de inhalar un aire que le resultaba esquivo. En aquel momento odiaba a su padre. Por su culpa se veía obligada a soportar todo aquello. Y eso era solo el principio.

Miollis parecía más calmado. Su respiración se había normalizado y el enfado comenzaba a remitir. De pronto sentía una grata sensación de poder. Valetta estaba a sus pies, humillada e indefensa. La altivez que siempre exhibía había desaparecido de repente, y seguramente se encontraría más dispuesta a ceder a sus deseos. Desde luego, la bofetada no había sido mal gesto.

—Espero que esto te haga recapacitar, Valetta. ¡Yo soy el poderoso! ¡Yo soy el que puede conseguir que los negocios de tu padre prosperen! No lo olvides. —El General comenzó a caminar hasta la puerta del comedor. Se sentía henchido de orgullo y satisfecho por su demostración de fuerza.

— Si en algo valoras tu bienestar y el de tus padres, tu actitud cambiará.

Valetta siguió tumbada en el suelo, sumida en una rabia que apenas le dejaba vaciar su llanto. Tan solo al escuchar cómo la puerta se cerraba con estrépito, se permitió llorar.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Certamen de micros Art Gerus

A continuación, os dejo un micro que he enviado al certamen de relatos Artgerus. Ya sabéis que lo breve no se me da muy bien. En cualquier caso, aquí está.
El apunte de concurso me lo facilitó Marta Abelló, del blog "Los manuscritos del caos", que ya ha publicado uno que me ha parecido fantástico. Para ella, muchas gracias.
UN FÉRETRO PREMATURO
Su rostro se veía demacrado y exangüe, desprovisto de aquella belleza altiva de antaño que tanto habíamos admirado. Una muerte sobrevenida, sin avisos previos, se había cebado en ella, vaciándola de vida y aliviándola de pesares, como un lenitivo que le ayudase a soportar la pena.

Todos sabíamos que su matrimonio había sido un infierno y que su marido no era el hombre respetable y cariñoso que todos creían. Sin embargo, no había modo alguno de demostrarlo.

Su esposo la observaba con ojos vacuos, recluida en un féretro inmerecido y prematuro. Parecía ajeno a su muerte, como ausente, pero cuando se aproximó al ataúd, su semblante se demudó de forma grotesca. Aterrado, comenzó a gritar. Su rostro palideció de repente y sus ojos se inundaron de capilares sangrantes. Segundos después, estaba muerto.

Al acercarnos a él, medrosos por lo acontecido, pudimos ver la silueta de su mujer dibujada en el iris de su asesino, con un dedo acusador en alto.

domingo, 18 de octubre de 2009

Buenas noticias

Hola, amigos. Esta entrada es para haceros partícipes de una noticia que ha venido a alegrarme el día: los amigos de Horror Hispano, con la inestimable colaboración de Círculo Rojo, han finalizado la selección de los relatos que formarán parte del libro que, a mediados de noviembre, sacarán a la venta.
Desconozco el grado de ebriedad que exhibían cuando tomaron la decisión, pero el caso es que uno de mis cuentos ha sido elegido. Así que, desde aquí, mi mayor agradecimiento para ellos. La labor que están llevando a cabo Darío Vilas Couselo, Victor Morata Cortado, Rafa Rubio y Javier Pellicer es digna de encomio, y cada vez seremos más los que tendremos escasas palabras para alabar su esfuerzo. Sin ellos, mi ilusión se vería muy mermada; por tanto, por su dedicación, muchas gracias.
"Trágica confesión" es el primero de mis relatos que veré publicado en papel, así que imaginaos la ilusión que me hace.
No deseo finalizar esta entrada sin agradeceros vuestra ayuda. Todos los que seguís este blog, todos vosotros que, sin casi haber sido conscientes de ello, os habéis convertido en amigos y profesores, sois en gran parte artífices de esta gran ilusión; sin vuestra ayuda, no lo dudéis, mis textos serían aún mucho peores, así que muchísimas gracias.
Un fuerte abrazo.

martes, 22 de septiembre de 2009

El asombroso caso de Virgilio Márquez ( Última parte)


Afortunadamente, pude dar con él a primera hora de la mañana, cuando acudía a su trabajo. Pensé que andarme con rodeos en nada ayudaría —a fin de cuentas él había sido el que había involucrado a mi amigo en semejante locura—, así que decidí plantearle la cuestión de forma franca y abierta; no había tiempo para sutilezas, y mi ánimo no se encontraba en favorable disposición para extensos circunloquios. Lo abordé inopinadamente, le relaté los acontecimientos anteriores y le pedí, —casi le exigí—, que me diese alguna solución que permitiese a Virgilio abandonar el infierno al que se hallaba sometido.

Para ser fiel a la verdad y no otorgarme yo todos los honores de esta aventura, debo decir que el rostro del indiano —aquí conviene aclarar que su nombre era Héctor Garmendia—, reflejaba una honda preocupación y un sincero pesar. Su ceño se frunció al instante, en las comisuras de sus labios se agruparon un sinfín de arrugas y sus ojos se perdieron en la nada. Sospechaba yo cierta renuencia por su parte a colaborar conmigo, pero en ningún momento se mostró reacio a ello.

El señor Garmendia aún recordaba de forma muy vívida los aciagos días en que Márquez le había solicitado ayuda. Recordaba, por supuesto, haberle hablado de la ofrenda, y aseguraba haberle advertido del terrible riesgo que corría si se empeñaba en llevar a cabo tal acción. Me aseguró también que, en ningún momento, mi amigo había mostrado dudas al respecto y evocó, asimismo, casi con lágrimas en los ojos, la intensa alegría que Virgilio había manifestado al ver de nuevo a su esposa.

Relató que, convencido como estaba de la pronta aparición de los demonios, el miedo había superado a la vergüenza y a la amistad. Reconoció que se había alejado cobardemente del condenado, pero ahora, ante la certeza de que sus sospechas se habían revelado como ciertas, dijo sentirse en la obligación de hacer algo al respecto, así que accedió a confiarme una probable solución a nuestro fatídico problema.

Por lo que Garmendia me contó, lo que yo había contemplado no era más que un primer estadio del proceso, el más leve e inofensivo; muy pronto, antes de que tuviésemos oportunidad para percatarnos de ello, los espectros harían su aparición más aterradora y comenzaría la verdadera pesadilla.

Tal y como le habían dicho siendo él un niño, cuando los demonios hacen presa en un alma, cuando realmente se apoderan de ella, jamás renuncian a su botín. Se ufanan en malograrla, en castigarla y someterla a los tormentos más horribles que podríamos imaginar, regocijándose en ello hasta el fin de los tiempos. Por ello, la única opción que pueden aceptar como válida para su rescate es el cambio por otra de igual o mayor valor, que les debe ser entregada en el mismo momento en que se hace efectiva la liberación. Se trata de una ceremonia simultánea, y una vez realizada, ya no hay vuelta atrás. Tras el sacrificio realizado, ya no hay remedio para el oferente.

— ¿Y no hay otra solución? — pregunté yo, abatido.
— Ninguna. Se trata del sacrificio supremo: vida por vida, alma por alma. No hay otra alternativa.

Sus palabras tuvieron un efecto desgarrador para mí. La solución que el señor Garmendia nos brindaba no me parecía, en ningún modo, aceptable. Debíamos prepararnos, por tanto, para encarar el cruel destino de Márquez y rogar a Dios porque no se hiciese efectivo. No había otra solución, y sin embargo, algo bullía en mí.

Abandoné la compañía del indiano sumamente compungido. Mis esperanzas se habían evaporado por completo y mi indignación crecía de forma irremisible. Yo podía aceptar la muerte de mi amigo. Como tal, era inevitable, y no suponía más que un paso en la vida pero, ¿cómo aceptar su condenación? ¿Cómo dar por bueno el martirio eterno de su alma pecadora, resignarme y no plantar batalla? Aquello me horrorizaba. Mis creencias más íntimas se tambaleaban con tal atroz convicción; mi fe se desmoronaba. ¿Acaso Dios no podía librar a uno de sus más devotos seguidores de semejante penitencia? ¿No era tan fuerte su mano como para abatir, aun de un soplo, a cualquiera de sus enemigos, por muy poderosos que éstos fuesen? El libre albedrío de los hombres no se podía esgrimir como coraza tras la que escudarse y así disimular su inacción. No. Él no podía. Si Él era nuestro Pastor, si Él era nuestro salvador, debía protegernos frente a todo, hubiesen sido nuestros actos los que fueren, como habría hecho una madre o un padre solícito, siempre atentos al bienestar de sus hijos, sin importar las faltas cometidas o las ofensas lanzadas. Por eso podíamos redimirnos, para eso había un perdón, y Márquez llevaba largo tiempo implorándolo.

Todo en mí se rebelaba contra lo que se me antojaba un fin inevitable. Me negaba a aceptar la perdición de mi amigo. Debía hacer algo para salvarlo, y Garmendia me había dado la clave para ello. Supe entonces que somos nosotros mismos los que debemos poner los medios para luchar contra el mal, sin encomendarnos a nada más que a nuestra propia pericia y nuestra más firme entrega. Solo nuestra propia determinación nos dará las fuerzas y el valor necesario para encarar nuestro destino; sólo así podremos pelear por nuestra vida, por nuestras creencias y por nuestra alma. Nada ni nadie —entendí— haría ese trabajo por nosotros, así que decidí hacerlo yo. No obstante, antes de acometer la misión que me había encomendado, decidí visitar a mi amigo.
Su cuerpo se hundía entre las sábanas con el aspecto de un cadáver. Sus mejillas estaban blancuzcas y sus párpados se veían macilentos, blanquecinos por el pesar. Me dijeron que había pasado el día inconsciente, sumido en un sueño profundo del que tal vez no despertaría. La impresión había sido demasiado fuerte, el ataque, casi letal, y su salud enfermiza no ayudaba en exceso. Su vida corría serio peligro, sí, pero a mí lo que me preocupaba era su alma. Quizás no le quedasen más que unas horas, así que debía darme prisa. Me despedí de él como si fuese para siempre, con un dolor desgarrador en el corazón y el rostro bañado por el llanto. Un simple apretón en el hombro bastó. No pude decir nada y abandoné la sala, aterrorizado pero firmemente decidido. Luego me dirigí a mi casa.

Dispuse todo para mi partida, preparé los rudimentos necesarios y me encaminé hacia el cementerio de San Isidro. Caminé a buen paso por los serpenteantes caminos que cruzaban el camposanto, continuamente vigilado por los cipreses centenarios que susurraban animados por la brisa. Enormes panteones se alzaban a mi lado, imponentes y majestuosos. Todos estaban coronados por grotescas figuras de aspecto demoníaco o por excelsos querubines sonrientes y rollizos, pero tanto unos como otros, difuminados por la oscuridad de la noche, semejaban almas inquietas y atormentadas. La simple visión de las tumbas me horrorizó. Acostumbrado como estaba a ver en los túmulos un mero tránsito necesario para la consecución de una existencia llena y feliz, apenas sí era consciente de su verdadero sentido. Nunca había advertido que aquello podía ser un fin atroz o el paso a una existencia desgarrada y salvaje y, por supuesto, nunca había imaginado cómo los espectros se ciernen sobre nosotros. — ¿Cuántos de los que allí había yacían sumidos en el más terrible de los castigos? ¿Cuántos se veían obligados a vagar por el mundo arrastrando pecados y pesares, atormentando a los que, como ellos, habían osado interrumpir el descanso debido? —. Aquellos pensamientos me turbaron; todo mi ser se encontraba convulso, inquieto y triste, y todo en aquel lugar me impulsaba a salir corriendo en busca de consuelo y protección. Sin embargo, no podía huir.

Continué mi camino hasta llegar a la tumba de Asumpta. Una lápida solitaria y ennegrecida, rodeada por flores ya marchitas, se postraba ante mí. — ¡Qué triste testimonio es el que dejamos! ¡Qué oscuro destino nos aguarda! Cuerpo inanimado, exangüe y putrefacto bajo una losa fría; cuántos recuerdos ya olvidados, cuántas palabras silenciadas, cuántas risas mudas. Apenas queda nada. Una imagen borrosa de algo que fue, un murmullo lejano de la voz que nos habló y un trino silenciado de la risa que nos hizo felices. Apenas queda nada, sino carne muerta.

Cavé con mis propias manos, notando el tenue trazo frío que las lágrimas dejaban en mis mejillas. Cavé hasta astillarme las uñas con la tierra escasamente trabajada, cavé hundiendo mis manos en aquel suelo sagrado, cavé hasta que el dolor de mis dedos se hizo insoportable, y luego seguí llorando. Lloraba por mi amigo, lloraba por su amada y lloraba por mí. Ya casi sentía cómo mi alma se oscurecía, cómo un intenso borrón se adueñaba de mi corazón, emponzoñándolo para siempre, y sin embargo —no he dejado de pensarlo desde entonces—, no hubo jamás muestra semejante de amor o cariño, muestra semejante de desprendimiento y entereza.

Enterré allí las posesiones de mi amigo, desenterré las de su esposa y me fui, con la cabeza baja y el ánimo ensombrecido, horrorizado por lo que había hecho pero esperanzado por un feliz desenlace para Virgilio.

Desde entonces han transcurrido ya diez años. Mi amigo se recuperó, nunca los espectros volvieron a su lado y nunca nada supo de mi determinación. Su vida es ahora plácida y feliz, y ya nada perturba su sueño. Tan solo busca una respuesta: aquella que le de satisfacción a la repentina desaparición de los fantasmas. Por mi debilidad, quizás por mi deseo de no procurarle desvelo alguno, jamás le confesé mi resolución. Ahora, ya no tendría sentido hacerlo.

Hoy soy yo el atormentado. Los espectros me visitan. Se muestran ante mí, me rodean, me enseñan sus fauces, palpitantes y sangrientas, y me acuchillan con sus garras cuajadas de maldad. Apenas ya no duermo, apenas ya no vivo, y mi fin se acerca. Por eso escribo esto. Deseo dejar constancia de que nada es gratis, de que todo tiene un precio, excesivo muchas veces, y eso es lo que me impulsa a redactar esta nota. Es preciso transmitir que nunca se debe interrumpir el natural curso de los hechos, molestar a los muertos o alterar su sueño eterno. Los riesgos de tal acción son demasiado terribles, demasiado aterradores como para soslayarlos, así que no caigan en ello. Evítenlo, se lo ruego, pues su alma depende de ello.

Ahora debo terminar. Garabateo las últimas líneas con el pulso tembloroso e inseguro, empujado por la certeza de que mi tiempo se termina y agobiado por la premura desesperada que imprime lo inevitable. Ya oigo cómo vienen. Se aproximan. Ya están aquí. Puedo escuchar sus quejidos al otro lado de la puerta, puedo oír sus respiraciones quejosas y agitadas. Debo terminar. Ya vienen.

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FIN

lunes, 14 de septiembre de 2009

El asombroso caso de Virgilio Márquez (2ª parte)


En la anterior entrada, el narrador, después de enumerar los motivos que le impulsan a contar esta historia, relata la inesperada aparición de un amigo. En esta segunda parte...


SEGUNDA PARTE

Apenas lo reconocí, sumido como iba en las solapas de su abrigo y el rostro envuelto en una bufanda. Su caminar era muy presuroso, casi excitado, y sus maneras ya no tenían la dulce parsimonia de la que solía hacer gala. Entró en el salón y se sentó en un gran sofá que ocupaba una esquina de la sala, aunque bien se podría decir que se arrojó sobre él. Le serví una copa de Cognac, me senté frente a él, y aguardé a que se calmara.

Se llevó la copa a los labios y la vació de un trago. Me pareció ver que un ligero temblor acompañaba todos sus movimientos, pero no hice comentario alguno. Me limité a observarlo y a esperar.

Comenzó a hablar de forma atropellada. Su voz cremosa se había vuelto más ronca, más áspera, y su gran nerviosismo no contribuía en exceso a hacerla más inteligible. Confieso que en aquel momento estuve tentado de no creerle, pues todo aquello me parecía digno de cuentos o leyendas, pero yo sabía de su inteligencia, de su trato cabal y de sus siempre ordenadas ideas y decidí otorgarle mi confianza, como siempre había hecho. Transcurridos unos minutos, libre ya de la premura original, su discurso se hizo más certero, menos confuso, y comenzó a esbozar el relato de los hechos que tanto lo habían alterado.

Recordó cómo, diez años atrás, su mujer, Asumpta, la persona a quien más había amado, había fallecido de una enfermedad de la sangre. Rememoró el intenso dolor que su muerte le había producido, la soledad que colmaba sus días y la desesperación que rodeaba todos y cada uno de sus momentos sin la compañía de su esposa. Recordó cómo sus amigos le instaban a abandonar su estado de pesadumbre, a salir de su abatimiento, y cómo uno de ellos, hijo de emigrantes y nacido en Cuba, le había propuesto una solución drástica y descabellada. Según éste le había advertido, su convicción de llevar a cabo los planes por él expuestos debía ser firme, pues las consecuencias que de ello se podrían derivar podían resultar funestas.

Por lo que me contó, y yo pude entender, el indiano le había hablado de una antigua creencia cubana según la cual los espíritus de nuestros familiares rondan siempre a nuestro lado, sin apartarse jamás de nosotros. Nos vigilan, velan por nuestra seguridad, por nuestro bienestar, y nos acompañan allá adonde vamos. Recuerdo haber mostrado entonces cierto escepticismo, pero era tal el convencimiento que mi amigo expresaba que me abstuve de profundizar en mis dudas.

Tal y como le había relatado el indiano, había un modo de reunirse ocasionalmente con los espíritus de nuestros familiares, aunque fuese por breve tiempo. El lazo que nos une a ellos es muy tenue, por supuesto invisible, pero sí inquebrantable, y tal nexo se puede reforzar si el interesado acomete una ofrenda a los muertos. Puede resultar absurdo, es cierto, pero cuando uno se encuentra en semejante estado de amargura, el dolor le obliga a aprehender hasta el último de los cabos que le permitan no desprenderse de sus recuerdos, y mi amigo, completamente atribulado por el sufrimiento, se sintió impulsado a ello.

Con lágrimas en los ojos, y ante la grotesca mueca de horror que recuerdo haber esbozado, mi amigo confesó haber realizado una ofrenda desesperada ante la tumba de su amada para poder gozar, una vez más, tan sólo una vez más, de la visión de su adorada esposa. Recordó, asimismo, no haber dado importancia a la terrible advertencia que su amigo le había hecho, pues era tal la emoción por volver a gozar de la compañía de Asumpta que ni la condenación eterna le habría apartado de su cometido.

Decidido entonces a realizar semejante aberración, Don Virgilio se dirigió al cementerio de San Isidro, una noche –según me contó-, templada por el escaso viento y oscurecida por la luna nueva. Allí enterró, a los pies de la tumba de su amada, los rudimentos que le había aconsejado el indiano, musitó una extraña plegaria en latín, que a mí se me antojó como espantosa herejía, y abandonó el camposanto.

Al llegar a su casa se refugió en su dormitorio. Se acurrucó en un sofá, se encerró en su memoria y aguardó la llegada de su amor.

Mi amigo me contó que sus recuerdos se agolpaban en su mente, las lágrimas recorrían sus mejillas y su corazón pesaba por la ausencia. Finalmente, con una voz velada por la falta de aliento, contó que el sueño le había vencido hasta que, cercano ya el alba, su mujer apareció.

Lo hizo envuelta en brumas, sonriendo con los ojos y una luz muy brillante recorriendo su silueta. Su rostro era el de siempre, aunque a él le pareció más bella que nunca. Sus manos seguían siendo finas, con aquel tacto tibio y delicado que Virgilio tantas veces añoraba, y sus caricias eran lentas, muy suaves, como siempre lo habían sido. Tan sólo una cosa había cambiado.

Cuando unían sus pechos, cuando se estrechaban llenos de amor, mi amigo podía notar el peso de los senos de su esposa, la presión del abrazo o un leve movimiento de respiración, pero ni un solo latido de vida asomaba a la piel. Aquello lo turbó un poco y le hizo ser consciente, otra vez, de que Asumpta se había ido para siempre. Su ánimo se oscureció, ciertamente, pero ni por un segundo se arrepintió de lo que había hecho. No podía esperar su resurrección, eso lo sabía, –tan sólo el Altísimo es capaz de otorgarla-, pero con aquello le bastaba. Sentir su piel, colmarla de besos, oler su cabello y escuchar su sonrisa; aquello era suficiente, y el precio que debía pagar por ello no importaba. Su vida cambiaría, se vería rodeada por espectros que lo acosarían, que lo asediarían allá donde fuera y lo atormentarían hasta la muerte, —pues ésa era la advertencia que le había hecho el indiano—, pero eso ya no importaba. Tenía diez años por delante; diez años para recordar a su esposa, diez años para gozar de las cálidas sensaciones que había experimentado aquella noche, y eso era lo importante. El resto no contaba. Pero ahora, transcurridos los diez años, había llegado el momento de sufrir, el momento de pagar. El precio le era exigido y, en contra de lo que había imaginado en un principio, resultaba excesivo. El castigo era demasiado atroz, demasiado horripilante. Las criaturas más terribles se le aparecían en su dormitorio, inquietaban sus días y castigaban sus noches, y nada podía hacer para librarse de semejante acoso. Sus diez años de gozo habían llegado a su fin.

Mientras esto me contaba, su labio inferior temblaba sin cesar. Sus ojos, ya muy enrojecidos, viajaban a un ritmo frenético, como temiendo descubrir nuevas presencias en torno suyo y, cuando ya la desesperación era excesiva, su rostro se hundía entre sus manos, liberando todo el llanto contenido.

Me suplicó ayuda, me imploró perdón, y rezó conmigo. Prometí ayudarle, pero apenas sabía qué hacer. Tan sólo podía rezar por mi amigo, rogar porque su alma fuese perdonada y así no tuviese que yacer, para siempre, entre las llamas del infierno.

Aquella noche la pasó en mi casa, pues el terror que sentía era tanto que no se veía capaz de abandonar mi compañía. En su interior albergaba la vana esperanza de que los espectros no aparecerían si él no se encontraba en su dormitorio pero, tal como tuvimos ocasión de comprobar, su suposición no era acertada.

La pesadilla se inició con las doce campanadas, pues aún con el eco de su tañido retumbando en nuestros oídos un extraño ruido se percibió con claridad. Como respuesta, los gritos aterrados de Virgilio.

Alarmado, corrí hacia la habitación que ocupaba mi amigo y entré en ella. Un intenso horror se apoderó de mí, pues jamás había sospechado que tales fuerzas demoníacas se pudiesen desplegar con semejante violencia. Flotando sobre el cuerpo abatido y sollozante de Virgilio, una gran cantidad de muebles giraban a una velocidad vertiginosa sin que yo pudiese captar el origen de tan fantástico movimiento. Algunos objetos de cerámica y cristal se estrellaban con violencia contra las paredes para desperdigarse, hechos pedazos, por todo el dormitorio. Los libros volaban de sus estantes, como aves demoníacas que desplegasen sus alas en busca de su presa, la cama se agitaba con estruendo, bailando sobre sus cuatro patas, y el armario, un enorme arcón de más de cuatro metros de anchura, se inclinaba, con grave peligro para la integridad de mi amigo, como sujeto por unos hilos invisibles que no le permitiesen rendirse ante la falta de verticalidad y caer, finalmente, sobre el cuerpo de Virgilio.

Éste permanecía en el suelo, con el rostro cubierto por las manos, gritando de pavor. Sus alaridos eran continuos y desesperados, y su nula voluntad le hacía fácil presa de la fuerza espectral que desencadenaba todo aquello. Se sentía indefenso, inerme ante el gran poder que allí se debatía, y como única defensa esgrimía un grito agónico y prolongado.

Sin saber muy bien cómo debía actuar, no se me ocurrió más que abalanzarme sobre mi amigo, agarrarlo de un brazo y sacarlo de la habitación para apartarlo de aquel torbellino de enseres. Cerré la puerta de golpe, levanté a Virgilio del suelo y ambos corrimos hasta encerrarnos en mi dormitorio, desfallecidos por el susto y el esfuerzo.

El estado en el que se hallaba mi compañero era francamente deplorable. En los últimos años su salud se había visto muy deteriorada por los continuos excesos que tenía a bien cometer. Su abultado abdomen, fruto de sus acostumbrados abusos culinarios, favorecía la aparición de problemas cardíacos, y experiencias tan aterradoras como las que estaba viviendo no contribuían a mejorar el problema. Al arrojarse sobre mi cama, su respiración era muy agitada, su piel mostraba un tono violáceo, ciertamente poco halagüeño, y un sudor frío, denso, cubría su cuerpo por entero. A los pocos minutos, y ante mi vergonzosa pasividad, un ataque vino a dar por buenos los malos augurios que su doctor le había presagiado.

Gracias a la buena labor de Giraldez, el traslado al Hospital Militar de Madrid se hizo de la forma más rápida posible y su vida, afortunadamente, no corrió peligro. No obstante, de seguir los sucesos que le atormentaban, los días de Virgilio Márquez pronto llegarían a su fin. Urgido por tan odiosa expectativa e impulsado por un ardiente deseo de salvarle, no vi otra solución que entrevistarme con el indiano que, de forma tan infausta, había aconsejado a mi amigo. Mi esperanza última era que, ya que él conocía las consecuencias de la ofrenda demoníaca, tal vez conocería –rogaba porque así fuese-, algún modo de ponerles fin. Aunque mi confianza en tal extremo era nula, no me quedaba más remedio que intentarlo. La vida de mi amigo corría peligro, y yo no podía permitir que un nuevo ataque acabase con ella.

sábado, 5 de septiembre de 2009

El asombroso caso de Virgilio Márquez (1ª parte)


Aunque pueda resultar ciertamente cuestionable, siempre he pensado que el último deber de un hombre viejo como yo, tan cercano a las postrimerías de su azarosa vida, es el de hacer gala de la mayor de las honestidades, confesar todo lo pasado y vaciar el cajón de sus recuerdos para bien de su familia, de sus más allegados e, incluso, si la relevancia de la vida propia ha sido notoria, para el conjunto de una sociedad que, en no pocos casos, se halla sumida en la más absoluta de las ignorancias, ayuna de conocimiento sobre los peligros que le acechan y desprovista de guías que la alumbren e instruyan.

Próxima ya la hora de mi muerte, tal pensamiento ha venido a convertirse en certeza. Mi convencimiento de que tal proceder es lo correcto es, sin lugar a dudas, absoluto, y ha hecho tal mella en mí que he llegado a la firme conclusión de que el peligro de que mi reputación, ganada con denuedo tras toda una vida de entrega a los demás, se vea rendida por la ignominia o festoneada por chanzas de incrédulos e iletrados, no debe arredrarme ante la importancia de mi confesión, pues tal riesgo palidece frente a lo notable de semejante testimonio. Las ventajas que supone el conocimiento de lo que voy a relatar son tantas, y de tanta importancia, que superan con creces el desagradable escollo de que mi nombre se vea arrastrado por el lodo o de que mi figura, tan ensalzada durante años por todos aquellos que me rodearon, se suma para siempre en el ostracismo más lacerante o vergonzoso para mis allegados. A mí en nada me afectará –es cierto – pues, como digo, la hora de mi muerte está muy cercana y, acaso, tan sólo tenga que soportar unas punzadas de repudia por corto espacio de tiempo que se verán, sin duda, atenuadas por mi senectud o escasa percepción. Quizás sea doloroso, sí, pero a buen seguro sabré soportar tal afrenta. Debido a ello, nada me preocupa mi persona, pero sí, desde luego, mis familiares. Son ellos los que deben aceptar mis más sinceras disculpas por colocarlos en el centro de la polémica y convertirlos en diana de los dardos maldicientes de aquellos que me vituperen o denigren y son, por tanto, los que tendrán que afrontar las consecuencias de tal escarnio. Vaya entonces desde aquí mi descargo y mi recuerdo, pues son ellos los que, con su cariño y atenciones, me han convertido en lo que soy. Para todos ellos, muchas gracias.

Es preciso no refugiarse en la ignorancia o la estulticia, se lo aseguro. Puede ser tentador el huir de todo aquello que nos atemoriza, de todo aquello que debilita nuestras creencias y renunciar a un enfrentamiento frontal con nuestros miedos e inquietudes para seguir amparados bajo el reconfortante manto de la inconsciencia o el olvido. Puede resultar tentador, es cierto y, de hecho, muchos son los que se recluyen en tal inepto comportamiento, pero yo, desde luego, no estoy dispuesto a secundar estas cobardes actitudes y así renunciar a desvelar mis vivencias más amargas e increíbles. He decidido, pues, armarme de valor, rechazar cualquier temor que la ignominia me pueda infundir y contar la historia que, durante tantos años, ha atormentado mi vida. Relataré, entonces, aquello que he venido a contar, y lo haré por el bien de todos, sin temer los riesgos mencionados anteriormente, aunque por repuesta no obtenga gratitud alguna y sí repulsa, burla o desdén.

Estoy plenamente convencido de que todo lo que ustedes van a leer a continuación hará que palpite en sus corazones ciertas dosis de inquietud y grandes cantidades de incredulidad pero, háganme caso. No dejen el texto a medias, continúen leyendo y no formulen criterios de valor hasta que, una vez finalizada la lectura, no hayan recapacitado el tiempo suficiente como para ampliar sus horizontes y olvidar los apretados corsés que una sociedad cerril y una ciencia anclada en remotos prejuicios nos imponen. Atrévanse entonces, no aparten la vista de estas líneas, y piensen sobre ellas. Hecho esto, la decisión final será suya.

Disculpen la prolija introducción, pero he considerado necesario aclarar ciertas pautas para, de este modo, esclarecer los sentimientos que me han llevado a redactar esta nota. Lo siguiente constituirá, en cierto modo, la más valiosa contribución de todas cuantas haya hecho a la sociedad que me ha acogido. Tómenla, por tanto, de este modo, pues de su aceptación, de la credulidad que ustedes muestren, puede depender la vida eterna de muchos.

Comenzaré pues con el relato.

Toda mi vida he sido un siervo de Dios. Sólo eso. Un humilde sacerdote de pueblo, demasiado ocupado en abastecer de esperanzas a una población deprimida y abandonada por el progreso, ávida de bienes y falta de sueños y que, por curiosos avatares del destino, claramente ligados, no obstante, a mi exhaustiva preparación académica y a mi exacerbado interés por mejorar las condiciones de vida de mis feligreses, acabó sus días dedicado al peligroso y poco reputado mundo de la política.

Con el paso del tiempo, tras mis primeras apariciones públicas, resulté favorecido con el apoyo de las altas esferas eclesiales y agraciado por el cariño y respeto de mis vecinos, hombres cabales y de gran corazón que optaron por otorgarme, con presteza, su confianza y sus votos.

Ante las exigentes obligaciones de mi cargo, cada vez mayores y más absorbentes, me vi impelido a modificar mi residencia, abandonar a mis queridos conciudadanos y mudarme a una gran casa solariega, más cercana a la ciudad de Madrid y más adecuada —dijeron—, a mi recién estrenada posición social.

Me trasladé entonces a una gran casa de piedra, de enormes balconadas molduradas y gigantescos pasillos de madera que se veían salpicados por incontables puertas oscuras que parecían observarme en mi deambular diario. Sus dos plantas cuadradas, de un tamaño absolutamente desmedido, precisaban, para un adecuado lustre, de un ejército de criados y doncellas que el Arzobispado había puesto a mi disposición y que resultaban dirigidos por la Señora Gonzalves, una anciana portuguesa que llevaba años afincada en Madrid, y por Francisco Giraldez, un andaluz flaco, prepotente y mal encarado, que, a pesar de su repulsivo aspecto, realizaba el trabajo de forma realmente encomiable. Un denso robledal, acuchillado por varios caminos de servicio que daban acceso a diferentes zonas de la finca, se extendía alrededor de la casa, lo que contribuía, sobremanera, a atenuar el asfixiante calor estival que suele inundar los entornos de la Capital.

Los fines de semana, liberado ya de mi labor pastoral, la vida discurría apacible y sosegada. Optaba yo por aislarme del intenso trajín que suponían mis quehaceres diarios y sólo mi tranquilidad se interrumpía, de forma temporal, por la visita de alguno de mis amigos que acudían a hablar de política, de los problemas económicos y sociales que asolaban el país, y de tal o cual miembro del partido contrario que hubiese suscitado alguna polémica en sus intervenciones semanales.

Uno de estos visitantes, hombre de gran reputación, vasta cultura y extraordinaria afabilidad, era D. Virgilio Márquez, zaragozano de pura cepa y político de vocación que llevaba casi dos décadas ocupando escaño. Era hombre querido y respetado por todos, de gran talento para las relaciones personales y exquisito discurso en tribuna. No se le conocía enemigo alguno y, aun cuando sus intervenciones públicas eran de gran calado y suscitaban un enconado debate con la oposición, sus elegantes y respetuosas formas no despertaban nunca ninguna molestia en sus contrarios ni, incluso, en sus compañeros.

Su rostro era sonrosado, rubicundo, de mejillas abultadas y brillantes que asomaban tímidas entre el cerco que formaban las patillas y el mostacho. Sus ojos eran pequeños y vivarachos, de color negro, y siempre mostraban un intenso brillo fruto de su animado carácter. Su sonrisa era abierta, y su figura, digamos que amplia. Siempre deleitaba a sus amigos con una conversación afable, ribeteada por constantes sonrisas que siempre presagiaban ratos de asueto y entretenimiento, pero aquel día, cuando apareció de improviso en mi casa, su aspecto no era el de siempre.