sábado, 30 de octubre de 2010

Otra reseña más de "Los crímenes de Avignon"


En este caso, el autor de la reseña es Víctor Morata Cortado, autor del fantástico blog "Mentecreativa", que os recomiendo encarecidamente que visitéis.

Muchas gracias, Víctor, de todo corazón.


Avignon, S.XIV; mientras una ola de crímenes asola a los miembros más importantes de la Iglesia Católica, un viejo monje cisterciense se esfuerza por acallar su conciencia ante las torturas que se ve obligado a cometer para proteger a sus superiores. Sólo su profunda fe le permitirá no rebasar la línea que le separa de la locura.





Las primeras páginas de este libro ya nos avisan en su prólogo de lo que vamos a encontrar en él, las palabras de Darío Vilas son concisas: «Gervasio es uno de esos autores que se pueden permitir el lujo de no contarnos nada, de coger una historia sin fondo, insustancial, y transferírnosla de una manera tan bella que no nos importe....» y ante esto he de decir que no podría estar más de acuerdo. La historia de esta novela es casi secundaria, un mero escenario sobre el que los actores pululan dejando huella y es que es así, los actores y la carga emocional que desprenden es la verdadera base de esta obra. Son ellos y no otros elementos los que dan fuerza e invitan a disfrutar de la lectura. La historia de fondo es como un lienzo sobre el que se van dando crudas pinceladas de la realidad que un día fue. De un modo asombroso, el lector apenas sí logra apercibirse del argumento (que lo hay, sin duda), pues la carga dramática de la intrahistoria de los personajes, de sus pensamientos y de la época en la que se desarrollan los hechos tiene tanta fuerza que desborda y sobreimprime el resto.


Gervasio López demuestra en esta novela su talento para sacar lo peor del alma humana y transformarlo en una prosa tan desgarradora que oprime el pecho y revuelve las tripas. Hay pasajes de Los Crímenes de Avignon que te obligan a mirar para otro lado, a desear no haber leído lo que posiblemente deje en ti el poso de futuras pesadillas; es aquí donde Gervasio demuestra ser todo un maestro en la creación de imágenes literarias, eso sí, muy cercanas al gore. Es este hecho el que determina como certera la decisión de los editores de elegir la obra como su ópera prima dentro de la colección de novela de autores emblema del Horror Hispano bajo el sello de la Asociación Cultural Doble Hache.


Además de lo mencionado, cabe destacar un punto a favor de la novela y es que el carácter impreso en sus personajes impide ser subjetivo, sino todo lo contrario. Ninguno de sus protagonistas goza del favor del escritor y Gervasio los ofrece tal y como son, con su propia inercia, con sus reflexiones y pensamientos no contaminados por los del autor. En este juego de personalidades enfrentadas, llegamos a odiar al protagonista y amar al antagonista, pero también al contrario; tanto a ellos como sus actos y las respectivas doctrinas a que a ambos mueve. Gervasio pone sobre la mesa todas las cartas boca arriba para que el lector saque sus propias conclusiones; no sobre la trama, sino sobre esos años de la Historia en los que el Santo Oficio era palabra y ley. Para terminar cabe decir que es un libro de lectura ágil; sus 122 páginas no pesan, salvo en el alma. Las tremendas imágenes que crea Gervasio pueden herir ciertamente la sensibilidad del lector, lo que hace que acabar su lectura suponga un doble alivio: el de haber disfrutado de un buen rato y el de acabar con el sufrimiento y la crueldad que rezuman sus páginas.






Disponible también en Shvoong:



sábado, 23 de octubre de 2010

¿Quién será esta vez?

Hacía tiempo que no colgaba un relatillo, así que he decidido enmendarme.
Espero que os guste (por decirlo de alguna manera).


¿Quién será esta vez? ¿Cuánto tiempo habrá de transcurrir hasta que mi ira se desencadene? ¿Cuánta gente sufrirá las consecuencias de ello?

No lo sé, pero si de algo estoy seguro es de que sucederá, y alguien, cualquiera, lo pagará con su vida.

Hoy vuelvo a sentirme confuso. Me encuentro acechado, casi asediado, y todo lo que tengo alrededor se me antoja peligroso. Nada me resulta familiar ni conocido, y mi cuerpo, tembloroso y febril, reacciona con brusquedad ante cada uno de los estímulos que recibe.
Aún recuerdo lo que ocurrió la última vez que me encontré así, cuando cualquiera de las personas que se cruzaba en mi camino se volvía muy apetecible a mis ojos. Entonces, un sudor incipiente comenzaba a humedecer mi cuerpo; pequeños escalofríos recorrían mi nuca, exacerbando mis instintos, aumentando mi furia…
Aquel día, simplemente, le tocó a él. Pasaba por allí en el momento equivocado. Nada más.
Las turbias imágenes que siempre abotargan mi mente eran entonces demasiado aterradoras, y yo, incapaz de soportar por más tiempo el daño que me ocasionaban, no pude contenerme.
¡Lo intenté! ¡Vive Dios que lo intenté! Pero no pude.
El influjo del horror es demasiado grande como para obviarlo, y mi valor, por desgracia, demasiado escaso.
No sé; quizás no sea tanto ese influjo como el hecho de que mi naturaleza me empuja a ello; quizás no se deba a que mi mente esté ahora enferma y sí, por el contrario, a que siempre he sido así.
Tal vez. Quien sabe.
A decir verdad, siempre me he sentido atraído por la violencia, por esa sensación casi orgiástica que me invade al contemplar cómo los ojos de mis víctimas se tiñen de brumas, cómo su sangre ensucia mi cuerpo.
Ya desde pequeño, aún siendo un niño, lo sentía; cuando golpeaba a mis amigos y los estrujaba entre mis brazos, cuando los insultaba, cuando les escupía…
Pero hoy, sin embargo, es distinto. Hoy…es desmedido.
Recuerdo que me acerqué a él. Fue muy fácil; caminaba distraído y no se dio cuenta de nada; quizás estuviera pensando en la cena que disfrutaría al llegar a su casa; quizás pensara en sus hijos, a los que pronto besaría…
¡Bufff! Es duro, ya lo sé.
Le golpeé. Hundí el martillo en su cabeza una y otra vez, de un modo frenético, compulsivo, casi histérico. La sangre afluía con violencia; primero, como una erupción, un vómito brusco o un chorro repentino; después, cuando la herida era ya muy grande, a borbotones, algo entorpecidos por el cabello.
Al verlo, cerré los ojos por unos segundos. Quería disfrutar aquel instante tan excelso.
Cuando los abrí de nuevo y lo miré, la sangre que brotaba de su cabeza, densa, casi gorda, avanzaba a paso lento hasta el sumidero.
No sé por qué, pues nunca lo había hecho hasta ese momento, pero algo me incitó a ello.
Al ver aquel charco bermellón, brillante, casi untuoso, se despertó en mí un apetito…hummm, ¿cómo diríamos?...¡goloso! ¡Sí! Goloso es la palabra.
Extendí entonces la mano y hundí mis dedos en aquel líquido tibio. Luego los contemplé, empapados de una vida huidiza y derrotada…y los lamí con avidez.
¡Ahhh! ¡Me gustó!
No sé. Quizás sea un paso más del proceso, cuando ya sólo importa la muerte; cuando sólo mi hambre es la protagonista.
Sea como fuere, hoy vuelvo a sentirme así. Y ya no hay vuelta atrás.

Ahora te miro.
Lees en el ordenador, ajeno a cuanto te rodea, pensando que estas frases no son más que eso: pequeños trazos enlutados que alguien ha escrito con mayor o menor acierto.
¡Ja!
¡Espera! ¡No te des la vuelta! ¡Ya estoy aquí!

jueves, 14 de octubre de 2010

"La casa de las sombras"


LA CASA DE LAS SOMBRAS


Dh Ediciones, la nueva editorial creada por Darío Vilas y Senén Lozano, administradores y creadores de la página web Horror Hispano, acaba de publicar “La casa de las sombras”, de Juan Ángel Laguna Edroso, conocido por su fantástica labor como director de Ocio Zero y editor de Calabazas en el trastero.
Dicen los que de LITERATURA —así, en mayúsculas, para que se note el respeto que siento hacia ella— saben algo, que escribir no es más que contar una historia, recrear el ambiente en el que ésta se desarrolla y presentar a unos personajes que han de interactuar entre ellos. Pues bien, semejante tarea, que de tan prosaica como suena parece harto sencilla, es, como bien sabrán los que esto lean, sumamente complicada. Juan Laguna, sin embargo, lo hace de forma envidiable.
“La casa de las sombras” es una novela —cortita, eso sí, para mi pesar— excepcional, bellamente escrita, intrigante y, en ocasiones, hasta desasosegante, y en ella, el autor ha conseguido crear un aterrador mundo de incertidumbres e inquietudes, de venganzas postergadas y casas enloquecidas, de monstruos y malvados, que consigue atrapar al lector de una forma insoslayable.
Tal vez sea por la prosa empleada —en ocasiones, densa y prolija; otras veces, pizpireta y veloz—; tal vez, por la forma de hilvanar los capítulos, como historias en sí mismos capaces de aportar, a un tiempo, información y misterio, respuestas e interrogantes, tensión y sosiego, o, tal vez, por ese mosaico espeluznante de personajes y de vidas subyugadas que tan fielmente ha sabido bosquejar, en el que el lector no sabe quién es el dominador y quién la víctima, hasta que, finalmente, la pluma ágil y desenvuelta de Juan Ángel decide descubrirlo.
En cualquier caso, sea por el motivo que sea, el resultado es sobrecogedor, y la lectura de “La casa de las sombras” se vuelve un ejercicio entusiasta y extenuante, pues uno ansía aprehender hasta el más ínfimo detalle de la trama y así dejarse llevar por las horribles vicisitudes que sufren los personajes.
El recorrido por las páginas se convierte en una locura. Yo he llegado a sentir empatía por uno seres malvados, siniestros, hasta diabólicos, y lo he hecho sin mesura ni sentido, comprendiendo las circunstancias que les han llevado a comportarse como tal. Sabía, por supuesto, que no debía hacerlo, pues son malos, la piedad no existe en ellos, su bondad es un imposible…Sin embargo, a fuerza de atractivo y personalidad, consiguieron seducirme.
Bastó con el primer capítulo, y en los siguientes, en una extraña pirueta —desconozco si casual o intencionada— con la que el autor transita de forma alternativa entre la primera y la tercera persona, la tensión necesaria para una lectura voraz se apoderó de mí.
Con el uso de la tercera persona, Juan Laguna facilita la acción y el entretenimiento; con la primera, a modo de dramáticas confesiones, desvela las claves suficientes para incrementar el desasosiego, y siempre, como una losa que gravite sobre el lector, favorece la inquietud que procura un nombre prohibido.
“La casa de las sombras” es, en suma, una novela extraordinaria —¡Dios, cuántas frases me hubiera ahorrado de haber empezado así!—, y Juan Ángel Laguna Edroso, a partir de ahora, uno de mis escritores indispensables.
Vaya por tanto, para él, mi felicitación y agradecimiento más profundo, y vaya por tanto, como no podría ser de otro modo, mi profunda admiración hacia DH Ediciones, quienes, sin ningún tipo de ayuda, han conseguido crear un proyecto tan ilusionante como necesario.

LA CASA DE LAS SOMBRAS
JUAN ÁNGEL LAGUNA EDROSO
COLECCIÓN ÚLTIMO ESCALÓN, 1 - Novela
ISBN: 978-84-614-3365-0
Edición Rústica 190x120 mm
PVP 7,95€
Más información y primer capítulo de la novela en http://www.dhediciones.com/



viernes, 1 de octubre de 2010

DH Ediciones


Pocos acontecimientos han de celebrarse tanto por el escritor como el nacimiento de una nueva editorial. Pero si ésta nace con una clara convicción de ayuda, de abrir nuevos caminos, de transgredir y airear lo existente o de facilitar la aparición de nuevos valores literarios, la ocasión es de esas de las que todos hemos de congratularnos, arrimar el hombro y apoyar en todo cuanto podamos.

El esfuerzo que los creadores de Horror Hispano y Doble hache han venido realizando durante año y medio, mes arriba, mes abajo, ha dado al fin el resultado esperado; sus desvelos, las horas empleadas, los malos momentos han devenido en la creación de DH Ediciones, una joven e ilusionante empresa con la que van a dar el imprescindible empujón que este mundo editorial español tanto viene necesitando.

DH Ediciones retomará colecciones emblemáticas, facilitará el acceso a la literatura por mor de los bajos precios que pretende manejar y propiciará que nuevos autores, repletos de ilusiones y rechazos anteriores, vean, finalmente, su sueño realizado.

Hoy, 1 de octubre, sale a la venta su primera novela, "La casa de las sombras", del prometedor escritor Juan Laguna Edroso; la siguiente, "Sopa de sapos", una selección de relatos de terror y misterio, iniciará su andadura el 5 de octubre.

Tan solo espero que ambas les faciliten el éxito que todos ellos merecen.

Si todos nosotros ayudamos un poco, será mucho más fácil.


http://www.dhediciones.com/


http://www.dhediciones.com/images/dossier_pdf/dossier_casa_de_las_sombras.pdf


http://www.dhediciones.com/images/dossier_pdf/dossier_sopa_de_sapos.pdf




jueves, 30 de septiembre de 2010

Reseña de "Los crímenes de Avignon"

Aquí os dejo una reseña que Elena Montagud ha hecho de "Los crímenes de Avignon". Como ya he dicho en ocasiones anteriores, y pese a reconocer como inmerecidos los halagos recibidos, Elena, una y mil veces, muchas gracias.
http://www.h-horror.com/Other/libros/pdf%20libros%20h-horror/crimenes_avignon.pdf

jueves, 23 de septiembre de 2010

De torturas y pestes

Aquí os dejo el enlace a un relato publicado en la página de Horror Hispano. Espero que os guste, aunque es un poquillo bestia.
http://www.h-horror.com/Relatos/Relatos%20pdf/de_torturas_y_pestes.pdf

domingo, 5 de septiembre de 2010

Javier Pellicer: siempre amable.

Sí, ya lo sé. He tenido el blog muy olvidado, pero lo cierto es que no estaba demasiado animado para este tema de la literatura. Se daban bastantes circunstancias para ello, así que sería demasiado prolijo explicarlo; además, no quiero aburriros en exceso. Últimamente, sin embargo, he estado más activo. He recuperado la ilusión, he vuelto a escribir -ya hay varios relatos que dan buena muestra de ello- y he retomado una nueva novela que me tenía bastante loco, así que todo parece ir bien.
Javier Pellicer ha tenido, además, un gesto que he agradecido mucho. Como muchos de vosotros sabréis, Javier es colaborador habitual de Ilike magacine, donde publica, por entregas, su novela "La sombra de la luna", una historia apasionante en la que demuestra su enorme talento literario -os recomiendo, encarecidamente, su lectura-. También le han encargado la realización de entrevistas y reseñas literarias, y, para mi sospresa, la última de éstas la ha dedicado a "Los crímenes de Avignon".
Ha sido un regalo para mí, algo inesperado y sorprendente que me ha hecho esbozar una sonrisa y llenar el pecho de orgullo. Algo que, sinceramente, le agradezco de corazón.
A continuación, os dejo el enlace donde podéis descargaros la revista. Merece la pena, os lo aseguro -no por mi aparición, eh, sino por las entrevistas, los contenidos musicales y la novela de Javier-.
Aquí os lo dejo.
http://www.ilikemagazine.com/descargas/revista/ilikemagazine_numero10.zip
Nos vemos.

viernes, 25 de junio de 2010

Presentación de "Los crímenes de Avignon"











Fue en Vigo, el 18 de junio, en un edificio majestuoso cuya historia alguien debiera contar. Fue, os lo aseguro, la consecución de un sueño.







viernes, 11 de junio de 2010

"Los crímenes de Avignon" (extracto)


Siguiendo los consejos de Blanca...

Los Crímenes de Avignon




INTRODUCCIÓN


Años atrás, cuando su mente aún no se había visto teñida por demonios o maldades, cuando sólo era un artista prometedor, sus manos parecían las de una dama: finas, con las uñas limpias y bien recortadas y la piel blancuzca y muy tersa. Hoy, sin embargo, sus dedos eran huesudos y tortuosos, como sarmientos erráticos, herederos de un sol esquivo e inalcanzable, y su piel, antaño tan clara, tan suave, ahora se veía resquebrajada por la aridez de la piedra y la dureza del buril.
Pese a ello, no le importaba.
Lo único que contaba era lo que podía conseguir con ellas, la perfección de las obras y la vida que parecía brotar de sus pequeñas esculturas.
Y aquella era, sin duda, la mejor.
Tal parecía que estuviese acariciando aquella pequeña loseta de alabastro, fría y brillante como una estrella, y al menos tan bella. Golpeaba el buril con suavidad, temeroso de quebrar aquella pátina oscura que tanto le gustaba trabajar, y con cada golpe, con cada pequeña incisión, la figura iba cobrando vida, como si una fuerza superior le insuflase un aliento divino o le propinase un azote que le hiciera trasponer ese umbral que es el nacimiento.
Plic, plic, plic…
Pequeños fragmentos de color negro iridiscente moteaban la mesa de trabajo. Tal vez, más tarde los machacase y moliera para emplearlos en alguno de sus cuadros. Tal vez los desechara, como acostumbraban a hacer con las vidas ajenas aquellos a los que obedecía. Pero eso lo decidiría más tarde, cuando la escultura estuviese rematada y la Hermandad tuviese al fin su obra más deseada. Sí. Finalmente la tendrían. Él lo haría posible, tallando un ominoso bajorrelieve en el que se reflejara todo el daño, todo el horror que éstos podían producir.
Plic, plic, plic…
La figura ya se podía ver con claridad. Era una obra maestra, sin duda, pero había que estar loco para contemplarla sin notar una profunda repulsión. En aquella negrura pétrea parecía habitar el mismísimo demonio, semioculto en su interior; aguardando a que el talento del escultor se volcara sobre la piedra que lo envolvía y así lo librara del presidio en el que se hallaba. Maldad en estado puro, librándose de las escorias que lo constreñían para mostrarse en su inicuo esplendor.
La silueta sobresalía apenas un par de milímetros, casi como una tumefacción o una erupción cutánea; el protagonista yacía en el suelo, con el rostro vuelto hacia su verdugo, y su espalda, descarnada por las cuchilladas que éste le asestaba, parecía encresparse por el dolor.
Plic, clic, clic. Unos golpecitos más; otra cuchillada despellejando aquella espalda desnuda.

Absorto en su obra, el escultor parecía obnubilado por aquellas pequeñas escarificaciones que el punzón dejaba a su paso. Una sonrisa enloquecida asomaba a sus labios, húmedos de pasión y frenesí, y sus ojos, desmedidos, casi histéricos, se clavaban con fijeza en la loseta, encarcelados por un influjo creador que no les permitía escapar. Para él no había más mundo que la piedra que mellaba a golpecitos; nada más importante que aquello, nada más embriagador ni absorbente; tan solo piedra negra, surcos escarbados de crueldad que recreaban los rasgos de la muerte o el horror, rostros descompuestos, lágrimas de pena y sangre oscura, contagiada por el polvo de alabastro.
La obra sublime de una mente genial; la obra sublime de un hombre enloquecido



Avignon, 14 de enero de 1358

La celda era muy oscura, casi negra, y estaba formada por gruesas paredes de piedra rebosantes de humedad. Un buen número de manchas las teñían de ocres y parduscos, pero apenas se vislumbraban entre las tinieblas. El pobre anciano, tumbado sobre un viejo jergón moteado de rotos y costurones, temblaba como un junco doblegado por el viento, aterido por el frío y el temor. Su muerte estaba muy cerca; apenas un leve hálito animaba sus pulmones, pero aún se mantenía con vida.
Su cuerpo, delgado y largo como un huso, no estaba en condiciones de soportar por más tiempo las torturas a las que era asiduamente sometido; sin embargo, su fortaleza de espíritu, su férrea voluntad y su gran amor por Dios le habían permitido aguantar con estoicismo tanto dolor. La resistencia que demostraba mantenía perplejos a sus raptores. Jamás habían presenciado tal proeza, tanta fuerza, pero al fin tendría que llegar lo inevitable.
Su mente se hallaba muy lejos de allí, en un lugar donde el horror no tenía cobijo; en un lugar sin paredes negras. Tal vez estuviera recluida en la vieja abadía que tanto añoraba, donde se sentía fuerte y protegido, rodeado por seres queridos que lo cuidaban y lo apartaban de las penas y el dolor. Aquella abadía…
Sí. Si en algún lugar se encontraba a gusto, éste era el monasterio…
Aún podía ver con claridad las nutridas huertas que cultivaba junto a sus hermanos, ahítas de tierra negra y agua, donde vertía su esmero en las hortalizas y los frutales; la legendaria biblioteca, su estancia preferida, donde se acumulaba toda la sabiduría del hombre, o su vieja habitación, austera pero acogedora, donde nada le era ajeno y siempre se encontraba tan cerca de Dios.
Aquella vieja abadía era su vida; lo había sido durante más de sesenta años, desde que, siendo casi un niño, y para goce suyo y de su familia, había ingresado en la orden. Allí se había hecho un hombre, se había labrado un nombre —un buen nombre—, y había alcanzado el éxito. Allí, en aquella abadía, había sido feliz.
¡Dios, qué recuerdos!
Tal vez, en esos recuerdos encontrase el necesario consuelo ante la muerte. Tal vez. Pero, por desgracia para él, eran tan solo recuerdos.
Al cabo de unos segundos, rompiendo el opresivo silencio de la noche, un prolongado crujido sobresaltó al anciano. Sin moverse de su catre, entreabrió los ojos para observar a los hombres que en ese momento se aproximaban a él.
A pocos metros de distancia, ensoberbecidos y arrogantes, sus enemigos lo contemplaban.
—Buenas noches, Santo varón —saludó con sorna uno de los visitantes, un hombre tocado con una larga túnica marrón ricamente brocada, por la que se adivinaba su elevada posición social.
—Regresáis como las hienas, señor, aproximándoos a vuestras víctimas durante la noche —sentenció el anciano, incorporándose lenta y pesadamente del catre hasta situarse frente a sus captores—. ¿Sois vos, señor Conde, quien así se cierne sobre su cautivo?
De pie, inmóvil en mitad de la estancia, con el cuerpo tan lacerado que difícilmente conseguía mantenerse erguido, el anciano vio cómo el rico caballero se aproximaba hasta él.
—El día del juicio ha llegado para vos, anciano, así que déjese de monsergas. Si el escaso discernimiento os lleva a persistir en vuestra negativa a reconocer los mandamientos de la Hermandad, y así renegar de Roma, estaré encantado de presenciar el estertor final de su Ilustrísima —amenazó con una voz grave y profunda el Conde, alzándose sumamente erguido delante del anciano.
—Renegad de vuestras creencias; abjurad de ellas y nos ahorraremos la triste visión de la tortura —dijo, acariciándose un enorme solitario de oro que refulgía en la tenebrosa oscuridad de la celda.
—En vano insistís, Excelencia. Si el Altísimo ha puesto esta prueba de fe en mi camino, gustoso estaré de aceptarla, aunque ello suponga mi muerte. Jamás conseguiréis que renuncie a Dios.
El anciano mostraba un coraje extraordinario; la proximidad de la muerte parecía no hacer mella en él, y el dolor de la tortura se le antojaba un mal insoslayable que debía soportar con la mayor de las enterezas.
—Si ese es su deseo, sea pues, Pater. Será un placer presenciar vuestra agonía. Llevadlo a la cámara —ordenó a los hombres que lo acompañaban—, y seamos testigos de la muerte de un cristiano.
Los dos hombres que acompañaban al Conde agarraron al anciano por los brazos y lo obligaron a caminar a base de empellones.
Minutos después, comenzaría la tortura.


(Continuará…si ustedes lo desean)

domingo, 6 de junio de 2010

Los crímenes de Avignon

¡Ya está aquí! ¡Al fin ha llegado!
El próximo 18 de junio, en la sala da Xuventude del Ayuntamiento de Vigo, se celebrará la presentación de "Los crímenes de Avignon", publicada por Doble Hache. Aún no me lo creo, pero ya es realidad; sólo tengo que acostumbrarme a ello.
Me encantaría que estuvieseis allí, acompañándome en ese momento tan importante; sinceramente, os echaré de menos. Siento que vosotros, de quienes he aprendido tanto, sois también artífices de esta novela. Muchas gracias por vuestro apoyo; muchas gracias por vuestra amistad.

A continuación, os dejo un enlace en el que se pude ver la portada y las características de la publicación; pulsando sobre el título, podréis ver el dossier de venta. Espero que os guste.
El diseño es obra del dibujante Francisco Iglesias Vieitez, Quisco, uno de los colaboradores habituales de Horror Hispano y, como veis, un artista genial.
http://www.doblehache.org/Catalogo/coleccion%20novela.html

Si alguno de vosotros desea adquirirla, no tiene más que seguir ese enlace.
En próximas entradas, os iré mostrando alguna de las apariciones en prensa que la publicación ha ido motivando.
Muchas gracias y un abrazo. Sin vosotros, no hubiese sido posible.

lunes, 24 de mayo de 2010

Un gran regalo




La entrevista la ha hecho Javier Pellicer, el autor del blog "Tierra de bardos"; la caricatura, una obra maestra, es de Pablo Pino, el genial ilustrador que "decora" las colaboraciones de Javier en la revista Ilike magazine. Ambos me han hecho un gran regalo.
http://www.ilikemagazine.com/descargas/revista/ilikemagazine_numero7.zip

Sus blogs son:
http://pino-caricaturas.blogspot.com/
http://tierradebardos.blogspot.com/

sábado, 17 de abril de 2010

Un premio inmerecido



El 14 de abril de 2009, casi en los albores de mis incursiones literarias, un pequeño grupo de amigos, haciendo gala de un idealismo impenitente y admirable, crearon la página web Horror Hispano. Juntos, animados por un ferviente entusiasmo por la literatura, iniciaron una andadura cuajada de incógnitas en la que perseguían un sueño: convertirse en un referente, en una casa común, para todos aquellos que sienten el terror y misterio como algo muy cercano; para todos aquellos que resumen sus desvelos en unas pocas frases rebosantes de inquietud, de congoja, incluso de horror, para disfrute de cuantos se apresten a leer sus historias.

El desafío era, por supuesto, muy importante. Ansiaban implantar una publicación periódica —en principio, un fanzine—, en la que dar salida al elevado número de escritores noveles que, pese a su talento, siempre se hallan huérfanos de editor; ansiaban unir esfuerzos, despertar conciencias y crear temores literarios; dar cobijo editorial a los que, como yo, tan solo podían soñar con ver sus textos plasmados en papel; ansiaban, en suma, convertirse en una salida para los desprovistos de respaldo.


Hoy, un año después, han conseguido fidelizar a un buen número de lectores, han publicado dos selecciones de relatos, amén de los muchos que han colgado en la página, y han sentado las bases para erigirse en la más importante de las páginas de literatura de terror de nuestro país. En próximas fechas, además, sacarán a la venta una importantísima selección de cuentos, ya muy esperada por los aficionados al género, y, para cerrar el círculo, han creado la Asociación Doble Hache, fragua de un sinfín de proyectos literarios que, sin duda, darán mucho que hablar en el futuro.

Ha sido éste un año de éxitos, de sueños cumplidos e ilusiones satisfechas, un año de días inolvidables, en el que se han cimentado los logros que vendrán, y que, una vez transcurrido, les ha servido para hacer balance.

Para ello, para testar, en cierto modo, los gustos de los asiduos a su página, los creadores de Horror Hispano concibieron una especia de encuesta, una consulta a los lectores, en la que se les pedía que seleccionaran a los más destacados del año.

El 15 de Abril hicieron públicos los resultados, y mi sorpresa fue mayúscula.

Tras las votaciones, resulté elegido “Autor del año”.

Sí, ya sé que es sorprendente, pero así es, “autor del año”. Y estoy que no quepo en mí.

Por eso me gustaría aprovechar estas líneas para expresar mi gratitud, para explicar la emoción sentida, pero lo cierto es que me cuesta mucho. Nunca he sido capaz de mostrar mis sentimientos de forma abierta y clara, y por ello sólo diré: muchas gracias.

Muchas gracias a todos aquellos que lo han hecho posible, a todos aquellos que me han leído, a los que me han acompañado y a cuantos han perdido una parte de su tiempo para compartirlo con mis textos. Sois vosotros los que me habéis ayudado a lograrlo, así que, de todo corazón, muchas gracias.

Junto a mí, otros compañeros han recibido el favor de los lectores:

Rafa Guerrero, por su fantástico “Las ratas”, elegido mejor relato del año,
Crocop, por una terrorífica y crudísima microbiografía,
Rafael Pérez, por una estupenda definición de Horror Hispano, y
Manuel Loureiro, por Apocalipsis z: los días oscuros, considerado el mejor libro de Horror del año.

Jaume Balaguero y su conocidísima REC 2 han sido elegidos, además, mejor director y mejor película.

Así que ya veis; para mí, es un auténtico honor formar parte de este cartel, y por tanto, MUCHÍSIMAS GRACIAS.

Para Darío, en especial, por todo lo hecho.

domingo, 14 de marzo de 2010

Mi abuelo, el contador de historias







El abuelo se había ido como por ensalmo, sin apenas decir un ay o un adiós, expeliendo su último aliento con la parsimonia o la quietud de aquel que se va en paz. Su rostro se había vuelto cadavérico, macilento y exangüe, como esas gárgolas marmóreas que observan al viandante desde el privilegio de las alturas, de ojos ocultos, arrebujados tras unos parpados gruesos de vejez. Y sin embargo, aún mantenía aquella expresión de placidez que yo siempre recordaba.

Era el abuelo un hombre recio, firme como una piedra y quizás tan tosco como ella, aunque ferviente cristiano y blandengue de interior. Había sido, además, un magnífico orador, un espléndido charlatán, muy dado a largas peroratas y discursos rebosantes de un idioma goloso, acaparador, que parecía querer aprehender hasta el último de los detalles y regurgitarlo en forma de verbo florido o ripio más o menos afortunado.

Al abuelo le encantaba contar historias. Tras haberse deslomado en los campos, hollando una tierra escasamente fértil que no le daba más que disgustos, y después de haberse aseado adecuadamente, solía dirigirse a la taberna del pueblo, apenas un garaje de cales desconchadas y humedecidas, donde se reunían los cuatro o cinco viejos que por aquel entonces quedaban en el pueblo. Allí fumaban unos cigarros gordezuelos, muy toscos, que parecían cosidos a sus labios, como desafiantes de una gravedad quizás ausente y plenos de hebras negruzcas y mal prensadas que exhalaban un humo denso, blanquecino, que terminaba por acumularse bajo la techumbre. Al mismo tiempo, para paliar la sequedad que les amargaba el velo del paladar, los del pueblo vaciaban pequeñas jarras de un vino espeso, abundante de posos violáceos, que Fermín, el posadero, perpetraba en unas barricas contaminadas de podredumbre. Durante la fermentación, Fermín solía verter en las cubas gruesos trozos de tocino, rancios y amarillentos, que proporcionaban al caldo una textura untuosa, un cuerpo sabroso, muy apreciado por sus vecinos.

El ambiente en la taberna era cordial, casi familiar, y allí, entre volutas rizadas y olorosas, y regustos dulzones y engrasados, mi abuelo contaba sus historias, sustitutas de una radio aburrida o una televisión inexistente. Se acodaba en el mostrador de madera, junto al frigorífico donde yacían las Coca colas, miraba a su reducido auditorio —cada vez más reducido—, expelía una bocanada suave y comenzaba a hablar, manoseando sin cesar una estilográfica de laca raída, que siempre lo había acompañado.

Eran narraciones extensas, casi todas sin final, que musitaba con aquella voz grave, maltrecha de toses y esputos, que parecía provocarle un intenso dolor. Acostumbraba a comenzarlas por la mitad, como si los orígenes no tuviesen importancia, por lejanos, y profería extensos circunloquios, a veces muy desorientados, hasta que se aproximaba a la conclusión. Una vez llegado a ese punto, se callaba, bebía un trago de aquel vino denso y azulado, y murmuraba: “el final no importa; es triste, como siempre, y nosotros ya somos viejos”.

Entonces, sus amigos sonreían. — ¿Cuándo contarás el final? —preguntaban, a pesar de conocer la respuesta—. ¿Para qué? —contestaba él—. Ya os he dicho que es triste, y si no os lo cuento, tal vez podáis imaginar vosotros uno distinto. —Entonces sonreían todos, vaciaban las jarras de golpe y se marchaban para casa, sin necesidad de despedirse.

Y así seguían, día tras día, en una ceremonia cotidiana que los aliviaba de los pesares de la soledad, de esa soledad impuesta por un progreso absurdo e imparable, que terminaría por dejar el pueblo vacío. Y así día tras día, entre largas jornadas de cava y de siega, entreveradas por aquellos gratos momentos de asueto en los que las historias se convertían en protagonista; y así día tras día, entre amigos ya ancianos, gregarios de un hombre al que le gustaba hablar, que ya habían renunciado a conocer aquellos finales tristes.

Hasta que se fueron muriendo.

Uno tras otro, vencidos por una vida bien vivida, sucumbían a los años, mientras sus amigos, cada vez menos, cada vez más viejos, continuaban reuniéndose en aquella taberna de pueblo para escuchar a mi abuelo, para fumar aquellos cigarros gordezuelos y beber aquel vino untuoso y azulón. Quizás la imaginación de éstos también sucumbiera, y aquellos finales tristes, ignorados por el narrador, no se vieran sustituidos por otros más felices. Quizás, la esperanza también acababa falleciendo.

Finalmente, sólo quedó mi abuelo, en un pueblo vacío, lleno de recuerdos. Y su voz, maltrecha de toses y esputos, se fue apagando, huérfana de historias y de público; huérfana de amigos. Hasta que también él sucumbió. Tal vez, le hubiese llegado la hora; tal vez, sin amigos, sin historias, sólo con finales tristes, no tenía sentido vivir.

Acurrucado en el féretro, mi abuelo descansaba. Entre sus dedos nudosos, sinuosos de artritis, bajo la bóveda esquelética que formaban, se ocultaba aquella estilográfica, de laca raída y desconchada, que tantas veces había sido testigo de finales por decir.

Tal vez, ella pudiera susurrarme aquellos finales felices, tantas veces imaginados por los amigos de mi abuelo. Tal vez, pudiera susurrarme alguna historia.

sábado, 13 de febrero de 2010

Agradecimiento, homenaje y autobombo

No quisiera comenzar esta entrada sin antes disculparme por el triste abandono que este blog ha sufrido, pero un sinfín de circunstancias me han obligado a permanecer apartado de él. Sin embargo, hoy no he podido sustraerme a mis necesidades cibernéticas —¡qué raro suena eso—, así que aquí estoy.

Lo siguiente, es a modo de agradecimiento, homenaje y autobombo —disculpadme lo del autobombo, pero necesito contarlo—, y quiero compartirlo con todos vosotros.

Hace escasas horas, el autor de “el alma impresa”, Sergio G. Ros, ha colgado en su fantástico blog una selección de escritores que ha denominado “Generación XXI”, y dado que es hombre de gran criterio, exquisito gusto literario y sumamente dotado para reconocer el talento allá donde lo viera, ha decidido, como no podía ser de otro modo, incluir a un servidor en dicha relación —Je,je, ya dije que era autobombo, así que ahora no os sorprendáis, ¡coñe! —.

Lo cierto es que su iniciativa, a pesar del buen rollete que hay entre blogueros, me sorprendió muchísimo —sobretodo que me hiciese partícipe de ella—, pero hoy, cuando vi mi nombre junto al de tantos amigos, me sentí realmente orgulloso. Sergio es un hombre desprendido, generoso y benévolo —al menos eso capto yo en sus intervenciones—, y el exquisito trato que siempre muestra con sus compañeros de red está adquiriendo proporciones colosales. Iniciativas como ésta ensalzan a quien las emprende, y yo no puedo más que enorgullecerme por formar parte de sus amigos de bitácora. Vaya por tanto, desde aquí, mi más agradecido recuerdo para él. Quizás algún día, así lo espero, esta relación se vea refrendada por un buen apretón de manos o un fuerte abrazo.

Mi más sincera enhorabuena, por supuesto, a mis compañeros de generación. Es un orgullo acompañaros.

Y ahora, sin solución de continuidad, el autobombo más inmodesto.

Hace un año, más o menos, que comencé con este blog, y a pesar de que es muy poco tiempo, lo que en aquel momento me parecía imposible comienza a hacerse realidad. Por aquel entonces, mis sueños literarios no eran más que eso: sueños o quimeras que llenaban mis noches, pero hace unos días —sí, tan solo unos días—, comenzaron a hacerse realidad.

Tras la publicación de mi relato “Trágica confesión” en el fanzine nº 2 de Horror Hispano, Darío Vilas, administrador de “Horror Hispano” y creador, junto con Senén Lozano y Anabel Areal, de la asociación literaria “Doble Hache”, me pidió que participase junto a otros cuatro compañeros en una iniciativa ciertamente curiosa: un libro disco; un pequeño libro de relatos que irá acompañado de un cd, donde figurarán las piezas musicales que unos amigos compositores han creado para nosotros. Se trata de algo ciertamente innovador; una comunión genial entre música y literatura que espero no deje indiferente a nadie, y en la que voy de la mano de una fantástica compositora, Ana Albajara, que ha escrito dos piezas realmente fabulosas. Saldrá a la venta a principios de verano, y espero que obtenga el éxito que los miembros de Doble Hache se merecen.

Quizás por la misma época, comenzó mi colaboración con “Brandlife”, una muy conocida revista de publicidad donde logré publicar un artículo sobre la campaña que Acciona había lanzado a los medios. Al cabo de un mes se me ofreció la posibilidad de colaborar con ellos; surge entonces “Desde mi sillón”, una columna mensual donde un espectador ignorante —o sea, yo—, escribe sobre ese extraño mundo de la publicidad.

En Febrero se publicó la primera columna; a principios de marzo sale a la venta el número donde se incluye la segunda, y la experiencia está resultando increíble. Comienzo a dar pasos en el mundillo y estoy que no lo creo, pero como no hay dos sin tres —o tres sin cuatro—, ahora viene la traca final.

A primeros de marzo, dentro de nada, saldrá a la venta mi primera novela, “Los crímenes de Avignon”, donde cuento la lucha que un servidor del Santo Oficio se ve obligado a mantener contra unos criminales ciertamente sádicos. Es otra iniciativa de Doble Hache —a esta gente ya no sé cómo agradecérselo—, y ya está casi todo hecho. Estoy terminando la corrección, la portada, obra de Quisco, es absolutamente brutal, y en breve, unos pocos días, la podré tener entre mis manos.

Así que creedme; los sueños, desde luego, se hacen realidad.

lunes, 11 de enero de 2010

Imperfecta simetría

Hace unos cuantos meses, en una de las primeras entradas de este blog, mencioné la grata sorpresa que me había llevado al internarme en el, sobretodo entonces, desconocido mundo de la blogosfera literaria. Recuerdo haber descrito mi estupor al hallarme frente a un buen puñado de escritores, todos ellos grandes aficionados, que volcaban sus anhelos, sus pesares o sus alegrías sobre la pantalla de un ordenador, para libre regocijo de todos los que quisieran acercarse hasta sus bitácoras.

Hoy, me acerco hasta vosotros con una finalidad similar: la de glosar la fantástica labor de dos escritores escasamente conocidos, casi noveles aunque rebosantes de talento, que recientemente han conseguido publicar una de sus obras.

Me refiero a Darío Vilas y a Rafa Rubio, administradores de la página web Horror Hispano, que sin duda sabrán descollar en este extraño e injusto mundo de las letras. Para ello, uno de sus primeros pasos ha sido la aparición de un pequeño libro de relatos de misterio, “Imperfecta simetría”, ambientado en una isla carente de humanidad, donde lo humano apenas importa y tan solo el egoísmo anima a sus habitantes.

El libro consta de varias historias independientes que, sin embargo, los autores han conseguido hilvanar entre sí por una trama muy sutil. En ellas, Rafa y Darío nos muestran unos personajes muy oscuros, anclados en un pasado tan oscuro como ellos, cuyas vidas se ven trágicamente dominadas por el entorno en el que viven: la isla de Simetría, un pedazo de mundo en el que reina la decadencia, la corrupción y la inmoralidad, con una atmósfera tan opresiva e inquietante que sume a los que allí residen en una desesperanza contagiosa y enfermiza de la que se ven incapaces de escapar.

Surge entonces en sus vidas el horror, la crueldad o el sadismo; a veces ribeteado de pequeños festones absurdos o surrealistas; a veces presidido por un realismo agobiante que cala hasta los huesos al lector y le provoca una desazón angustiosa. Surge la sangre, el miedo…el terror.

Sabiamente, los autores conjugan una prosa incisiva, muy directa, con una indiscutible belleza estilística –poética, en ocasiones-, que propicia una lectura ciertamente agradable y ayuda a crear un escenario fácilmente imaginable. Nos regalan un cúmulo de sensaciones -siniestras, en su mayor parte-, que, por esas curiosas evocaciones que acuden a nuestra mente, nos trasladan a un paisaje caótico, desprovisto de amor o humanidad, que hasta ansiamos no abandonar. Nos sume en la desazón; pero casi deseamos permanecer en ella, pasar la página y continuar con la inquietud.

“Imperfecta simetría” es, en suma, un conjunto completo y homogéneo de relatos angustiosos, que a buen seguro supondrá el comienzo de una carrera imparable y fructífera. Vaya desde aquí, por tanto, por los buenos momentos que su creatividad me ha proporcionado, mi más sincero agradecimiento.

Para Rafa y Darío, muchas gracias.



NOTA: Para aquellos que lo deseéis, el libro se puede adquirir en www: h-horror.com

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Hola, amigos -vaya, menudo saludo circense-. Este post supone un cierto cambio. En él cuelgo un relato que ha escrito mi hermano -gemelo, para más señas-, que ha decidido, al fin, recuperar esa afición por la escritura que siempre tuvo. Se trata del primer capítulo de una novela que está escribiendo, y a mí me parece que puede dar mucho juego. Creo sinceramente que tiene grandes dotes para ello, pero me gustaría conocer vuestra opinión. Ya sabéis que la tengo en gran estima así que, por favor, leed y, si lo tenéis a bien, comentad.
Bueno, ahí va.
Un abrazo a todos.
EL ERROR INEXISTENTE

Capítulo Uno

Mi nombre es Saturno. Si, ya lo sé. Es ridículo en extremo, pero es el único que tengo. Las responsables del desatino fueron las monjas del hospicio de Santa María de la Merced, donde me crié y viví hasta el día en que cumplí los catorce años de edad. Sor Mónica, que fue quien tuvo la idea, se basó en que ─ como Saturno, que es el planeta más extraño del sistema solar ─, yo era el niño más ajeno a la normalidad de todos cuantos había visto a lo largo de su vida. El resto de las monjas estuvieron de acuerdo en que ese aborrecible nombre era el más adecuado para el caso, y así fui cristianamente bautizado como Saturno de Santa María de la Merced, de padre y madre desconocidos. ¿Y cuál fue ─ se preguntarán ustedes ─, la rareza que vieron en mí aquellas buenas monjas para causarme semejante faena? La explicación es bien sencilla, y puede resumirse en una sentenciosa frase: soy un mal nacido. Por favor, no me entiendan mal. No soy un hombre depravado ni poseo más cualidades vergonzosas de lo habitual. Quiero decir, simplemente, que nací mal. No hubo diferencias en el método, que supongo que sería el habitual; pero, sí en la forma.
Afirman los doctores en Medicina que todo lo que experimenta la madre
durante el embarazo se traslada, en mayor o menor grado, a la criatura que lleva en el vientre. Y lo que experimentó mi madre fue una soberana paliza que le propinó mi padre al regreso de una de sus numerosas orgías etílicas. Solía llegar a casa transformado en uno de esos odres de piel de cerdo que se usan para guardar el vino. Y en tal estado, y deshonrando a tan noble animal, la emprendía a golpes con mi madre. Como no daba abasto ella sola, y también ─ supongo ─, porque siempre es bueno el reparto “a escote”, me tragué yo una abundante ración de palos.
Les ruego me disculpen si les parece que trato el tema de un modo frívolo, pero debo hacerlo así para evitar que las lágrimas mojen el papel sobre el que escribo. A nadie le duelen más que a mí los padecimientos de mi madre, que buenas penurias me han causado, pero no me gusta refocilarme en el dolor como una plañidera; prefiero olvidarlo y rodearlo como si fuera un barrio de mala reputación, y centrarme — si es posible — en todo lo bueno y bello que la vida ofrece.
Llegué a este mundo en una de esas noches de otoño frías y nubosas. Lo hice en una cama sucia, como todo lo demás. Cuando mi padre vio que el parto era inminente corrió a avisar a Josephine Baker, la mejor y única comadrona del pueblo. —Mala cosa ser primeriza en una noche así —dijo la vieja Josephine
mientras rumiaba el enojo que la invadía—. Dais más problemas que valéis. La comadrona Baker actuaba con la habilidad de los años, que le habían regalado la experiencia pero también una aguda desidia que parecía gobernar todos sus actos. El milagro del nacimiento no tenía secretos para ella; nunca se presentaban complicaciones que no pudiese salvar, ninguna sorpresa desagradable. Pero aquella noche, cuyo desenlace se había decidido por la vía del estacazo —aquellos que recibiera mi madre—, vine yo a echar un borrón sobre el flamante expediente de la Baker.
El temblor que sacudió sus estremecidas manos mientras se esforzaba por buscar alguna configuración habitual en aquella cosa que sostenían, fue tal que a punto estuvo de dejarme caer al suelo de la habitación. —Por si no te ha llegado, ¡dos tazas! —Habría sido la bienvenida más apropiada; el primer aviso de lo que llegaría después.
Cuando al inicio del relato les advertía de mi condición de mal nacido, pretendía señalar que lo que mi madre engendró fue no más que un vano intento de ser humano, un cuerpo extraño y plagado de deformidades, una masa de carne informe que apenas dejaba entrever al bebé que se suponía había de llegar. La consecuencia de aquella infame paliza fue una cabeza plagada de valles y colinas; tal era el número, tamaño y profundidad de los badenes y baches que la poblaban, que, si bien no dañaron al cerebro, fueron causa suficiente para evitar el parecido con el resto de las testas conocidas hasta la fecha. La cara era lo más humano de todo, obviando, eso sí, el exagerado tamaño de la nariz, con unas aletas capaces de hacer que el resto del cuerpo alzase el vuelo, y la extraña disposición de la boca que parecía buscar la verticalidad. Mis piernas se quedaron en los primeros pasos de la carrera, de tal modo que los pies, casi inexistentes y extraordinariamente retorcidos, aparecían mucho antes de lo esperado. Al término de la cadera, y con no más de diez centímetros de recorrido —los ocupados por las piernas—, surgían unos pies diminutos e inservibles, como setas venenosas.
Obviamente, tal cúmulo de atrocidades corporales no pudo más que condicionar toda mi existencia. Y lo hizo desde el principio.
Cuando el llanto y los dolores propios del parto permitieron a mi madre abandonar el lecho tomó la decisión de encaminarse hacia el convento de Santa María de la Merced. Lo hizo al abrigo de la noche, esquivando la indiscreción de las farolas y las calles más transitadas. Pretendía dejarme ante la puerta de la inclusa, resguardado en una vieja canastilla con más mugre que mimbre, y con la esperanza de que las monjas, al verme así abandonado, me tomasen bajo su cuidado y me diesen el cobijo y alimento necesarios.
— Ellas —se decía mi madre, en un vano intento de convencerse a sí misma—, le darán una educación y una comodidad que de otro modo no tendrá. Le cuidarán como Dios manda y le darán todo el cariño que necesita. Seguro.
Y en éstas estaba la pobre mujer, cegada ya por las lágrimas que le caían a borbotones y con la preocupación incesante de ser descubierta, cuando todas las precauciones que había tomado en su ronda nocturna se revelaron insuficientes para procurar el anonimato que tanto ansiaba. Fue mi llanto el culpable de que Sor Ángela, intrigada por los quejidos infantiles que llegaban desde la calle, la descubriese cuando se disponía a dejar la canastilla ante el portón de entrada. Al verse sorprendida de forma tan inesperada pensó mi madre en echarse a correr calle abajo, huyendo de mí y de la monja que le daba el alto. Pero sor Ángela, a pesar de los muchos años que cargaban sus huesos y de los dolores reumáticos que la asolaban, fue más rápida que mi madre, que se vio arrastrada hacia el interior del hospicio sin poder hacer nada para evitarlo. Dos minutos después del forcejeo —los que tardó Sor Ángela en tranquilizar a mi madre—, estaban las dos mujeres sentadas en el salón principal del convento, dejándose acariciar por el calor de las brasas que crepitaban suavemente en la chimenea.
Estuvieron así hasta que la luz del alba les indicó que las palabras ya no servían, y que el rumbo y la determinación de mi madre no iban a variar. La pobre apenas tenía argumentos que oponer a los de la monja, que no cesaba de hablar del amor de la madre hacia su hijo y de los sacrificios que el Señor impone. Eran conceptos demasiado lejanos para quien descubre, espantado, que la desesperanza ha terminado por atraparle y gobierna ya toda su vida. En ocasiones, ya vencida y derrotada, mi madre me señalaba con el dedo. — Mírele usted —decía con la voz quebrada por el llanto—, ¿qué voy a hacer? ¿Qué otra cosa puedo hacer?
Su mente se llenaba de imágenes de un futuro aterrador, condenado por una existencia que la castigaría eternamente y de la que sólo podría escapar manteniéndome lejos.
— ¿Y él? —opuso Sor Ángela, dirigiendo una mirada inquisidora a mi madre, que no cesaba de llorar—. ¿Podrá perdonarla algún día? — Mírele, madre —respondió ella—. Le he dado la vida. ¿Cómo podría hacerlo?
Y todo quedó decidido.
El día de mi llegada a Santa María de la Merced, Sor Ángela convocó a todas las monjas a una reunión para que me viesen y supiesen lo que se les venía encima.
— No será fácil —afirmó Sor Margaret, muy seria, mientras me observaba con expresión curiosa dentro del capacho en que mi madre me había llevado al hospicio—. Me refiero a su educación. Y a sus cuidados… — Todos son iguales a su edad —sentenció Sor Ángela—. No importa cómo sea su rostro, ni su cuerpo. Todos necesitan lo mismo: comer, que les den el biberón y les cambien los pañales. Sólo eso. — Al menos —llegó a decir una de las monjas—, es seguro que el buen Señor tendrá la bondad de llevárselo pronto a su lado. Pobrecito…
Les parecía imposible que mis deformidades físicas no tuvieran una correspondencia dentro de mi organismo; algún defecto congénito y mortal que no tardaría en manifestarse para llevarme de este mundo. Pero, se equivocaron, y —aunque no mucho—, pude crecer rodeado de hábitos y de niños, sano y fuerte, listo y temeroso.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Un tacto tibio


UN TACTO TIBIO

¡Qué crueles son los días que me ha tocado vivir! ¡Qué incierto se me antoja el destino!

Ahora, atenazado por deudas de juego, perseguido por unos acreedores correosos e infalibles, y desprovisto de bienes con los que satisfacer sus bestiales requerimientos, no me queda otra opción que poner tierra de por medio, olvidar el coraje y la galanura, y correr como un conejo.

Quizás mi orgullo se vea perjudicado ante semejante modo de actuar, sí. Pero bueno es un pellejo sano, y bálsamos habrá para enjugar las heridas de la ignominia.

Odio, no obstante, comportarme así, pues la gallardía y el coraje han blasonado siempre mi estirpe, y la huída indecorosa nunca estuvo bien vista por mis insignes antepasados. Sin embargo, consciente como soy de que sus espíritus no se removerán inquietos en sus tumbas, decido iniciar mi vergonzante retirada, plena de desdoro pero ahíta de esperanza.

¡Huyo! Huyo para salvar mi vida, y no albergo otro deseo que el de salvaguardar unos huesos a los que la edad me ha enseñado a amar. No obstante, y aun a sabiendas de que mi proceder es el correcto, todavía siento una intensa punzada de rabia por esa suerte que me ha resultado esquiva.

Han sido tan caprichosos los designios, tan absurdo el reparto de la fortuna, que aún permanece en mí una acusada tendencia al desquite, un íntimo deseo de esgrimir una buena mano; una que me otorgue unas cartas que hagan justicia a mi afamada habilidad y me permitan vengar la afrenta sufrida ante unos jugadores mucho menos dotados que yo.

¡Ay! ¡Cuánto daría porque esto se hiciese posible! Cuánto por ver los rostros demudados de mis rivales, vaciarles los bolsillos y reírme ante ellos, en justa respuesta a sus burlas anteriores.

¡Dios! ¡Qué bello sería!

Sé que me siento atribulado por lo incierto de mis perspectivas; sé que mi ánimo actual no es el idóneo para dirimir esta incógnita que me acucia, pero no dejo de pensar en el injusto comportamiento de los hados. ¿Hay acaso alguien tan merecedor de su concurso como yo? ¿Alguien tan digno, tan osado?

¡No! ¡Por supuesto que no! Y sin embargo ellos, tan divinos, tan etéreos, se congratulan en depararme un escarnio vergonzoso, rebosante de vituperios sociales, ante el que nada puedo hacer

Ya oigo cómo se aproxima el tren. Su penetrante silbido me golpea como un aldabonazo, me devuelve a una conciencia acobardada y me obliga a huir en pos de una vida más larga y saludable. Debo huir. Sé que debo hacerlo. Y sin embargo…

Me arrebujo en mi gabán, algo destemplado ya. Desconozco si la causa de mis estremecimientos es la baja temperatura o la falta de arrojo. Pero siento frío. Introduzco las manos en los bolsillos. Y ahí están. Mis últimas fichas; aquellas que resistieron los duros embates de una fortuna huidiza y se resguardaron, al calor de la franela, de unos ataques escasamente compasivos; aquellas que me devolvían la pasión y ahora me producen un bronco palpitar.

Sé que son pocas. Muy pocas. Pero su tacto es tibio, y yo siento frío. Y aún están ahí. Quizás sea una señal de que mi suerte va a cambiar. Quizás pueda echar una última mano, tan solo una, y así descubrir si el aciago destino que ha conducido mi vida se ha retirado al fin. Quizás sea mejor no coger ese tren.

¿O no?

lunes, 23 de noviembre de 2009

Tan solo deseo que esto acabe




Tan solo deseo que esto acabe; que pase la noche y se haga realidad el triste destino que me fue marcado. Mis arrestos han llegado a su fin, vencidos por la inevitable decrepitud que adorna mi cuerpo, por la certeza absoluta de que mi muerte es inevitable, y nada queda ya por hacer. Mi lucha ha finalizado, y ahora, ajado de años y desdichas, sólo me resta tumbarme en mi jergón, cerrar los ojos y esperar la llegada de la parca, tan firme, tan certera, que ningún hombre puede soslayar.

Aunque hubo un tiempo que creí poder hacerlo: un tiempo en el que mi coraje era desmedido, mi fe, absoluta, y mi corazón, ése que hoy se muestra emponzoñado y carente de amor, no hacía sino batallar, henchirse de orgullo y arrojarme a la lucha en pos de aquello que consideraba justo o razonable, sin importarme las consecuencias que debiera arrostrar por ello. Hubo un tiempo, sí, en que quise luchar. Pero ya pasó.

Multitud son los combates que he tenido que afrontar, carentes de razón y sentimientos, donde no había lugar para la piedad, el amor o la esperanza, y muchos los que han caído en ellos, medrosos y desamparados, y envueltos en la angustiosa sensación de haber acometido una tarea inabarcable, que sobrepasaba la capacidad humana. Ante ella, cualquier esfuerzo era vano y tan solo una férrea voluntad podría llevar al guerrero a soportar los embates y no caer rendido por el terror o la desazón; tan solo un íntimo y arraigado deseo de hacer el bien no palidecería ante la grandiosidad del horror al que nos debíamos enfrentar, y así las cosas, pocos eran aquellos que lo intentaban.

Juntos, mis hombres y yo, nos habíamos erigido en una suerte de último bastión, en un férreo baluarte sobre el que se había depositado la ímproba labor de salvaguardar a este mundo nuestro de los demonios y, a la vista de los resultados obtenidos, excesiva ha sido la carga.

Mis compañeros ya no están, y yo escasamente puedo mantenerme en pie. La vejez se ha cebado en mí, y con ella, como una viruela que acude presta a emponzoñar las llagas de la edad, ha surgido el temor, el egoísmo y la codicia, como jinetes que asolan las postrimerías de una vida incapaz de defenderse.

Ahora ya no es apacible mi ánimo. Hasta el leve crepitar de la lumbre que calienta mi hogar se me antoja presagio de muerte, y el siniestro ulular del viento al colarse por la chimenea se vuelve a mis oídos como aullido enloquecido.

Mi cuerpo se halla enfebrecido, y paso a paso, sin remedio alguno para ello, el latir de mi corazón se agita más, se angustia y desespera, ante la proximidad de unas bestias que, a buen seguro, desprovisto de la ayuda que mis fieles hombres me procuraban, se abalanzarán sobre mí para desollarme y desprenderme de los breves retazos de vida que me resten.

Mis posibilidades de sobrevivir a esta noche son, lo sé, inexistentes. Su ataque será feroz, mi mano ya no posee la firmeza de antaño y mi coraje ha desaparecido con mis amigos. Y ahora, mientras aguardo la irrupción enloquecida de esos seres malditos, pienso que, quizás, mi valentía nunca fue tal, sino una suerte de actitud solidaria, un arrojo inconsciente, motivado por la protectora compañía de mis hombres o por ese orgullo fatuo que impele al General a no arredrarse a la vista de la tropa.

Sé que no tendré valor para enfrentarme a esas bestias; son demasiado horribles, demasiado crueles sus actos, y no deseo darles el placer de acabar con mi vida.

Por tanto, animado por un temor insoslayable, y por una decrepitud odiosa que me hace flaquear, he decidido acabar con mi vida, poner fin a mis angustias y evitar así ser pasto de sus fauces.

Sé que vienen a por mí; puedo oír cómo los brezales crujen bajo sus zarpas, cómo sus roncas gargantas regurgitan gritos de odio, y ya no aguanto más.

Los grillos y las lechuzas han dejado de cantar, aterrados por el paso de tan siniestra comitiva, propiciando con su silencio un mundo nuevo, huérfano de sentidos, en el que parezco levitar envuelto en brumas, como una somnolencia alcohólica. Y ciertamente me parecería así de no ser por el bronco latir de mi corazón, que me devuelve a la consciencia y al horror de saber que mi fin pronto ha de llegar.

Empuño entonces la pistola; lo hago con temor, pero mis dedos no flaquean. Acaso un temblor de senectud los torna indecisos, pero su convicción es más fuerte que la mía. Se ciernen sobre la culata y palidecen por una presión agobiante y desmedida. Alzo mi mano hasta la sien, y poso sobre ella el cañón. Apenas percibo su frialdad. Realmente, apenas siento nada. Tan solo miedo; un miedo atroz que no me deja vivir. Y ya no hay vuelta atrás.

Al otro lado de la puerta escucho sus gemidos; alguna sombra evanescente se oculta tras el antepecho de las ventanas, y una brisa cansada, ululante, atenúa las llamas de la lumbre, que se vuelven mortecinas y fatigadas. En breves segundos derribarán la puerta, entrarán y se arrojarán sobre mí, con unas fauces rebosantes de colmillos y unas garras crispadas por el odio. Aborrezco mi fin. Pero soy incapaz de afrontar su ataque. He de matarme. He de hacerlo ahora.

FIN

jueves, 12 de noviembre de 2009

El exilio de un Papa


A continuación, os dejo un fragmento de una novela que estoy escribiendo. Espero que os guste.

Un abrazo a todos.


¿Cómo podían obligarla a estar con un ser tan repugnante, al que tanto odiaba por el daño que había hecho a Roma? ¿Por qué le era negado el amor? ¿Por qué la codicia enturbiaba los corazones, rechazando todo cuanto de bueno solía habitar en ellos?

Valetta podía sentir cómo la ira recorría todo su ser, dejándola ahíta de odio y rabia cada vez que se veía obligada a soportar la presencia del General Miollis. No entendía cómo su padre, al que tanto había amado cuando era una niña, prescindía de la custodia de la honra de su única hija y la empujaba a los brazos de un hombre despreciable, a quien nada le importaba el bienestar de todos aquellos que le rodeaban. No entendía cómo el dinero, algo tan sucio y vacío de vida, podía llegar a obnubilar la mente y vaciarla de recuerdos y de amores. ¿Acaso era tan complicado prescindir de una posición de privilegio?; ¿acaso pesaba más la codicia que el respeto o la ternura?

Para su infortunio, su padre había dejado muy clara la respuesta a las preguntas que la atormentaban, y la pobre Valetta no dejaba de lamentarse por ello. En su interior, sabía que ya no podía albergar esperanza alguna; su padre no iba a renunciar a su posición social ni a la posibilidad de medrar apoyando al vencedor. El dinero lo había cegado, y nadie le haría cambiar de opinión. Ni tan siquiera su esposa, la madre de Valetta, rota de dolor al ver el sufrimiento de su hija, lo había logrado.

El general francés la cubría de regalos, la asediaba con promesas de amor y no cesaba de expresarle con palabras huecas y altisonantes la admiración que le profesaba. Parecía un adolescente enamorado, enfebrecido de pasión. Sin embargo, había en todo ello un tono almibarado, revestido de falsedad, que a Valetta no se le escapaba.

Ella sabía que el francés no albergaba sinceridad alguna en su corazón, y que sus palabras, tan dulces como falsas, no tenían otra intención que resquebrajar su coraza y así rendirla ante una vana verborrea. Pero ella no se dejaba engatusar. El desprecio que sentía por aquel hombre era excesivo, y lo último que deseaba era doblegarse a su voluntad.

—Querida Valetta: no has de temerme, pues yo tan solo ansío tu bienestar. Deseo estar contigo, ya lo sabes, pero no quiero imponerte nada. —Miollis hablaba casi en susurros, bisbiseando una ponzoña repleta de añagazas que no parecía tener éxito alguno. Aquella mujer se resistía, no como las otras, y él comenzaba a sentirse enojado por las constantes negativas.
— ¿No te das cuenta? ¿Acaso no es motivo de orgullo saberse admirada por el General Miollis? ¿O es que el conquistador de Roma no es suficiente para ti? —En su voz se atisbaban ya ciertos ribetes de enfado, pero Valetta parecía hacer oídos sordos.
—No me malinterprete, General. Es usted un hombre encantador, y disfruto mucho de su compañía, créame. Pero los designios del corazón son oscuros, y no arde en mí llama alguna.
—Compréndelo, Valetta. El amor no nace en un segundo, como sabrás. Es necesario perseguirlo, cuidarlo y mimarlo, y solo con perseverancia se logra.
—Bueno, de perseverancia parece usted sobrado, General. —La joven comenzaba a sentir repugnancia por aquel cortejo baboso y dulzón, que en nada dulcificaba su ánimo.
—Cierto, pero todo tiene un límite. No lo olvides. Ven. Acércate. —El General extendió su mano, engarzada de joyas, y agarró a Valetta, atrayéndola hacia él.

Ella comenzó a resistirse, forcejeando nerviosamente para desasirse de su brusco apretón. Pero el francés no pretendía liberarla.

—Déjeme, se lo ruego —imploraba—. Permítame que me vaya a mi casa.
—Te irás más tarde. Antes has de satisfacerme.
—No, por favor. Suélteme.

Miollis, harto ya de dimes y diretes, y anhelante de una pasión robada, comenzó a tirar con más fuerza de la mujer. Su mano se cerraba sobre el brazo de la joven en un abrazo desmedido, y su gesto comenzaba a mostrar un color violáceo, fruto de un enojo creciente. Él era el gobernador de Roma, y no iba a renunciar a aquella preciosa mujer de cabellos cobrizos. Si tenía que ser por la fuerza, Valetta sería suya.

—He dicho que vengas —bramó con un coraje ya desatado, imprimiendo a su exhorto un tono autoritario que escasamente se compadecía con las gestas del amor.

Finalmente, preso de una furia exacerbada, el General arrastró de golpe a la mujer hasta arrimarla contra su pecho. Sin saber muy bien cómo reaccionar, Valetta, terriblemente asustada, levantó un brazo y lo descargó con rabia sobre el rostro de su agresor. La bofetada sonó como un latigazo, sumiendo en una sorpresa vergonzante al General.

Éste, ligeramente aturdido, soltó a la mujer. Parecía conmocionado, como si su mente no fuese capaz de entender lo que había sucedido. Su boca permanecía abierta en actitud bobalicona, y en su mejilla izquierda, como prueba irrefutable de la iniquidad que había querido cometer, comenzaba a florecer una mancha blanquecina, envuelta por un halo rojizo.

El General tardó unos segundos en asimilar la afrenta de Valetta. Se llevó una mano a la mejilla y comenzó a palpársela con desagrado. Un calor lacerante, regalo de un menosprecio merecido, le bañaba el pómulo con saña, embargándolo de una ira que ansiaba ser desatada.

De pronto, sus ojos se vieron animados por un brillo malévolo. Sus labios se crisparon y un ligero temblor acunó su mentón. Sentía una rabia incontenible. Su mano, aquella que había hollado el fruto de su infamia, salió disparada hasta el rostro de Valetta e impactó sobre él.

Valetta cayó al suelo, casi inconsciente. El golpe había sido brutal, los oídos le retumbaban con un pitido insoportable y de su nariz manaba mucha sangre. Tenía el pelo alborotado, formando un denso velo cobrizo que mantenía su cara oculta, como un cortinaje tras el que esconderse. Por eso Miollis no pudo ver sus lágrimas.

El General bufaba como un animal encabritado, poseído por un enfado rabioso que se esforzaba por no desaparecer.

— ¡Maldita zorra! ¿Es eso lo que querías? Eh, ¿es eso? —Al hablar, escupía grandes salivazos, desertores de una boca palpitante y venenosa que huían despavoridos para caer inertes al suelo—. Ahora ya lo has conseguido, y la próxima vez no seré tan benévolo.
Valetta sollozaba con la mirada clavada en el suelo, tratando de inhalar un aire que le resultaba esquivo. En aquel momento odiaba a su padre. Por su culpa se veía obligada a soportar todo aquello. Y eso era solo el principio.

Miollis parecía más calmado. Su respiración se había normalizado y el enfado comenzaba a remitir. De pronto sentía una grata sensación de poder. Valetta estaba a sus pies, humillada e indefensa. La altivez que siempre exhibía había desaparecido de repente, y seguramente se encontraría más dispuesta a ceder a sus deseos. Desde luego, la bofetada no había sido mal gesto.

—Espero que esto te haga recapacitar, Valetta. ¡Yo soy el poderoso! ¡Yo soy el que puede conseguir que los negocios de tu padre prosperen! No lo olvides. —El General comenzó a caminar hasta la puerta del comedor. Se sentía henchido de orgullo y satisfecho por su demostración de fuerza.

— Si en algo valoras tu bienestar y el de tus padres, tu actitud cambiará.

Valetta siguió tumbada en el suelo, sumida en una rabia que apenas le dejaba vaciar su llanto. Tan solo al escuchar cómo la puerta se cerraba con estrépito, se permitió llorar.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Certamen de micros Art Gerus

A continuación, os dejo un micro que he enviado al certamen de relatos Artgerus. Ya sabéis que lo breve no se me da muy bien. En cualquier caso, aquí está.
El apunte de concurso me lo facilitó Marta Abelló, del blog "Los manuscritos del caos", que ya ha publicado uno que me ha parecido fantástico. Para ella, muchas gracias.
UN FÉRETRO PREMATURO
Su rostro se veía demacrado y exangüe, desprovisto de aquella belleza altiva de antaño que tanto habíamos admirado. Una muerte sobrevenida, sin avisos previos, se había cebado en ella, vaciándola de vida y aliviándola de pesares, como un lenitivo que le ayudase a soportar la pena.

Todos sabíamos que su matrimonio había sido un infierno y que su marido no era el hombre respetable y cariñoso que todos creían. Sin embargo, no había modo alguno de demostrarlo.

Su esposo la observaba con ojos vacuos, recluida en un féretro inmerecido y prematuro. Parecía ajeno a su muerte, como ausente, pero cuando se aproximó al ataúd, su semblante se demudó de forma grotesca. Aterrado, comenzó a gritar. Su rostro palideció de repente y sus ojos se inundaron de capilares sangrantes. Segundos después, estaba muerto.

Al acercarnos a él, medrosos por lo acontecido, pudimos ver la silueta de su mujer dibujada en el iris de su asesino, con un dedo acusador en alto.