
Tan solo deseo que esto acabe; que pase la noche y se haga realidad el triste destino que me fue marcado. Mis arrestos han llegado a su fin, vencidos por la inevitable decrepitud que adorna mi cuerpo, por la certeza absoluta de que mi muerte es inevitable, y nada queda ya por hacer. Mi lucha ha finalizado, y ahora, ajado de años y desdichas, sólo me resta tumbarme en mi jergón, cerrar los ojos y esperar la llegada de la parca, tan firme, tan certera, que ningún hombre puede soslayar.
Aunque hubo un tiempo que creí poder hacerlo: un tiempo en el que mi coraje era desmedido, mi fe, absoluta, y mi corazón, ése que hoy se muestra emponzoñado y carente de amor, no hacía sino batallar, henchirse de orgullo y arrojarme a la lucha en pos de aquello que consideraba justo o razonable, sin importarme las consecuencias que debiera arrostrar por ello. Hubo un tiempo, sí, en que quise luchar. Pero ya pasó.
Multitud son los combates que he tenido que afrontar, carentes de razón y sentimientos, donde no había lugar para la piedad, el amor o la esperanza, y muchos los que han caído en ellos, medrosos y desamparados, y envueltos en la angustiosa sensación de haber acometido una tarea inabarcable, que sobrepasaba la capacidad humana. Ante ella, cualquier esfuerzo era vano y tan solo una férrea voluntad podría llevar al guerrero a soportar los embates y no caer rendido por el terror o la desazón; tan solo un íntimo y arraigado deseo de hacer el bien no palidecería ante la grandiosidad del horror al que nos debíamos enfrentar, y así las cosas, pocos eran aquellos que lo intentaban.
Juntos, mis hombres y yo, nos habíamos erigido en una suerte de último bastión, en un férreo baluarte sobre el que se había depositado la ímproba labor de salvaguardar a este mundo nuestro de los demonios y, a la vista de los resultados obtenidos, excesiva ha sido la carga.
Mis compañeros ya no están, y yo escasamente puedo mantenerme en pie. La vejez se ha cebado en mí, y con ella, como una viruela que acude presta a emponzoñar las llagas de la edad, ha surgido el temor, el egoísmo y la codicia, como jinetes que asolan las postrimerías de una vida incapaz de defenderse.
Ahora ya no es apacible mi ánimo. Hasta el leve crepitar de la lumbre que calienta mi hogar se me antoja presagio de muerte, y el siniestro ulular del viento al colarse por la chimenea se vuelve a mis oídos como aullido enloquecido.
Mi cuerpo se halla enfebrecido, y paso a paso, sin remedio alguno para ello, el latir de mi corazón se agita más, se angustia y desespera, ante la proximidad de unas bestias que, a buen seguro, desprovisto de la ayuda que mis fieles hombres me procuraban, se abalanzarán sobre mí para desollarme y desprenderme de los breves retazos de vida que me resten.
Mis posibilidades de sobrevivir a esta noche son, lo sé, inexistentes. Su ataque será feroz, mi mano ya no posee la firmeza de antaño y mi coraje ha desaparecido con mis amigos. Y ahora, mientras aguardo la irrupción enloquecida de esos seres malditos, pienso que, quizás, mi valentía nunca fue tal, sino una suerte de actitud solidaria, un arrojo inconsciente, motivado por la protectora compañía de mis hombres o por ese orgullo fatuo que impele al General a no arredrarse a la vista de la tropa.
Sé que no tendré valor para enfrentarme a esas bestias; son demasiado horribles, demasiado crueles sus actos, y no deseo darles el placer de acabar con mi vida.
Por tanto, animado por un temor insoslayable, y por una decrepitud odiosa que me hace flaquear, he decidido acabar con mi vida, poner fin a mis angustias y evitar así ser pasto de sus fauces.
Sé que vienen a por mí; puedo oír cómo los brezales crujen bajo sus zarpas, cómo sus roncas gargantas regurgitan gritos de odio, y ya no aguanto más.
Los grillos y las lechuzas han dejado de cantar, aterrados por el paso de tan siniestra comitiva, propiciando con su silencio un mundo nuevo, huérfano de sentidos, en el que parezco levitar envuelto en brumas, como una somnolencia alcohólica. Y ciertamente me parecería así de no ser por el bronco latir de mi corazón, que me devuelve a la consciencia y al horror de saber que mi fin pronto ha de llegar.
Empuño entonces la pistola; lo hago con temor, pero mis dedos no flaquean. Acaso un temblor de senectud los torna indecisos, pero su convicción es más fuerte que la mía. Se ciernen sobre la culata y palidecen por una presión agobiante y desmedida. Alzo mi mano hasta la sien, y poso sobre ella el cañón. Apenas percibo su frialdad. Realmente, apenas siento nada. Tan solo miedo; un miedo atroz que no me deja vivir. Y ya no hay vuelta atrás.
Al otro lado de la puerta escucho sus gemidos; alguna sombra evanescente se oculta tras el antepecho de las ventanas, y una brisa cansada, ululante, atenúa las llamas de la lumbre, que se vuelven mortecinas y fatigadas. En breves segundos derribarán la puerta, entrarán y se arrojarán sobre mí, con unas fauces rebosantes de colmillos y unas garras crispadas por el odio. Aborrezco mi fin. Pero soy incapaz de afrontar su ataque. He de matarme. He de hacerlo ahora.
FIN