miércoles 16 de diciembre de 2009

Hola, amigos -vaya, menudo saludo circense-. Este post supone un cierto cambio. En él cuelgo un relato que ha escrito mi hermano -gemelo, para más señas-, que ha decidido, al fin, recuperar esa afición por la escritura que siempre tuvo. Se trata del primer capítulo de una novela que está escribiendo, y a mí me parece que puede dar mucho juego. Creo sinceramente que tiene grandes dotes para ello, pero me gustaría conocer vuestra opinión. Ya sabéis que la tengo en gran estima así que, por favor, leed y, si lo tenéis a bien, comentad.
Bueno, ahí va.
Un abrazo a todos.
EL ERROR INEXISTENTE

Capítulo Uno

Mi nombre es Saturno. Si, ya lo sé. Es ridículo en extremo, pero es el único que tengo. Las responsables del desatino fueron las monjas del hospicio de Santa María de la Merced, donde me crié y viví hasta el día en que cumplí los catorce años de edad. Sor Mónica, que fue quien tuvo la idea, se basó en que ─ como Saturno, que es el planeta más extraño del sistema solar ─, yo era el niño más ajeno a la normalidad de todos cuantos había visto a lo largo de su vida. El resto de las monjas estuvieron de acuerdo en que ese aborrecible nombre era el más adecuado para el caso, y así fui cristianamente bautizado como Saturno de Santa María de la Merced, de padre y madre desconocidos. ¿Y cuál fue ─ se preguntarán ustedes ─, la rareza que vieron en mí aquellas buenas monjas para causarme semejante faena? La explicación es bien sencilla, y puede resumirse en una sentenciosa frase: soy un mal nacido. Por favor, no me entiendan mal. No soy un hombre depravado ni poseo más cualidades vergonzosas de lo habitual. Quiero decir, simplemente, que nací mal. No hubo diferencias en el método, que supongo que sería el habitual; pero, sí en la forma.
Afirman los doctores en Medicina que todo lo que experimenta la madre
durante el embarazo se traslada, en mayor o menor grado, a la criatura que lleva en el vientre. Y lo que experimentó mi madre fue una soberana paliza que le propinó mi padre al regreso de una de sus numerosas orgías etílicas. Solía llegar a casa transformado en uno de esos odres de piel de cerdo que se usan para guardar el vino. Y en tal estado, y deshonrando a tan noble animal, la emprendía a golpes con mi madre. Como no daba abasto ella sola, y también ─ supongo ─, porque siempre es bueno el reparto “a escote”, me tragué yo una abundante ración de palos.
Les ruego me disculpen si les parece que trato el tema de un modo frívolo, pero debo hacerlo así para evitar que las lágrimas mojen el papel sobre el que escribo. A nadie le duelen más que a mí los padecimientos de mi madre, que buenas penurias me han causado, pero no me gusta refocilarme en el dolor como una plañidera; prefiero olvidarlo y rodearlo como si fuera un barrio de mala reputación, y centrarme — si es posible — en todo lo bueno y bello que la vida ofrece.
Llegué a este mundo en una de esas noches de otoño frías y nubosas. Lo hice en una cama sucia, como todo lo demás. Cuando mi padre vio que el parto era inminente corrió a avisar a Josephine Baker, la mejor y única comadrona del pueblo. —Mala cosa ser primeriza en una noche así —dijo la vieja Josephine
mientras rumiaba el enojo que la invadía—. Dais más problemas que valéis. La comadrona Baker actuaba con la habilidad de los años, que le habían regalado la experiencia pero también una aguda desidia que parecía gobernar todos sus actos. El milagro del nacimiento no tenía secretos para ella; nunca se presentaban complicaciones que no pudiese salvar, ninguna sorpresa desagradable. Pero aquella noche, cuyo desenlace se había decidido por la vía del estacazo —aquellos que recibiera mi madre—, vine yo a echar un borrón sobre el flamante expediente de la Baker.
El temblor que sacudió sus estremecidas manos mientras se esforzaba por buscar alguna configuración habitual en aquella cosa que sostenían, fue tal que a punto estuvo de dejarme caer al suelo de la habitación. —Por si no te ha llegado, ¡dos tazas! —Habría sido la bienvenida más apropiada; el primer aviso de lo que llegaría después.
Cuando al inicio del relato les advertía de mi condición de mal nacido, pretendía señalar que lo que mi madre engendró fue no más que un vano intento de ser humano, un cuerpo extraño y plagado de deformidades, una masa de carne informe que apenas dejaba entrever al bebé que se suponía había de llegar. La consecuencia de aquella infame paliza fue una cabeza plagada de valles y colinas; tal era el número, tamaño y profundidad de los badenes y baches que la poblaban, que, si bien no dañaron al cerebro, fueron causa suficiente para evitar el parecido con el resto de las testas conocidas hasta la fecha. La cara era lo más humano de todo, obviando, eso sí, el exagerado tamaño de la nariz, con unas aletas capaces de hacer que el resto del cuerpo alzase el vuelo, y la extraña disposición de la boca que parecía buscar la verticalidad. Mis piernas se quedaron en los primeros pasos de la carrera, de tal modo que los pies, casi inexistentes y extraordinariamente retorcidos, aparecían mucho antes de lo esperado. Al término de la cadera, y con no más de diez centímetros de recorrido —los ocupados por las piernas—, surgían unos pies diminutos e inservibles, como setas venenosas.
Obviamente, tal cúmulo de atrocidades corporales no pudo más que condicionar toda mi existencia. Y lo hizo desde el principio.
Cuando el llanto y los dolores propios del parto permitieron a mi madre abandonar el lecho tomó la decisión de encaminarse hacia el convento de Santa María de la Merced. Lo hizo al abrigo de la noche, esquivando la indiscreción de las farolas y las calles más transitadas. Pretendía dejarme ante la puerta de la inclusa, resguardado en una vieja canastilla con más mugre que mimbre, y con la esperanza de que las monjas, al verme así abandonado, me tomasen bajo su cuidado y me diesen el cobijo y alimento necesarios.
— Ellas —se decía mi madre, en un vano intento de convencerse a sí misma—, le darán una educación y una comodidad que de otro modo no tendrá. Le cuidarán como Dios manda y le darán todo el cariño que necesita. Seguro.
Y en éstas estaba la pobre mujer, cegada ya por las lágrimas que le caían a borbotones y con la preocupación incesante de ser descubierta, cuando todas las precauciones que había tomado en su ronda nocturna se revelaron insuficientes para procurar el anonimato que tanto ansiaba. Fue mi llanto el culpable de que Sor Ángela, intrigada por los quejidos infantiles que llegaban desde la calle, la descubriese cuando se disponía a dejar la canastilla ante el portón de entrada. Al verse sorprendida de forma tan inesperada pensó mi madre en echarse a correr calle abajo, huyendo de mí y de la monja que le daba el alto. Pero sor Ángela, a pesar de los muchos años que cargaban sus huesos y de los dolores reumáticos que la asolaban, fue más rápida que mi madre, que se vio arrastrada hacia el interior del hospicio sin poder hacer nada para evitarlo. Dos minutos después del forcejeo —los que tardó Sor Ángela en tranquilizar a mi madre—, estaban las dos mujeres sentadas en el salón principal del convento, dejándose acariciar por el calor de las brasas que crepitaban suavemente en la chimenea.
Estuvieron así hasta que la luz del alba les indicó que las palabras ya no servían, y que el rumbo y la determinación de mi madre no iban a variar. La pobre apenas tenía argumentos que oponer a los de la monja, que no cesaba de hablar del amor de la madre hacia su hijo y de los sacrificios que el Señor impone. Eran conceptos demasiado lejanos para quien descubre, espantado, que la desesperanza ha terminado por atraparle y gobierna ya toda su vida. En ocasiones, ya vencida y derrotada, mi madre me señalaba con el dedo. — Mírele usted —decía con la voz quebrada por el llanto—, ¿qué voy a hacer? ¿Qué otra cosa puedo hacer?
Su mente se llenaba de imágenes de un futuro aterrador, condenado por una existencia que la castigaría eternamente y de la que sólo podría escapar manteniéndome lejos.
— ¿Y él? —opuso Sor Ángela, dirigiendo una mirada inquisidora a mi madre, que no cesaba de llorar—. ¿Podrá perdonarla algún día? — Mírele, madre —respondió ella—. Le he dado la vida. ¿Cómo podría hacerlo?
Y todo quedó decidido.
El día de mi llegada a Santa María de la Merced, Sor Ángela convocó a todas las monjas a una reunión para que me viesen y supiesen lo que se les venía encima.
— No será fácil —afirmó Sor Margaret, muy seria, mientras me observaba con expresión curiosa dentro del capacho en que mi madre me había llevado al hospicio—. Me refiero a su educación. Y a sus cuidados… — Todos son iguales a su edad —sentenció Sor Ángela—. No importa cómo sea su rostro, ni su cuerpo. Todos necesitan lo mismo: comer, que les den el biberón y les cambien los pañales. Sólo eso. — Al menos —llegó a decir una de las monjas—, es seguro que el buen Señor tendrá la bondad de llevárselo pronto a su lado. Pobrecito…
Les parecía imposible que mis deformidades físicas no tuvieran una correspondencia dentro de mi organismo; algún defecto congénito y mortal que no tardaría en manifestarse para llevarme de este mundo. Pero, se equivocaron, y —aunque no mucho—, pude crecer rodeado de hábitos y de niños, sano y fuerte, listo y temeroso.

lunes 7 de diciembre de 2009

Un tacto tibio


UN TACTO TIBIO

¡Qué crueles son los días que me ha tocado vivir! ¡Qué incierto se me antoja el destino!

Ahora, atenazado por deudas de juego, perseguido por unos acreedores correosos e infalibles, y desprovisto de bienes con los que satisfacer sus bestiales requerimientos, no me queda otra opción que poner tierra de por medio, olvidar el coraje y la galanura, y correr como un conejo.

Quizás mi orgullo se vea perjudicado ante semejante modo de actuar, sí. Pero bueno es un pellejo sano, y bálsamos habrá para enjugar las heridas de la ignominia.

Odio, no obstante, comportarme así, pues la gallardía y el coraje han blasonado siempre mi estirpe, y la huída indecorosa nunca estuvo bien vista por mis insignes antepasados. Sin embargo, consciente como soy de que sus espíritus no se removerán inquietos en sus tumbas, decido iniciar mi vergonzante retirada, plena de desdoro pero ahíta de esperanza.

¡Huyo! Huyo para salvar mi vida, y no albergo otro deseo que el de salvaguardar unos huesos a los que la edad me ha enseñado a amar. No obstante, y aun a sabiendas de que mi proceder es el correcto, todavía siento una intensa punzada de rabia por esa suerte que me ha resultado esquiva.

Han sido tan caprichosos los designios, tan absurdo el reparto de la fortuna, que aún permanece en mí una acusada tendencia al desquite, un íntimo deseo de esgrimir una buena mano; una que me otorgue unas cartas que hagan justicia a mi afamada habilidad y me permitan vengar la afrenta sufrida ante unos jugadores mucho menos dotados que yo.

¡Ay! ¡Cuánto daría porque esto se hiciese posible! Cuánto por ver los rostros demudados de mis rivales, vaciarles los bolsillos y reírme ante ellos, en justa respuesta a sus burlas anteriores.

¡Dios! ¡Qué bello sería!

Sé que me siento atribulado por lo incierto de mis perspectivas; sé que mi ánimo actual no es el idóneo para dirimir esta incógnita que me acucia, pero no dejo de pensar en el injusto comportamiento de los hados. ¿Hay acaso alguien tan merecedor de su concurso como yo? ¿Alguien tan digno, tan osado?

¡No! ¡Por supuesto que no! Y sin embargo ellos, tan divinos, tan etéreos, se congratulan en depararme un escarnio vergonzoso, rebosante de vituperios sociales, ante el que nada puedo hacer

Ya oigo cómo se aproxima el tren. Su penetrante silbido me golpea como un aldabonazo, me devuelve a una conciencia acobardada y me obliga a huir en pos de una vida más larga y saludable. Debo huir. Sé que debo hacerlo. Y sin embargo…

Me arrebujo en mi gabán, algo destemplado ya. Desconozco si la causa de mis estremecimientos es la baja temperatura o la falta de arrojo. Pero siento frío. Introduzco las manos en los bolsillos. Y ahí están. Mis últimas fichas; aquellas que resistieron los duros embates de una fortuna huidiza y se resguardaron, al calor de la franela, de unos ataques escasamente compasivos; aquellas que me devolvían la pasión y ahora me producen un bronco palpitar.

Sé que son pocas. Muy pocas. Pero su tacto es tibio, y yo siento frío. Y aún están ahí. Quizás sea una señal de que mi suerte va a cambiar. Quizás pueda echar una última mano, tan solo una, y así descubrir si el aciago destino que ha conducido mi vida se ha retirado al fin. Quizás sea mejor no coger ese tren.

¿O no?

lunes 23 de noviembre de 2009

Tan solo deseo que esto acabe




Tan solo deseo que esto acabe; que pase la noche y se haga realidad el triste destino que me fue marcado. Mis arrestos han llegado a su fin, vencidos por la inevitable decrepitud que adorna mi cuerpo, por la certeza absoluta de que mi muerte es inevitable, y nada queda ya por hacer. Mi lucha ha finalizado, y ahora, ajado de años y desdichas, sólo me resta tumbarme en mi jergón, cerrar los ojos y esperar la llegada de la parca, tan firme, tan certera, que ningún hombre puede soslayar.

Aunque hubo un tiempo que creí poder hacerlo: un tiempo en el que mi coraje era desmedido, mi fe, absoluta, y mi corazón, ése que hoy se muestra emponzoñado y carente de amor, no hacía sino batallar, henchirse de orgullo y arrojarme a la lucha en pos de aquello que consideraba justo o razonable, sin importarme las consecuencias que debiera arrostrar por ello. Hubo un tiempo, sí, en que quise luchar. Pero ya pasó.

Multitud son los combates que he tenido que afrontar, carentes de razón y sentimientos, donde no había lugar para la piedad, el amor o la esperanza, y muchos los que han caído en ellos, medrosos y desamparados, y envueltos en la angustiosa sensación de haber acometido una tarea inabarcable, que sobrepasaba la capacidad humana. Ante ella, cualquier esfuerzo era vano y tan solo una férrea voluntad podría llevar al guerrero a soportar los embates y no caer rendido por el terror o la desazón; tan solo un íntimo y arraigado deseo de hacer el bien no palidecería ante la grandiosidad del horror al que nos debíamos enfrentar, y así las cosas, pocos eran aquellos que lo intentaban.

Juntos, mis hombres y yo, nos habíamos erigido en una suerte de último bastión, en un férreo baluarte sobre el que se había depositado la ímproba labor de salvaguardar a este mundo nuestro de los demonios y, a la vista de los resultados obtenidos, excesiva ha sido la carga.

Mis compañeros ya no están, y yo escasamente puedo mantenerme en pie. La vejez se ha cebado en mí, y con ella, como una viruela que acude presta a emponzoñar las llagas de la edad, ha surgido el temor, el egoísmo y la codicia, como jinetes que asolan las postrimerías de una vida incapaz de defenderse.

Ahora ya no es apacible mi ánimo. Hasta el leve crepitar de la lumbre que calienta mi hogar se me antoja presagio de muerte, y el siniestro ulular del viento al colarse por la chimenea se vuelve a mis oídos como aullido enloquecido.

Mi cuerpo se halla enfebrecido, y paso a paso, sin remedio alguno para ello, el latir de mi corazón se agita más, se angustia y desespera, ante la proximidad de unas bestias que, a buen seguro, desprovisto de la ayuda que mis fieles hombres me procuraban, se abalanzarán sobre mí para desollarme y desprenderme de los breves retazos de vida que me resten.

Mis posibilidades de sobrevivir a esta noche son, lo sé, inexistentes. Su ataque será feroz, mi mano ya no posee la firmeza de antaño y mi coraje ha desaparecido con mis amigos. Y ahora, mientras aguardo la irrupción enloquecida de esos seres malditos, pienso que, quizás, mi valentía nunca fue tal, sino una suerte de actitud solidaria, un arrojo inconsciente, motivado por la protectora compañía de mis hombres o por ese orgullo fatuo que impele al General a no arredrarse a la vista de la tropa.

Sé que no tendré valor para enfrentarme a esas bestias; son demasiado horribles, demasiado crueles sus actos, y no deseo darles el placer de acabar con mi vida.

Por tanto, animado por un temor insoslayable, y por una decrepitud odiosa que me hace flaquear, he decidido acabar con mi vida, poner fin a mis angustias y evitar así ser pasto de sus fauces.

Sé que vienen a por mí; puedo oír cómo los brezales crujen bajo sus zarpas, cómo sus roncas gargantas regurgitan gritos de odio, y ya no aguanto más.

Los grillos y las lechuzas han dejado de cantar, aterrados por el paso de tan siniestra comitiva, propiciando con su silencio un mundo nuevo, huérfano de sentidos, en el que parezco levitar envuelto en brumas, como una somnolencia alcohólica. Y ciertamente me parecería así de no ser por el bronco latir de mi corazón, que me devuelve a la consciencia y al horror de saber que mi fin pronto ha de llegar.

Empuño entonces la pistola; lo hago con temor, pero mis dedos no flaquean. Acaso un temblor de senectud los torna indecisos, pero su convicción es más fuerte que la mía. Se ciernen sobre la culata y palidecen por una presión agobiante y desmedida. Alzo mi mano hasta la sien, y poso sobre ella el cañón. Apenas percibo su frialdad. Realmente, apenas siento nada. Tan solo miedo; un miedo atroz que no me deja vivir. Y ya no hay vuelta atrás.

Al otro lado de la puerta escucho sus gemidos; alguna sombra evanescente se oculta tras el antepecho de las ventanas, y una brisa cansada, ululante, atenúa las llamas de la lumbre, que se vuelven mortecinas y fatigadas. En breves segundos derribarán la puerta, entrarán y se arrojarán sobre mí, con unas fauces rebosantes de colmillos y unas garras crispadas por el odio. Aborrezco mi fin. Pero soy incapaz de afrontar su ataque. He de matarme. He de hacerlo ahora.

FIN

jueves 12 de noviembre de 2009

El exilio de un Papa


A continuación, os dejo un fragmento de una novela que estoy escribiendo. Espero que os guste.

Un abrazo a todos.


¿Cómo podían obligarla a estar con un ser tan repugnante, al que tanto odiaba por el daño que había hecho a Roma? ¿Por qué le era negado el amor? ¿Por qué la codicia enturbiaba los corazones, rechazando todo cuanto de bueno solía habitar en ellos?

Valetta podía sentir cómo la ira recorría todo su ser, dejándola ahíta de odio y rabia cada vez que se veía obligada a soportar la presencia del General Miollis. No entendía cómo su padre, al que tanto había amado cuando era una niña, prescindía de la custodia de la honra de su única hija y la empujaba a los brazos de un hombre despreciable, a quien nada le importaba el bienestar de todos aquellos que le rodeaban. No entendía cómo el dinero, algo tan sucio y vacío de vida, podía llegar a obnubilar la mente y vaciarla de recuerdos y de amores. ¿Acaso era tan complicado prescindir de una posición de privilegio?; ¿acaso pesaba más la codicia que el respeto o la ternura?

Para su infortunio, su padre había dejado muy clara la respuesta a las preguntas que la atormentaban, y la pobre Valetta no dejaba de lamentarse por ello. En su interior, sabía que ya no podía albergar esperanza alguna; su padre no iba a renunciar a su posición social ni a la posibilidad de medrar apoyando al vencedor. El dinero lo había cegado, y nadie le haría cambiar de opinión. Ni tan siquiera su esposa, la madre de Valetta, rota de dolor al ver el sufrimiento de su hija, lo había logrado.

El general francés la cubría de regalos, la asediaba con promesas de amor y no cesaba de expresarle con palabras huecas y altisonantes la admiración que le profesaba. Parecía un adolescente enamorado, enfebrecido de pasión. Sin embargo, había en todo ello un tono almibarado, revestido de falsedad, que a Valetta no se le escapaba.

Ella sabía que el francés no albergaba sinceridad alguna en su corazón, y que sus palabras, tan dulces como falsas, no tenían otra intención que resquebrajar su coraza y así rendirla ante una vana verborrea. Pero ella no se dejaba engatusar. El desprecio que sentía por aquel hombre era excesivo, y lo último que deseaba era doblegarse a su voluntad.

—Querida Valetta: no has de temerme, pues yo tan solo ansío tu bienestar. Deseo estar contigo, ya lo sabes, pero no quiero imponerte nada. —Miollis hablaba casi en susurros, bisbiseando una ponzoña repleta de añagazas que no parecía tener éxito alguno. Aquella mujer se resistía, no como las otras, y él comenzaba a sentirse enojado por las constantes negativas.
— ¿No te das cuenta? ¿Acaso no es motivo de orgullo saberse admirada por el General Miollis? ¿O es que el conquistador de Roma no es suficiente para ti? —En su voz se atisbaban ya ciertos ribetes de enfado, pero Valetta parecía hacer oídos sordos.
—No me malinterprete, General. Es usted un hombre encantador, y disfruto mucho de su compañía, créame. Pero los designios del corazón son oscuros, y no arde en mí llama alguna.
—Compréndelo, Valetta. El amor no nace en un segundo, como sabrás. Es necesario perseguirlo, cuidarlo y mimarlo, y solo con perseverancia se logra.
—Bueno, de perseverancia parece usted sobrado, General. —La joven comenzaba a sentir repugnancia por aquel cortejo baboso y dulzón, que en nada dulcificaba su ánimo.
—Cierto, pero todo tiene un límite. No lo olvides. Ven. Acércate. —El General extendió su mano, engarzada de joyas, y agarró a Valetta, atrayéndola hacia él.

Ella comenzó a resistirse, forcejeando nerviosamente para desasirse de su brusco apretón. Pero el francés no pretendía liberarla.

—Déjeme, se lo ruego —imploraba—. Permítame que me vaya a mi casa.
—Te irás más tarde. Antes has de satisfacerme.
—No, por favor. Suélteme.

Miollis, harto ya de dimes y diretes, y anhelante de una pasión robada, comenzó a tirar con más fuerza de la mujer. Su mano se cerraba sobre el brazo de la joven en un abrazo desmedido, y su gesto comenzaba a mostrar un color violáceo, fruto de un enojo creciente. Él era el gobernador de Roma, y no iba a renunciar a aquella preciosa mujer de cabellos cobrizos. Si tenía que ser por la fuerza, Valetta sería suya.

—He dicho que vengas —bramó con un coraje ya desatado, imprimiendo a su exhorto un tono autoritario que escasamente se compadecía con las gestas del amor.

Finalmente, preso de una furia exacerbada, el General arrastró de golpe a la mujer hasta arrimarla contra su pecho. Sin saber muy bien cómo reaccionar, Valetta, terriblemente asustada, levantó un brazo y lo descargó con rabia sobre el rostro de su agresor. La bofetada sonó como un latigazo, sumiendo en una sorpresa vergonzante al General.

Éste, ligeramente aturdido, soltó a la mujer. Parecía conmocionado, como si su mente no fuese capaz de entender lo que había sucedido. Su boca permanecía abierta en actitud bobalicona, y en su mejilla izquierda, como prueba irrefutable de la iniquidad que había querido cometer, comenzaba a florecer una mancha blanquecina, envuelta por un halo rojizo.

El General tardó unos segundos en asimilar la afrenta de Valetta. Se llevó una mano a la mejilla y comenzó a palpársela con desagrado. Un calor lacerante, regalo de un menosprecio merecido, le bañaba el pómulo con saña, embargándolo de una ira que ansiaba ser desatada.

De pronto, sus ojos se vieron animados por un brillo malévolo. Sus labios se crisparon y un ligero temblor acunó su mentón. Sentía una rabia incontenible. Su mano, aquella que había hollado el fruto de su infamia, salió disparada hasta el rostro de Valetta e impactó sobre él.

Valetta cayó al suelo, casi inconsciente. El golpe había sido brutal, los oídos le retumbaban con un pitido insoportable y de su nariz manaba mucha sangre. Tenía el pelo alborotado, formando un denso velo cobrizo que mantenía su cara oculta, como un cortinaje tras el que esconderse. Por eso Miollis no pudo ver sus lágrimas.

El General bufaba como un animal encabritado, poseído por un enfado rabioso que se esforzaba por no desaparecer.

— ¡Maldita zorra! ¿Es eso lo que querías? Eh, ¿es eso? —Al hablar, escupía grandes salivazos, desertores de una boca palpitante y venenosa que huían despavoridos para caer inertes al suelo—. Ahora ya lo has conseguido, y la próxima vez no seré tan benévolo.
Valetta sollozaba con la mirada clavada en el suelo, tratando de inhalar un aire que le resultaba esquivo. En aquel momento odiaba a su padre. Por su culpa se veía obligada a soportar todo aquello. Y eso era solo el principio.

Miollis parecía más calmado. Su respiración se había normalizado y el enfado comenzaba a remitir. De pronto sentía una grata sensación de poder. Valetta estaba a sus pies, humillada e indefensa. La altivez que siempre exhibía había desaparecido de repente, y seguramente se encontraría más dispuesta a ceder a sus deseos. Desde luego, la bofetada no había sido mal gesto.

—Espero que esto te haga recapacitar, Valetta. ¡Yo soy el poderoso! ¡Yo soy el que puede conseguir que los negocios de tu padre prosperen! No lo olvides. —El General comenzó a caminar hasta la puerta del comedor. Se sentía henchido de orgullo y satisfecho por su demostración de fuerza.

— Si en algo valoras tu bienestar y el de tus padres, tu actitud cambiará.

Valetta siguió tumbada en el suelo, sumida en una rabia que apenas le dejaba vaciar su llanto. Tan solo al escuchar cómo la puerta se cerraba con estrépito, se permitió llorar.

sábado 7 de noviembre de 2009

Certamen de micros Art Gerus

A continuación, os dejo un micro que he enviado al certamen de relatos Artgerus. Ya sabéis que lo breve no se me da muy bien. En cualquier caso, aquí está.
El apunte de concurso me lo facilitó Marta Abelló, del blog "Los manuscritos del caos", que ya ha publicado uno que me ha parecido fantástico. Para ella, muchas gracias.
UN FÉRETRO PREMATURO
Su rostro se veía demacrado y exangüe, desprovisto de aquella belleza altiva de antaño que tanto habíamos admirado. Una muerte sobrevenida, sin avisos previos, se había cebado en ella, vaciándola de vida y aliviándola de pesares, como un lenitivo que le ayudase a soportar la pena.

Todos sabíamos que su matrimonio había sido un infierno y que su marido no era el hombre respetable y cariñoso que todos creían. Sin embargo, no había modo alguno de demostrarlo.

Su esposo la observaba con ojos vacuos, recluida en un féretro inmerecido y prematuro. Parecía ajeno a su muerte, como ausente, pero cuando se aproximó al ataúd, su semblante se demudó de forma grotesca. Aterrado, comenzó a gritar. Su rostro palideció de repente y sus ojos se inundaron de capilares sangrantes. Segundos después, estaba muerto.

Al acercarnos a él, medrosos por lo acontecido, pudimos ver la silueta de su mujer dibujada en el iris de su asesino, con un dedo acusador en alto.

domingo 18 de octubre de 2009

Buenas noticias

Hola, amigos. Esta entrada es para haceros partícipes de una noticia que ha venido a alegrarme el día: los amigos de Horror Hispano, con la inestimable colaboración de Círculo Rojo, han finalizado la selección de los relatos que formarán parte del libro que, a mediados de noviembre, sacarán a la venta.
Desconozco el grado de ebriedad que exhibían cuando tomaron la decisión, pero el caso es que uno de mis cuentos ha sido elegido. Así que, desde aquí, mi mayor agradecimiento para ellos. La labor que están llevando a cabo Darío Vilas Couselo, Victor Morata Cortado, Rafa Rubio y Javier Pellicer es digna de encomio, y cada vez seremos más los que tendremos escasas palabras para alabar su esfuerzo. Sin ellos, mi ilusión se vería muy mermada; por tanto, por su dedicación, muchas gracias.
"Trágica confesión" es el primero de mis relatos que veré publicado en papel, así que imaginaos la ilusión que me hace.
No deseo finalizar esta entrada sin agradeceros vuestra ayuda. Todos los que seguís este blog, todos vosotros que, sin casi haber sido conscientes de ello, os habéis convertido en amigos y profesores, sois en gran parte artífices de esta gran ilusión; sin vuestra ayuda, no lo dudéis, mis textos serían aún mucho peores, así que muchísimas gracias.
Un fuerte abrazo.

martes 22 de septiembre de 2009

El asombroso caso de Virgilio Márquez ( Última parte)


Afortunadamente, pude dar con él a primera hora de la mañana, cuando acudía a su trabajo. Pensé que andarme con rodeos en nada ayudaría —a fin de cuentas él había sido el que había involucrado a mi amigo en semejante locura—, así que decidí plantearle la cuestión de forma franca y abierta; no había tiempo para sutilezas, y mi ánimo no se encontraba en favorable disposición para extensos circunloquios. Lo abordé inopinadamente, le relaté los acontecimientos anteriores y le pedí, —casi le exigí—, que me diese alguna solución que permitiese a Virgilio abandonar el infierno al que se hallaba sometido.

Para ser fiel a la verdad y no otorgarme yo todos los honores de esta aventura, debo decir que el rostro del indiano —aquí conviene aclarar que su nombre era Héctor Garmendia—, reflejaba una honda preocupación y un sincero pesar. Su ceño se frunció al instante, en las comisuras de sus labios se agruparon un sinfín de arrugas y sus ojos se perdieron en la nada. Sospechaba yo cierta renuencia por su parte a colaborar conmigo, pero en ningún momento se mostró reacio a ello.

El señor Garmendia aún recordaba de forma muy vívida los aciagos días en que Márquez le había solicitado ayuda. Recordaba, por supuesto, haberle hablado de la ofrenda, y aseguraba haberle advertido del terrible riesgo que corría si se empeñaba en llevar a cabo tal acción. Me aseguró también que, en ningún momento, mi amigo había mostrado dudas al respecto y evocó, asimismo, casi con lágrimas en los ojos, la intensa alegría que Virgilio había manifestado al ver de nuevo a su esposa.

Relató que, convencido como estaba de la pronta aparición de los demonios, el miedo había superado a la vergüenza y a la amistad. Reconoció que se había alejado cobardemente del condenado, pero ahora, ante la certeza de que sus sospechas se habían revelado como ciertas, dijo sentirse en la obligación de hacer algo al respecto, así que accedió a confiarme una probable solución a nuestro fatídico problema.

Por lo que Garmendia me contó, lo que yo había contemplado no era más que un primer estadio del proceso, el más leve e inofensivo; muy pronto, antes de que tuviésemos oportunidad para percatarnos de ello, los espectros harían su aparición más aterradora y comenzaría la verdadera pesadilla.

Tal y como le habían dicho siendo él un niño, cuando los demonios hacen presa en un alma, cuando realmente se apoderan de ella, jamás renuncian a su botín. Se ufanan en malograrla, en castigarla y someterla a los tormentos más horribles que podríamos imaginar, regocijándose en ello hasta el fin de los tiempos. Por ello, la única opción que pueden aceptar como válida para su rescate es el cambio por otra de igual o mayor valor, que les debe ser entregada en el mismo momento en que se hace efectiva la liberación. Se trata de una ceremonia simultánea, y una vez realizada, ya no hay vuelta atrás. Tras el sacrificio realizado, ya no hay remedio para el oferente.

— ¿Y no hay otra solución? — pregunté yo, abatido.
— Ninguna. Se trata del sacrificio supremo: vida por vida, alma por alma. No hay otra alternativa.

Sus palabras tuvieron un efecto desgarrador para mí. La solución que el señor Garmendia nos brindaba no me parecía, en ningún modo, aceptable. Debíamos prepararnos, por tanto, para encarar el cruel destino de Márquez y rogar a Dios porque no se hiciese efectivo. No había otra solución, y sin embargo, algo bullía en mí.

Abandoné la compañía del indiano sumamente compungido. Mis esperanzas se habían evaporado por completo y mi indignación crecía de forma irremisible. Yo podía aceptar la muerte de mi amigo. Como tal, era inevitable, y no suponía más que un paso en la vida pero, ¿cómo aceptar su condenación? ¿Cómo dar por bueno el martirio eterno de su alma pecadora, resignarme y no plantar batalla? Aquello me horrorizaba. Mis creencias más íntimas se tambaleaban con tal atroz convicción; mi fe se desmoronaba. ¿Acaso Dios no podía librar a uno de sus más devotos seguidores de semejante penitencia? ¿No era tan fuerte su mano como para abatir, aun de un soplo, a cualquiera de sus enemigos, por muy poderosos que éstos fuesen? El libre albedrío de los hombres no se podía esgrimir como coraza tras la que escudarse y así disimular su inacción. No. Él no podía. Si Él era nuestro Pastor, si Él era nuestro salvador, debía protegernos frente a todo, hubiesen sido nuestros actos los que fueren, como habría hecho una madre o un padre solícito, siempre atentos al bienestar de sus hijos, sin importar las faltas cometidas o las ofensas lanzadas. Por eso podíamos redimirnos, para eso había un perdón, y Márquez llevaba largo tiempo implorándolo.

Todo en mí se rebelaba contra lo que se me antojaba un fin inevitable. Me negaba a aceptar la perdición de mi amigo. Debía hacer algo para salvarlo, y Garmendia me había dado la clave para ello. Supe entonces que somos nosotros mismos los que debemos poner los medios para luchar contra el mal, sin encomendarnos a nada más que a nuestra propia pericia y nuestra más firme entrega. Solo nuestra propia determinación nos dará las fuerzas y el valor necesario para encarar nuestro destino; sólo así podremos pelear por nuestra vida, por nuestras creencias y por nuestra alma. Nada ni nadie —entendí— haría ese trabajo por nosotros, así que decidí hacerlo yo. No obstante, antes de acometer la misión que me había encomendado, decidí visitar a mi amigo.
Su cuerpo se hundía entre las sábanas con el aspecto de un cadáver. Sus mejillas estaban blancuzcas y sus párpados se veían macilentos, blanquecinos por el pesar. Me dijeron que había pasado el día inconsciente, sumido en un sueño profundo del que tal vez no despertaría. La impresión había sido demasiado fuerte, el ataque, casi letal, y su salud enfermiza no ayudaba en exceso. Su vida corría serio peligro, sí, pero a mí lo que me preocupaba era su alma. Quizás no le quedasen más que unas horas, así que debía darme prisa. Me despedí de él como si fuese para siempre, con un dolor desgarrador en el corazón y el rostro bañado por el llanto. Un simple apretón en el hombro bastó. No pude decir nada y abandoné la sala, aterrorizado pero firmemente decidido. Luego me dirigí a mi casa.

Dispuse todo para mi partida, preparé los rudimentos necesarios y me encaminé hacia el cementerio de San Isidro. Caminé a buen paso por los serpenteantes caminos que cruzaban el camposanto, continuamente vigilado por los cipreses centenarios que susurraban animados por la brisa. Enormes panteones se alzaban a mi lado, imponentes y majestuosos. Todos estaban coronados por grotescas figuras de aspecto demoníaco o por excelsos querubines sonrientes y rollizos, pero tanto unos como otros, difuminados por la oscuridad de la noche, semejaban almas inquietas y atormentadas. La simple visión de las tumbas me horrorizó. Acostumbrado como estaba a ver en los túmulos un mero tránsito necesario para la consecución de una existencia llena y feliz, apenas sí era consciente de su verdadero sentido. Nunca había advertido que aquello podía ser un fin atroz o el paso a una existencia desgarrada y salvaje y, por supuesto, nunca había imaginado cómo los espectros se ciernen sobre nosotros. — ¿Cuántos de los que allí había yacían sumidos en el más terrible de los castigos? ¿Cuántos se veían obligados a vagar por el mundo arrastrando pecados y pesares, atormentando a los que, como ellos, habían osado interrumpir el descanso debido? —. Aquellos pensamientos me turbaron; todo mi ser se encontraba convulso, inquieto y triste, y todo en aquel lugar me impulsaba a salir corriendo en busca de consuelo y protección. Sin embargo, no podía huir.

Continué mi camino hasta llegar a la tumba de Asumpta. Una lápida solitaria y ennegrecida, rodeada por flores ya marchitas, se postraba ante mí. — ¡Qué triste testimonio es el que dejamos! ¡Qué oscuro destino nos aguarda! Cuerpo inanimado, exangüe y putrefacto bajo una losa fría; cuántos recuerdos ya olvidados, cuántas palabras silenciadas, cuántas risas mudas. Apenas queda nada. Una imagen borrosa de algo que fue, un murmullo lejano de la voz que nos habló y un trino silenciado de la risa que nos hizo felices. Apenas queda nada, sino carne muerta.

Cavé con mis propias manos, notando el tenue trazo frío que las lágrimas dejaban en mis mejillas. Cavé hasta astillarme las uñas con la tierra escasamente trabajada, cavé hundiendo mis manos en aquel suelo sagrado, cavé hasta que el dolor de mis dedos se hizo insoportable, y luego seguí llorando. Lloraba por mi amigo, lloraba por su amada y lloraba por mí. Ya casi sentía cómo mi alma se oscurecía, cómo un intenso borrón se adueñaba de mi corazón, emponzoñándolo para siempre, y sin embargo —no he dejado de pensarlo desde entonces—, no hubo jamás muestra semejante de amor o cariño, muestra semejante de desprendimiento y entereza.

Enterré allí las posesiones de mi amigo, desenterré las de su esposa y me fui, con la cabeza baja y el ánimo ensombrecido, horrorizado por lo que había hecho pero esperanzado por un feliz desenlace para Virgilio.

Desde entonces han transcurrido ya diez años. Mi amigo se recuperó, nunca los espectros volvieron a su lado y nunca nada supo de mi determinación. Su vida es ahora plácida y feliz, y ya nada perturba su sueño. Tan solo busca una respuesta: aquella que le de satisfacción a la repentina desaparición de los fantasmas. Por mi debilidad, quizás por mi deseo de no procurarle desvelo alguno, jamás le confesé mi resolución. Ahora, ya no tendría sentido hacerlo.

Hoy soy yo el atormentado. Los espectros me visitan. Se muestran ante mí, me rodean, me enseñan sus fauces, palpitantes y sangrientas, y me acuchillan con sus garras cuajadas de maldad. Apenas ya no duermo, apenas ya no vivo, y mi fin se acerca. Por eso escribo esto. Deseo dejar constancia de que nada es gratis, de que todo tiene un precio, excesivo muchas veces, y eso es lo que me impulsa a redactar esta nota. Es preciso transmitir que nunca se debe interrumpir el natural curso de los hechos, molestar a los muertos o alterar su sueño eterno. Los riesgos de tal acción son demasiado terribles, demasiado aterradores como para soslayarlos, así que no caigan en ello. Evítenlo, se lo ruego, pues su alma depende de ello.

Ahora debo terminar. Garabateo las últimas líneas con el pulso tembloroso e inseguro, empujado por la certeza de que mi tiempo se termina y agobiado por la premura desesperada que imprime lo inevitable. Ya oigo cómo vienen. Se aproximan. Ya están aquí. Puedo escuchar sus quejidos al otro lado de la puerta, puedo oír sus respiraciones quejosas y agitadas. Debo terminar. Ya vienen.

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FIN