
Sudoroso y polvoriento, subí a la planta alta. Los peldaños crujían y se combaban por mi peso. Me dirigí al dormitorio. Sin entender muy bien por qué, mis pasos se acobardaban, se tornaban inseguros y temblorosos. Sin motivo alguno, aquella muñeca me inspiraba miedo. No sabía por qué, pero no me gustaba. Había algo pérfido en ella, como si el mal anidase en su interior y se reflejara en el azul desvaído de su mirar. Sabía que aquello era ridículo, que debía apartar de mi pensamiento semejante idea, pero no podía evitar sentirme intimidado por ella.
Atravesé la puerta y entré en la habitación. Miré hacia la mesa en la que había dejado la muñeca, entre medroso y avergonzado, y lo que allí pude ver – o lo que no pude ver-, me dejó petrificado.
La muñeca había desaparecido. Alguien se la había llevado, pero esa posibilidad se me antojaba imposible. Nadie había entrado en la casa. Nadie habría sido capaz de llevársela sin que yo me hubiese dado cuenta, pero la muñeca ya no estaba allí.
Sentí cómo se me encogía el estómago, cómo se crispaban mis nervios. Me aproximé con lentitud, sin dejar de mirar la mesa, con la sensación de angustia acrecentándose a cada paso. Aún albergaba la esperanza de que la desaparición no se hubiese producido, pero sabía que eso era imposible. Mi vista no me engañaba; mi memoria no fallaba. Yo la había dejado allí, sobre la mesa, esperando a que le llegase su hora de ser arrojada a la basura, junto con el resto de enseres inútiles que había en aquella casa, pero ya no estaba.
Miré a mi alrededor. Sabía que era inútil, que no iba a dar con ella, pero aún me resistía a reconocer el hecho de que aquella muñeca que tanto me había inquietado hubiese desaparecido. Algo extraño me revolvía las entrañas, algo inquietante que se refugiaba en mi interior, conspirando contra todo lo que mi ordenado raciocinio me impulsaba a creer. Todo aquello me resultaba irreal, ilógico, y todo mi ser se rebelaba contra aquella angustia que se había anclado en mí.
Sería excesivamente prolijo relatar el cúmulo de desconcertantes sensaciones que se agolpaban en mi cabeza, que atenazaban mis músculos impidiendo reacción alguna, y demasiado complicado encontrar las palabras adecuadas. No era dueño de mis actos ni de mis pensamientos. Éstos se desbocaban en pos de lo irreal, amparados en un temor sin sentido, sin detenerse en lo más mundano o prosaico, y nada había que yo pudiese hacer para impedir tan vertiginosa cabalgada. Me sabía incapaz de encontrar una explicación razonable a todo aquello, me reconocía impotente, y por eso, en el único momento de lucidez que vino a mí, renuncié a dar con ella.
Salí de la habitación abatido y muy confuso. La incertidumbre que me suponía todo aquel asunto me incitaba al abandono, a la renuncia, pues no sabía si todo aquello era fruto de un robo – algo absurdo-, o de algo más horripilante aún. Me sentía inseguro, extremadamente vulnerable, como un niño envuelto en soledad.
Asustado, opté por acomodarme en la cocina, menos tenebrosa o propicia a los sobresaltos, y pasar allí la noche. Quizás al día siguiente los ánimos o el coraje acudieran a mí de nuevo, quizás entonces lo viese de otro modo, pero en ese momento el valor se encontraba muy lejos.
La noche discurrió, para ser esquiva a mis augurios, plácida y tranquila. Me permitió, incluso, dormir tres o cuatro horas, acunado por el rumor del viento y el canto incesante de los grillos. El descanso me devolvió a la luz, a la razón, y pronto me reí de la ridícula desazón que se había apoderado de mí ante un hecho tan nimio e inofensivo como aquel que me había tocado vivir. Al mediodía, todo aquel asunto se había diluido para siempre; se había borrado de mi memoria como algo insustancial o anodino, y ya sólo pensaba en realizar mi trabajo de la forma más satisfactoria posible. La habitación estaba ya ordenada, y durante todo el tiempo que su limpieza me ocupó, ni una sola vez me acordé de la pequeña muñeca.
El resto del día lo ocupé en visitar las densas fragas que poblaban los cañones ancareses. Comprobé los planos que me habían facilitado, introduje alguna corrección que me pareció necesaria, y esbocé un plan de trabajo para los próximos días. Ansiaba establecer las bases para mi inventario, calcular los niveles poblacionales de corzos, lobos y osos, y proyectar unos adecuados mecanismos de gestión, orientados a garantizar su supervivencia y proliferación. Sabía que el esfuerzo requerido iba a ser grande, que mis días se verían consumidos en ello, que sería un año largo. Sabía que las exigencias eran muchas, que las responsabilidades eran grandes, pero estaba disfrutando como siempre había soñado. Era un lugar ideal para realizar aquel trabajo, un espaldarazo a mi carrera, y pensaba hacerlo bien, sin intromisiones de ningún tipo.
Pronto se me hizo tarde. La noche comenzaba a caer sobre el bosque, haciendo que la ya mortecina luz del atardecer claudicase por entero. Me subí al coche, encendí el motor, y puse camino a casa.
Media hora después, ciertamente cansado por el trajín diario, cruzaba la chirriante puerta de mi hogar, ya completamente ajeno a la sorpresa del día anterior. Pasadas las doce de la noche, y con los ojos ya entrecerrados y somnolientos, decidí retirarme a descansar. El día había sido largo, muy fatigoso, y deseaba madrugar para comenzar con el proyecto. Salí de la cocina y subí a la planta alta.
Ahora, una vez limpia, el aspecto de la habitación era completamente distinto; recuerdo, incluso, haber sonreído al pensar en mi estúpida reacción, tan infantil, tan inmadura. Me acurruqué con mimo entre las sábanas y sonreí de nuevo. A los pocos minutos, quizás con una sonrisa en los labios, me quedé dormido.
Hoy quizás lo vea de otro modo. Quizás, no sé, hoy sea consciente de mis miedos, de mis faltas y mis limitaciones. Hoy sé que no estoy sólo; que ninguno de nosotros lo está, pero entonces, con un entendimiento arraigado en el poder omnímodo de la ciencia, fiel seguidor del imperio de la razón, mi comportamiento se veía encorsetado entre sus dogmas. Eso - hoy lo entiendo -, me llevó a no comprender todo cuanto allí se produjo ni los motivos que desencadenaron tales sucesos, y por tanto, tal incapacidad, tal incomprensión, me arrastró al pánico y al horror.
Aquella noche comenzó todo.
Las voces se presentaron envueltas por las brumas de mi consciencia adormilada, de un modo lejano, casi inaudible. Surgían profundas, como arrastradas por el viento, sibilantes entre las laderas de un cañón. Llegaban a mí como un susurro, aunque insistente, pues aumentaba en fuerza y persistencia, y comencé a despertar. Lo hice poco a poco, de forma perezosa, y fue entonces cuando comenzaron las pesadillas.
Sabía que algo extraño estaba pasando, pero me hacía el remolón. Mis ojos se negaban a abrirse, mi mente aún estaba nublada por la somnolencia, y yo me rebullía entre las ropas rodando de un lado a otro, como empecinado en no despertar. Pero algo me obligó a ello.
Hasta entonces todo había sido un rumor, un extraño soniquete muy pesado que me zarandeaba en mi sueño, difuminado por mi escasa percepción. Pero aquello era distinto. Era una voz muy clara que brotaba junto a mí, al lado de mi cama, susurrante en mi oído.
-¿Dónde estás, niña mala?¿Dónde te escondes, hija?- había susurrado
De pronto, el letargo dejó paso a la consciencia. Me pareció que el corazón se detenía. Dejé de respirar por un instante, conteniendo el aire que se agolpaba en mi garganta, y abrí los ojos. Quizás me equivoqué.
Pensé en no hacerlo; pensé en seguir arropado entre las sábanas, ciego y mudo, alejado del horror que me rodeaba. Quizás la ceguera, quizás la ignorancia hiciesen que todo acabase. Dar la espalda, no mirar. Aquello era lo que deseaba. Pero no lo hice. Abrí los ojos.
Mi vista estaba nublada; las formas, difusas, desvaídas, ocultas en la oscuridad. Ya no se escuchaba nada, pero yo lo había oído claramente. Era una voz gruesa y ronca, envuelta en suspiros arrastrados, que gritaba por su hija.
Horrorizado, estiré el brazo en busca del interruptor y encendí la luz. Me incorporé de golpe, con la respiración agitada y una explosión en el pecho. De un salto me senté en la cama. Moví la cabeza de un lado a otro, frenéticamente, buscando el origen de aquella voz, pero allí no había nadie.
-¿Quién esta ahí?- pregunté asustado.- ¿Quién es usted?
El silencio por respuesta.
¿Había entrado alguien en mi casa? ¿Se había colado alguien en mi habitación para robarme?¿ tal vez matarme? Sabía que no. Ésa no era la explicación. La respuesta que yo buscaba era más extraña, más increíble, más aterradora, pero eso lo sabría después.
La habitación estaba vacía. No se oían voces en el pasillo, ni en la planta baja, ni tan siquiera en el exterior. Tan sólo grillos y viento. Estaba sólo pero,...entonces, ¿qué era todo aquello?¿Cuál era la fuente de aquella extraña voz que murmuraba en mi oído, clamando por su hija?¿Por qué la buscaba?¿Por qué la llamaba con ese tono de odio?
Cualquier pregunta que me pudiese plantear era inútil. Aquella noche no encontraría la solución. Ya nada averiguaría; ya nada podría hacer para librarme de ese estado de extrema desazón y sobrecogimiento en el que aquella voz me había recluido. Tan sólo podía esperar. Esperar el alba, la luz del día, y así verlo todo con más calma. Ya no quedaba sino dormir.
Muy asustado, me envolví con las sábanas sin dejar de mirar con desconfianza a todas partes. Recordé lo que había dicho la dueña del restaurante, y sentí miedo. Ya no volví a conciliar el sueño.
El amanecer llegó con lentitud, como un lenitivo deseado que me librara de los temores que aún me estremecían. El horizonte se cubrió de rojos pálidos, aún muy tímidos, que despuntaban por encima de las crestas rocosas que me rodeaban. Se desplazaron presurosos por el valle, volviéndose más pálidos aún, tiñéndose de azul y blanco, y volvieron los gorjeos de los pájaros, quebrando la tenebrosa quietud que me había acompañado las últimas horas. Aquello me animó. Salí de la casa, aún atemorizado, y me puse a caminar.
Aquella voz no había sido fruto de mi imaginación. De eso estaba seguro. La había escuchado claramente, junto a mí, pero eso no podía ser posible. ¿Qué demonios estaba pasando? Ese hecho ponía fin a mi universo científico. Rompía de un mazazo todas mis creencias, todas mis convicciones, y eso me asustaba. Además, me ponía furioso. Necesitaba encontrar una explicación; una explicación razonable. Tenía que hacerlo si no quería volverme loco, pero no sabía cómo actuar. Me tomarían por loco; mi nombre se vería arrastrado por el barro de la vergüenza, por la ignominia, y eso no lo podía tolerar. Tenía que hacer algo, sí, ¿pero qué?
Aquel día no pude trabajar. Estuve vagando durante horas, sin saber adónde me dirigía, dejándome llevar por los pensamientos más absurdos y las explicaciones más ilógicas. Crucé largas arboledas, espesas fragas, sin detenerme ni un segundo a admirar su belleza. Caminaba absorto en mis preocupaciones, con la vista fija en el suelo. Hasta que pasó el día.
Al acostarme, aún sumido en mis cavilaciones e incapaz de librarme del desasosiego en el que había caído, vinieron a mí extraños pensamientos que me atosigaron un buen rato hasta que, desfallecido, me quedé dormido. Pero poco descansé.
De igual modo que la noche anterior, algo vino a importunar mi descanso. Esta vez no fue una voz la que me salió al paso, no. Fue una sucesión de ruidos, de pisadas y crujidos, como si alguien hubiese entrado en la casa y avanzase por el pasillo hasta mi habitación. Procedí de igual modo que en la ocasión anterior, arrollado por el miedo y la descompostura. Me senté en la cama y encendí la luz. La puerta estaba abierta, y el pasillo muy oscuro.
Los pasos continuaban. Lo hacían de un modo sumamente pausado, arrastrando los pies por el entarimado. Las maderas crujían como ramillas rotas; el susurro del roce contra el suelo llegaba hasta mí con claridad, cada vez más audible, y yo no hacía más que acurrucarme cobardemente contra el respaldo de la cama, como si con actitud tan estúpida fuese a evitar un encontronazo que ya se me antojaba inmediato.
Y fue eso lo que me hizo reaccionar. Ser consciente de mi propia cobardía, de mi exagerada fatuidad, fue lo que me obligó a comportarme de un modo más digno y valeroso. Escasa dignidad quedaba ya en mí, no digamos coraje o arrojo, pero por poco que éste fuera, trataría de lucirlo con orgullo y honor. Aunque no fuese consciente del peligro al que me enfrentaba, aunque no supiese qué era aquello que se arrastraba lentamente hasta mí, decidí hacerme fuerte y encarar con gallardía mi destino. Me levanté, pues, de la cama y caminé, con poco convencimiento, hacia la puerta.
El ruido ya era muy cercano. La distancia que nos separaba disminuía con rapidez, pero la espera se volvía interminable. Algo más resuelto, me situé bajo la puerta.
La oscuridad del pasillo era completa, pero una extraña luz amenazaba con quebrarla.
Era un resplandor extraño, de un color entre azulado y blanquecino, que avanzaba hacia mí de forma lenta y continua. En su avance, aquella aurora extraña se comía –valga la expresión-, la oscuridad sobrecogedora de mi pasillo, cada vez un poco más, cada vez un poco más. A esas alturas, yo ya estaba muy poco dispuesto a cruzar el pasillo y acudir al encuentro con quién fuese que estuviese avanzando hacia mí. Mi coraje no era mucho y no me parecía razonable invertirlo en el oscuro desplazamiento. Decidí, por tanto, esperar, aunque más por miedo e incapacidad de mover un músculo que por convencimiento de que aquello fuese lo mejor. La dignidad y el orgullo tiene un límite, y el mío estaba ya muy cercano. Puestos a huir, quizás la ventana fuese una buena solución.
La luz continuaba en su avance inexorable, y a punto estaba ya de girar la esquina donde se doblaba el corredor. Unos segundos más, muy pocos, y al fin podría ver quién era el portador de tan extraña luminaria. ¿Cuáles serían sus intenciones? ¿Vendría dispuesto a matarme? Aquella tensión estaba acabando conmigo. Mi pulso estaba acelerado, el frío –mi hombría me obliga ahora a pensar que era el frío- hacía que todo mi cuerpo temblase de modo incontrolable, pero un sudor denso cubría mi frente.
La intensidad de la luz había aumentado claramente. Ya debía estar muy cerca. Al fin se hizo casi cegadora, mucho más blanca y brillante que antes, y comenzó a aparecer una figura humana.
Su resplandor iluminaba todo el pasillo, rodeando por entero a un delgado cuerpecillo que se había situado frente a mí. Apenas conseguía verlo, pues la intensidad del brillo era tal que mis ojos no acertaban a distinguir más que una silueta alargada y difusa. Durante unos segundos, paralizado por la sorpresa, contuve el aliento y aguardé a que el visitante hiciese algo, pero éste se mantenía inmóvil ante mí. Poco a poco, casi sin darme cuenta, la claridad se fue diluyendo hasta convertirse en un estrecho halo de color azul. El resplandor cedió, y algo de la oscuridad original ocupó su lugar. Fue entonces cuando pude ver de qué se trataba.
Jamás había visto una criatura tan dulce y bella. Era una chica de unos dieciséis o dieciocho años, de ojos verdes, labios finos y pelo trigueño que caía con suavidad sobre sus hombros. Era preciosa, con una belleza perfecta, sin mácula alguna en su faz o en su talle. Su rostro era ovalado, con unos pómulos levemente prominentes que acentuaban las líneas del mentón. Una guedeja de pelo le cubría el lado izquierdo de la cara, permitiendo sólo adivinar una mirada tímida, casi vergonzosa, aunque franca y directa.
Cubría su cuerpo con un vestido blanco que contribuía a aumentar el resplandor que de ella brotaba. Unos tirantes dejaban al descubierto unos hombros finos, redondeados, que se apreciaban muy suaves, y el escote insinuaba un pecho bien formado y generoso, seguramente muy pesado. Arrullada contra él, en un abrazo de cariño y, tal vez, de inseguridad, descansaba la muñeca de porcelana.
Aquello me inquietó algo, pero era tal la hermosura de la chica que ningún pesar hubiera podido romper el ensimismamiento en el que me hallaba. Toda ella constituía la más bella estampa que yo haya tenido ocasión de contemplar, y por nada del mundo hubiera deseado que tal visión se diluyese.
Mi gozo era absoluto. Mi angustia, mis temores, habían desaparecido por completo. Ya sólo disfrutaba de la belleza de la joven, extasiado por su candor y su dulzura, aun siendo consciente de que no era más que un espectro. Eso era lo que menos me importaba.
Su aspecto era desvalido, vulnerable. Mostraba una expresión apocada, ciertamente triste, y sus ojos semejaban implorantes de auxilio o ayuda, muy lejos ya de la belleza luminosa que, a buen seguro, habían reflejado en vida. Se la veía triste, sí, pero tranquila.
Hasta que aparecieron los otros.
Atravesé la puerta y entré en la habitación. Miré hacia la mesa en la que había dejado la muñeca, entre medroso y avergonzado, y lo que allí pude ver – o lo que no pude ver-, me dejó petrificado.
La muñeca había desaparecido. Alguien se la había llevado, pero esa posibilidad se me antojaba imposible. Nadie había entrado en la casa. Nadie habría sido capaz de llevársela sin que yo me hubiese dado cuenta, pero la muñeca ya no estaba allí.
Sentí cómo se me encogía el estómago, cómo se crispaban mis nervios. Me aproximé con lentitud, sin dejar de mirar la mesa, con la sensación de angustia acrecentándose a cada paso. Aún albergaba la esperanza de que la desaparición no se hubiese producido, pero sabía que eso era imposible. Mi vista no me engañaba; mi memoria no fallaba. Yo la había dejado allí, sobre la mesa, esperando a que le llegase su hora de ser arrojada a la basura, junto con el resto de enseres inútiles que había en aquella casa, pero ya no estaba.
Miré a mi alrededor. Sabía que era inútil, que no iba a dar con ella, pero aún me resistía a reconocer el hecho de que aquella muñeca que tanto me había inquietado hubiese desaparecido. Algo extraño me revolvía las entrañas, algo inquietante que se refugiaba en mi interior, conspirando contra todo lo que mi ordenado raciocinio me impulsaba a creer. Todo aquello me resultaba irreal, ilógico, y todo mi ser se rebelaba contra aquella angustia que se había anclado en mí.
Sería excesivamente prolijo relatar el cúmulo de desconcertantes sensaciones que se agolpaban en mi cabeza, que atenazaban mis músculos impidiendo reacción alguna, y demasiado complicado encontrar las palabras adecuadas. No era dueño de mis actos ni de mis pensamientos. Éstos se desbocaban en pos de lo irreal, amparados en un temor sin sentido, sin detenerse en lo más mundano o prosaico, y nada había que yo pudiese hacer para impedir tan vertiginosa cabalgada. Me sabía incapaz de encontrar una explicación razonable a todo aquello, me reconocía impotente, y por eso, en el único momento de lucidez que vino a mí, renuncié a dar con ella.
Salí de la habitación abatido y muy confuso. La incertidumbre que me suponía todo aquel asunto me incitaba al abandono, a la renuncia, pues no sabía si todo aquello era fruto de un robo – algo absurdo-, o de algo más horripilante aún. Me sentía inseguro, extremadamente vulnerable, como un niño envuelto en soledad.
Asustado, opté por acomodarme en la cocina, menos tenebrosa o propicia a los sobresaltos, y pasar allí la noche. Quizás al día siguiente los ánimos o el coraje acudieran a mí de nuevo, quizás entonces lo viese de otro modo, pero en ese momento el valor se encontraba muy lejos.
La noche discurrió, para ser esquiva a mis augurios, plácida y tranquila. Me permitió, incluso, dormir tres o cuatro horas, acunado por el rumor del viento y el canto incesante de los grillos. El descanso me devolvió a la luz, a la razón, y pronto me reí de la ridícula desazón que se había apoderado de mí ante un hecho tan nimio e inofensivo como aquel que me había tocado vivir. Al mediodía, todo aquel asunto se había diluido para siempre; se había borrado de mi memoria como algo insustancial o anodino, y ya sólo pensaba en realizar mi trabajo de la forma más satisfactoria posible. La habitación estaba ya ordenada, y durante todo el tiempo que su limpieza me ocupó, ni una sola vez me acordé de la pequeña muñeca.
El resto del día lo ocupé en visitar las densas fragas que poblaban los cañones ancareses. Comprobé los planos que me habían facilitado, introduje alguna corrección que me pareció necesaria, y esbocé un plan de trabajo para los próximos días. Ansiaba establecer las bases para mi inventario, calcular los niveles poblacionales de corzos, lobos y osos, y proyectar unos adecuados mecanismos de gestión, orientados a garantizar su supervivencia y proliferación. Sabía que el esfuerzo requerido iba a ser grande, que mis días se verían consumidos en ello, que sería un año largo. Sabía que las exigencias eran muchas, que las responsabilidades eran grandes, pero estaba disfrutando como siempre había soñado. Era un lugar ideal para realizar aquel trabajo, un espaldarazo a mi carrera, y pensaba hacerlo bien, sin intromisiones de ningún tipo.
Pronto se me hizo tarde. La noche comenzaba a caer sobre el bosque, haciendo que la ya mortecina luz del atardecer claudicase por entero. Me subí al coche, encendí el motor, y puse camino a casa.
Media hora después, ciertamente cansado por el trajín diario, cruzaba la chirriante puerta de mi hogar, ya completamente ajeno a la sorpresa del día anterior. Pasadas las doce de la noche, y con los ojos ya entrecerrados y somnolientos, decidí retirarme a descansar. El día había sido largo, muy fatigoso, y deseaba madrugar para comenzar con el proyecto. Salí de la cocina y subí a la planta alta.
Ahora, una vez limpia, el aspecto de la habitación era completamente distinto; recuerdo, incluso, haber sonreído al pensar en mi estúpida reacción, tan infantil, tan inmadura. Me acurruqué con mimo entre las sábanas y sonreí de nuevo. A los pocos minutos, quizás con una sonrisa en los labios, me quedé dormido.
Hoy quizás lo vea de otro modo. Quizás, no sé, hoy sea consciente de mis miedos, de mis faltas y mis limitaciones. Hoy sé que no estoy sólo; que ninguno de nosotros lo está, pero entonces, con un entendimiento arraigado en el poder omnímodo de la ciencia, fiel seguidor del imperio de la razón, mi comportamiento se veía encorsetado entre sus dogmas. Eso - hoy lo entiendo -, me llevó a no comprender todo cuanto allí se produjo ni los motivos que desencadenaron tales sucesos, y por tanto, tal incapacidad, tal incomprensión, me arrastró al pánico y al horror.
Aquella noche comenzó todo.
Las voces se presentaron envueltas por las brumas de mi consciencia adormilada, de un modo lejano, casi inaudible. Surgían profundas, como arrastradas por el viento, sibilantes entre las laderas de un cañón. Llegaban a mí como un susurro, aunque insistente, pues aumentaba en fuerza y persistencia, y comencé a despertar. Lo hice poco a poco, de forma perezosa, y fue entonces cuando comenzaron las pesadillas.
Sabía que algo extraño estaba pasando, pero me hacía el remolón. Mis ojos se negaban a abrirse, mi mente aún estaba nublada por la somnolencia, y yo me rebullía entre las ropas rodando de un lado a otro, como empecinado en no despertar. Pero algo me obligó a ello.
Hasta entonces todo había sido un rumor, un extraño soniquete muy pesado que me zarandeaba en mi sueño, difuminado por mi escasa percepción. Pero aquello era distinto. Era una voz muy clara que brotaba junto a mí, al lado de mi cama, susurrante en mi oído.
-¿Dónde estás, niña mala?¿Dónde te escondes, hija?- había susurrado
De pronto, el letargo dejó paso a la consciencia. Me pareció que el corazón se detenía. Dejé de respirar por un instante, conteniendo el aire que se agolpaba en mi garganta, y abrí los ojos. Quizás me equivoqué.
Pensé en no hacerlo; pensé en seguir arropado entre las sábanas, ciego y mudo, alejado del horror que me rodeaba. Quizás la ceguera, quizás la ignorancia hiciesen que todo acabase. Dar la espalda, no mirar. Aquello era lo que deseaba. Pero no lo hice. Abrí los ojos.
Mi vista estaba nublada; las formas, difusas, desvaídas, ocultas en la oscuridad. Ya no se escuchaba nada, pero yo lo había oído claramente. Era una voz gruesa y ronca, envuelta en suspiros arrastrados, que gritaba por su hija.
Horrorizado, estiré el brazo en busca del interruptor y encendí la luz. Me incorporé de golpe, con la respiración agitada y una explosión en el pecho. De un salto me senté en la cama. Moví la cabeza de un lado a otro, frenéticamente, buscando el origen de aquella voz, pero allí no había nadie.
-¿Quién esta ahí?- pregunté asustado.- ¿Quién es usted?
El silencio por respuesta.
¿Había entrado alguien en mi casa? ¿Se había colado alguien en mi habitación para robarme?¿ tal vez matarme? Sabía que no. Ésa no era la explicación. La respuesta que yo buscaba era más extraña, más increíble, más aterradora, pero eso lo sabría después.
La habitación estaba vacía. No se oían voces en el pasillo, ni en la planta baja, ni tan siquiera en el exterior. Tan sólo grillos y viento. Estaba sólo pero,...entonces, ¿qué era todo aquello?¿Cuál era la fuente de aquella extraña voz que murmuraba en mi oído, clamando por su hija?¿Por qué la buscaba?¿Por qué la llamaba con ese tono de odio?
Cualquier pregunta que me pudiese plantear era inútil. Aquella noche no encontraría la solución. Ya nada averiguaría; ya nada podría hacer para librarme de ese estado de extrema desazón y sobrecogimiento en el que aquella voz me había recluido. Tan sólo podía esperar. Esperar el alba, la luz del día, y así verlo todo con más calma. Ya no quedaba sino dormir.
Muy asustado, me envolví con las sábanas sin dejar de mirar con desconfianza a todas partes. Recordé lo que había dicho la dueña del restaurante, y sentí miedo. Ya no volví a conciliar el sueño.
El amanecer llegó con lentitud, como un lenitivo deseado que me librara de los temores que aún me estremecían. El horizonte se cubrió de rojos pálidos, aún muy tímidos, que despuntaban por encima de las crestas rocosas que me rodeaban. Se desplazaron presurosos por el valle, volviéndose más pálidos aún, tiñéndose de azul y blanco, y volvieron los gorjeos de los pájaros, quebrando la tenebrosa quietud que me había acompañado las últimas horas. Aquello me animó. Salí de la casa, aún atemorizado, y me puse a caminar.
Aquella voz no había sido fruto de mi imaginación. De eso estaba seguro. La había escuchado claramente, junto a mí, pero eso no podía ser posible. ¿Qué demonios estaba pasando? Ese hecho ponía fin a mi universo científico. Rompía de un mazazo todas mis creencias, todas mis convicciones, y eso me asustaba. Además, me ponía furioso. Necesitaba encontrar una explicación; una explicación razonable. Tenía que hacerlo si no quería volverme loco, pero no sabía cómo actuar. Me tomarían por loco; mi nombre se vería arrastrado por el barro de la vergüenza, por la ignominia, y eso no lo podía tolerar. Tenía que hacer algo, sí, ¿pero qué?
Aquel día no pude trabajar. Estuve vagando durante horas, sin saber adónde me dirigía, dejándome llevar por los pensamientos más absurdos y las explicaciones más ilógicas. Crucé largas arboledas, espesas fragas, sin detenerme ni un segundo a admirar su belleza. Caminaba absorto en mis preocupaciones, con la vista fija en el suelo. Hasta que pasó el día.
Al acostarme, aún sumido en mis cavilaciones e incapaz de librarme del desasosiego en el que había caído, vinieron a mí extraños pensamientos que me atosigaron un buen rato hasta que, desfallecido, me quedé dormido. Pero poco descansé.
De igual modo que la noche anterior, algo vino a importunar mi descanso. Esta vez no fue una voz la que me salió al paso, no. Fue una sucesión de ruidos, de pisadas y crujidos, como si alguien hubiese entrado en la casa y avanzase por el pasillo hasta mi habitación. Procedí de igual modo que en la ocasión anterior, arrollado por el miedo y la descompostura. Me senté en la cama y encendí la luz. La puerta estaba abierta, y el pasillo muy oscuro.
Los pasos continuaban. Lo hacían de un modo sumamente pausado, arrastrando los pies por el entarimado. Las maderas crujían como ramillas rotas; el susurro del roce contra el suelo llegaba hasta mí con claridad, cada vez más audible, y yo no hacía más que acurrucarme cobardemente contra el respaldo de la cama, como si con actitud tan estúpida fuese a evitar un encontronazo que ya se me antojaba inmediato.
Y fue eso lo que me hizo reaccionar. Ser consciente de mi propia cobardía, de mi exagerada fatuidad, fue lo que me obligó a comportarme de un modo más digno y valeroso. Escasa dignidad quedaba ya en mí, no digamos coraje o arrojo, pero por poco que éste fuera, trataría de lucirlo con orgullo y honor. Aunque no fuese consciente del peligro al que me enfrentaba, aunque no supiese qué era aquello que se arrastraba lentamente hasta mí, decidí hacerme fuerte y encarar con gallardía mi destino. Me levanté, pues, de la cama y caminé, con poco convencimiento, hacia la puerta.
El ruido ya era muy cercano. La distancia que nos separaba disminuía con rapidez, pero la espera se volvía interminable. Algo más resuelto, me situé bajo la puerta.
La oscuridad del pasillo era completa, pero una extraña luz amenazaba con quebrarla.
Era un resplandor extraño, de un color entre azulado y blanquecino, que avanzaba hacia mí de forma lenta y continua. En su avance, aquella aurora extraña se comía –valga la expresión-, la oscuridad sobrecogedora de mi pasillo, cada vez un poco más, cada vez un poco más. A esas alturas, yo ya estaba muy poco dispuesto a cruzar el pasillo y acudir al encuentro con quién fuese que estuviese avanzando hacia mí. Mi coraje no era mucho y no me parecía razonable invertirlo en el oscuro desplazamiento. Decidí, por tanto, esperar, aunque más por miedo e incapacidad de mover un músculo que por convencimiento de que aquello fuese lo mejor. La dignidad y el orgullo tiene un límite, y el mío estaba ya muy cercano. Puestos a huir, quizás la ventana fuese una buena solución.
La luz continuaba en su avance inexorable, y a punto estaba ya de girar la esquina donde se doblaba el corredor. Unos segundos más, muy pocos, y al fin podría ver quién era el portador de tan extraña luminaria. ¿Cuáles serían sus intenciones? ¿Vendría dispuesto a matarme? Aquella tensión estaba acabando conmigo. Mi pulso estaba acelerado, el frío –mi hombría me obliga ahora a pensar que era el frío- hacía que todo mi cuerpo temblase de modo incontrolable, pero un sudor denso cubría mi frente.
La intensidad de la luz había aumentado claramente. Ya debía estar muy cerca. Al fin se hizo casi cegadora, mucho más blanca y brillante que antes, y comenzó a aparecer una figura humana.
Su resplandor iluminaba todo el pasillo, rodeando por entero a un delgado cuerpecillo que se había situado frente a mí. Apenas conseguía verlo, pues la intensidad del brillo era tal que mis ojos no acertaban a distinguir más que una silueta alargada y difusa. Durante unos segundos, paralizado por la sorpresa, contuve el aliento y aguardé a que el visitante hiciese algo, pero éste se mantenía inmóvil ante mí. Poco a poco, casi sin darme cuenta, la claridad se fue diluyendo hasta convertirse en un estrecho halo de color azul. El resplandor cedió, y algo de la oscuridad original ocupó su lugar. Fue entonces cuando pude ver de qué se trataba.
Jamás había visto una criatura tan dulce y bella. Era una chica de unos dieciséis o dieciocho años, de ojos verdes, labios finos y pelo trigueño que caía con suavidad sobre sus hombros. Era preciosa, con una belleza perfecta, sin mácula alguna en su faz o en su talle. Su rostro era ovalado, con unos pómulos levemente prominentes que acentuaban las líneas del mentón. Una guedeja de pelo le cubría el lado izquierdo de la cara, permitiendo sólo adivinar una mirada tímida, casi vergonzosa, aunque franca y directa.
Cubría su cuerpo con un vestido blanco que contribuía a aumentar el resplandor que de ella brotaba. Unos tirantes dejaban al descubierto unos hombros finos, redondeados, que se apreciaban muy suaves, y el escote insinuaba un pecho bien formado y generoso, seguramente muy pesado. Arrullada contra él, en un abrazo de cariño y, tal vez, de inseguridad, descansaba la muñeca de porcelana.
Aquello me inquietó algo, pero era tal la hermosura de la chica que ningún pesar hubiera podido romper el ensimismamiento en el que me hallaba. Toda ella constituía la más bella estampa que yo haya tenido ocasión de contemplar, y por nada del mundo hubiera deseado que tal visión se diluyese.
Mi gozo era absoluto. Mi angustia, mis temores, habían desaparecido por completo. Ya sólo disfrutaba de la belleza de la joven, extasiado por su candor y su dulzura, aun siendo consciente de que no era más que un espectro. Eso era lo que menos me importaba.
Su aspecto era desvalido, vulnerable. Mostraba una expresión apocada, ciertamente triste, y sus ojos semejaban implorantes de auxilio o ayuda, muy lejos ya de la belleza luminosa que, a buen seguro, habían reflejado en vida. Se la veía triste, sí, pero tranquila.
Hasta que aparecieron los otros.