
Aquí os dejo una escena de una novela que estoy escribiendo. Se ambienta en la guerra civil española (ya, ya sé que el tema está trillado), y narra la vida de un chaval que recorre el país en compañía de un reportero inglés.
Espero que os guste, aunque está pendiente del coñazo que siempre supone la revisión.
De las correrías con mi tío Juan
El tío Juan era un borrachín, un pendenciero con valor de chisgarabís y un putero irrefrenable que, desmontado ya de su coartada samaritana, se afanaba en frecuentar cuantos lupanares había por Madrid, ávido de arrullos sicalípticos y de amores mercenarios. Era la suya una entrega total y atropellada, carente de precauciones monetarias, morales y hasta físicas, con aromas de suicidio y visos de muerte prematura. Pero eso apenas le importaba.
Entraba en los prostíbulos sin rebozo alguno, con tesón de legionario y afán colonizador, y comenzaba a mostrarse como haría un pavo real en un parque, hinchando el pecho, falseando la cintura y alardeando de las muchas o pocas plumas que, según el día, pudieran despuntar de su cartera. Recorría el parque de operaciones con aire marcial, en un desfile que tenía mucho de galanteo y de seducción —no lo he dicho antes, pero el tío Juan era un ingenuo contumaz—, y comenzaba a ojear la oferta del día como si de un experto mercader se tratara, soslayando, por supuesto, aquellas más lucidas y lustrosas a las que, por su elevado coste, no tenía acceso. Desarbolado ya de vergüenza, escrutaba los rostros de las meretrices con una sonrisa en los labios, goloseando la saliva que para entonces ya amenazaba con inundarle el esófago. Les hacía ojitos pícaros, les regalaba guiños furtivos y se embelesaba con aquellos rostros pintados de acuarela, generosos de potingues y afeados por la vida. Luego se detenía en la barra, se acodaba sobre ella y pedía una bebida vigorizante, preparándose para lo que había de venir. Miraba entonces las carnes níveas de aquellas mujeres; unas, escurridas y afiladas de huesos, malnutridas por necesidad o por un errático concepto de la beldad; otras, más gruesas y generosas, de traseros y pechos trémulos, bamboleantes, que parecían oscilar de un lado a otro con un temblor casi telúrico, igualmente equivocadas en su conocimiento estético o, quizás, rendidas ante el triunfo de la genial y placentera gastronomía. Curiosamente, ninguna de ellas se mantenía en un irreprochable término medio —solo aquellas inalcanzables con las que mi tío nunca alternaba—, sino que parecían agruparse en bandos claramente diferenciados y hasta enfrentados, lo que hacía de aquel parque de operaciones una especie de campo de batalla o un congreso a menudo silente —muchas veces, sin embargo, los ánimos se caldeaban, y entre ellas se lanzaban acusaciones propias del más versado de los diputados— en el que los discursos solían realizarse por medio de arrullos, bisbiseos emponzoñados de carmín y caricias impostadas, simuladoras de un deseo que lejos estaban de sentir.
Avizorando la escena, mi tío Juan sorbía su bebida a pequeños tragos —no era cosa de malgastarla echándosela al coleto sin el control o el paladeo necesarios—, humedeciendo sus labios con un aire lúbrico y lascivo, y engarabitando el meñique con tintes de nobleza o majestuosidad, pretendiendo aparentar con ello una mayor galanura y atractivo.
Se sentía bien, se sentía guapo, y así, acodado en aquel mostrador que se emponzoñaba con el morapio y la concupiscencia, ensimismado en aquella contemplación cárnica y emocionado por sus enormes logros en el ingrato mundo de la seducción, se olvidaba de mí por unas horas, dejándome al cuidado de Doña Marta, la vieja puta que haraganeaba en la entrada del local.
En breve pormenorizaré los gestos, atributos y cualidades de esta buena señora, pero antes terminaré de trasladarles los galanteos y amoríos del pobre tío Juan, al que, casi sin querer, he dejado apoyado sobre la barra del bar, vivaqueando con sus labios en una bebida calurosa, perpetradora de ilusiones y de afanes de victoria.
Tras los consabidos cinco minutos de ambientación que todo buen putero debe emplear en el ojeo y la toma de situación, mi tío Juan iniciaba la cacería, cercando a su presa por aproximación directa y sin sosiego, tal vez intuyendo el éxito que, sin duda, habría de lograr.
Comenzaba entonces a susurrar palabras de aliento y coqueteo, se inclinaba sobre la pechera de las señoras y depositaba sobre sus orejas un ósculo húmedo y pretencioso, con afanes de profeta o de gurú sexual. Tal vez debiera emplear la palabra beso, de uso más común y normalizado, pero es que mi tío le imprimía a aquellos besos un aire de magnificencia y solemnidad que este vocablo no llega a abarcar, por lo que, para dejarlo en su justa posición, he preferido dejarlo así.
Luego comenzaba el sobeteo; lento al principio, casi minucioso, para trocarse más tarde, al cabo de unos minutos, seguramente cegado por una bruma de deseo y carnalidad, en un manoseo intenso, apresurado, mucho más glotón. Amasaba las carnes de las putas con una necesidad brotada del bajo vientre, con las manos crispadas y premurosas; casi, con afán de panadero, como si ansiara recrear con ellas una forma caprichosa, más original y homogénea que la anterior, como si de un Dios creador se tratara.
Se le veía nervioso, frenético, muy apurado y hasta falto de manos, pues su ansia sobrepasaba con creces la obsequiosidad de éstas. Ellas —me refiero a las chicas, claro, no a las manos—, sin embargo, permanecían impertérritas, como unas huríes de broma o de choteo, ancladas en una languidez antigua y con los rostros tristes, embadurnados de acuarela y lameteos.
Al principio, aquella disparidad de actitudes llamaba mi atención sobremanera, pues no entendía yo que la frialdad fuese justo premio al cariño ni que la desmesura de mi tío pudiera abarcar a tan amplio abanico de señoras. Más tarde, sin embargo, tras varias jornadas como cómplice de aquel mercadeo sexual, llegué a compadecerme de ambas partes, consciente de que ninguna de ellas obtenía lo que en realidad deseaba.
Y de este modo, entre coqueteos estrafalarios, amores impostados y padrinazgos no menos falsos e irresponsables, transcurría la vida de mi tío Juan y, por ende, fiel vasallo y escudero, inconsciente e ignorante, la mía.
Hasta que un día ya lejano, en una noche loca que se revolvió entre aromas de burdel y besos comprados, mi tío Juan murió, como no podía ser de otra manera, en uno de aquellos lupanares que tanto frecuentábamos.
Espero que os guste, aunque está pendiente del coñazo que siempre supone la revisión.
De las correrías con mi tío Juan
El tío Juan era un borrachín, un pendenciero con valor de chisgarabís y un putero irrefrenable que, desmontado ya de su coartada samaritana, se afanaba en frecuentar cuantos lupanares había por Madrid, ávido de arrullos sicalípticos y de amores mercenarios. Era la suya una entrega total y atropellada, carente de precauciones monetarias, morales y hasta físicas, con aromas de suicidio y visos de muerte prematura. Pero eso apenas le importaba.
Entraba en los prostíbulos sin rebozo alguno, con tesón de legionario y afán colonizador, y comenzaba a mostrarse como haría un pavo real en un parque, hinchando el pecho, falseando la cintura y alardeando de las muchas o pocas plumas que, según el día, pudieran despuntar de su cartera. Recorría el parque de operaciones con aire marcial, en un desfile que tenía mucho de galanteo y de seducción —no lo he dicho antes, pero el tío Juan era un ingenuo contumaz—, y comenzaba a ojear la oferta del día como si de un experto mercader se tratara, soslayando, por supuesto, aquellas más lucidas y lustrosas a las que, por su elevado coste, no tenía acceso. Desarbolado ya de vergüenza, escrutaba los rostros de las meretrices con una sonrisa en los labios, goloseando la saliva que para entonces ya amenazaba con inundarle el esófago. Les hacía ojitos pícaros, les regalaba guiños furtivos y se embelesaba con aquellos rostros pintados de acuarela, generosos de potingues y afeados por la vida. Luego se detenía en la barra, se acodaba sobre ella y pedía una bebida vigorizante, preparándose para lo que había de venir. Miraba entonces las carnes níveas de aquellas mujeres; unas, escurridas y afiladas de huesos, malnutridas por necesidad o por un errático concepto de la beldad; otras, más gruesas y generosas, de traseros y pechos trémulos, bamboleantes, que parecían oscilar de un lado a otro con un temblor casi telúrico, igualmente equivocadas en su conocimiento estético o, quizás, rendidas ante el triunfo de la genial y placentera gastronomía. Curiosamente, ninguna de ellas se mantenía en un irreprochable término medio —solo aquellas inalcanzables con las que mi tío nunca alternaba—, sino que parecían agruparse en bandos claramente diferenciados y hasta enfrentados, lo que hacía de aquel parque de operaciones una especie de campo de batalla o un congreso a menudo silente —muchas veces, sin embargo, los ánimos se caldeaban, y entre ellas se lanzaban acusaciones propias del más versado de los diputados— en el que los discursos solían realizarse por medio de arrullos, bisbiseos emponzoñados de carmín y caricias impostadas, simuladoras de un deseo que lejos estaban de sentir.
Avizorando la escena, mi tío Juan sorbía su bebida a pequeños tragos —no era cosa de malgastarla echándosela al coleto sin el control o el paladeo necesarios—, humedeciendo sus labios con un aire lúbrico y lascivo, y engarabitando el meñique con tintes de nobleza o majestuosidad, pretendiendo aparentar con ello una mayor galanura y atractivo.
Se sentía bien, se sentía guapo, y así, acodado en aquel mostrador que se emponzoñaba con el morapio y la concupiscencia, ensimismado en aquella contemplación cárnica y emocionado por sus enormes logros en el ingrato mundo de la seducción, se olvidaba de mí por unas horas, dejándome al cuidado de Doña Marta, la vieja puta que haraganeaba en la entrada del local.
En breve pormenorizaré los gestos, atributos y cualidades de esta buena señora, pero antes terminaré de trasladarles los galanteos y amoríos del pobre tío Juan, al que, casi sin querer, he dejado apoyado sobre la barra del bar, vivaqueando con sus labios en una bebida calurosa, perpetradora de ilusiones y de afanes de victoria.
Tras los consabidos cinco minutos de ambientación que todo buen putero debe emplear en el ojeo y la toma de situación, mi tío Juan iniciaba la cacería, cercando a su presa por aproximación directa y sin sosiego, tal vez intuyendo el éxito que, sin duda, habría de lograr.
Comenzaba entonces a susurrar palabras de aliento y coqueteo, se inclinaba sobre la pechera de las señoras y depositaba sobre sus orejas un ósculo húmedo y pretencioso, con afanes de profeta o de gurú sexual. Tal vez debiera emplear la palabra beso, de uso más común y normalizado, pero es que mi tío le imprimía a aquellos besos un aire de magnificencia y solemnidad que este vocablo no llega a abarcar, por lo que, para dejarlo en su justa posición, he preferido dejarlo así.
Luego comenzaba el sobeteo; lento al principio, casi minucioso, para trocarse más tarde, al cabo de unos minutos, seguramente cegado por una bruma de deseo y carnalidad, en un manoseo intenso, apresurado, mucho más glotón. Amasaba las carnes de las putas con una necesidad brotada del bajo vientre, con las manos crispadas y premurosas; casi, con afán de panadero, como si ansiara recrear con ellas una forma caprichosa, más original y homogénea que la anterior, como si de un Dios creador se tratara.
Se le veía nervioso, frenético, muy apurado y hasta falto de manos, pues su ansia sobrepasaba con creces la obsequiosidad de éstas. Ellas —me refiero a las chicas, claro, no a las manos—, sin embargo, permanecían impertérritas, como unas huríes de broma o de choteo, ancladas en una languidez antigua y con los rostros tristes, embadurnados de acuarela y lameteos.
Al principio, aquella disparidad de actitudes llamaba mi atención sobremanera, pues no entendía yo que la frialdad fuese justo premio al cariño ni que la desmesura de mi tío pudiera abarcar a tan amplio abanico de señoras. Más tarde, sin embargo, tras varias jornadas como cómplice de aquel mercadeo sexual, llegué a compadecerme de ambas partes, consciente de que ninguna de ellas obtenía lo que en realidad deseaba.
Y de este modo, entre coqueteos estrafalarios, amores impostados y padrinazgos no menos falsos e irresponsables, transcurría la vida de mi tío Juan y, por ende, fiel vasallo y escudero, inconsciente e ignorante, la mía.
Hasta que un día ya lejano, en una noche loca que se revolvió entre aromas de burdel y besos comprados, mi tío Juan murió, como no podía ser de otra manera, en uno de aquellos lupanares que tanto frecuentábamos.