domingo, 30 de agosto de 2009

Un trago, una historia (2ª parte, y última)

UN TRAGO, UNA HISTORIA.


Usted es muy joven y no recordará aquello, quizás lo haya leído en alguna parte o quizás lo haya escuchado por ahí, pero no lo recordará, estoy seguro—. Parecía divagar, como si tratase de buscar el inicio del relato en algún vericueto de su memoria. — Aquellos eran tiempos malos — continuó —. El trabajo escaseaba, las cosechas no maduraban y los animales no crecían lo suficiente, con lo que muchos días no había nada que poner sobre el plato. Durante la guerra, el caos se había apoderado de todo, y al finalizar, no había más que destrucción, miseria y dolor.

Sin gran cosa con la que mantenerse ocupados, los hombres intentaban conseguir dinero, las mujeres cuidaban de sus hijos y los chicos perdían su infancia en correrías sin destino y trabajos sin futuro. El pueblo era como una tierra yerma y sin agua, en la que nada encuentra cobijo para crecer y las esperanzas se desvanecen al brotar de los corazones. Nada había allí que ofrecer, regalar o tomar, y todos se sentían huérfanos y maltratados, hartos ya de los pesares que les había tocado vivir y ávidos de dichas que nunca recibirían.

Se dice que eran muchos los que soñaban con escapar, muchos los que buscaban abandonar aquellas vidas, llenar las alforjas de sueños e ilusiones y huir a otros lugares más prósperos para encontrar, al fin, la felicidad. Llenaban sus días de visiones halagüeñas, miraban hacia el horizonte y comenzaban a caminar, en busca de una salida o un destino más favorable.

Roberto lo hizo apenas comenzado el día, cuando una tímida luz rojiza acariciaba los campos vacíos. Llenó su bolsa con dos camisas rotas, un par de mudas y muchas promesas, y abandonó su pueblo sin mirar atrás, sin pensar en lo que dejaba allí. En ningún momento pensó en sus padres, ancianos decrépitos y desvalidos que apenas se podían procurar un mendrugo de pan sin la ayuda de su hijo. Nada le importó Susana, la bella chica que llenaba sus días, aquella que besaba sus labios y que había sido tristemente repudiada por haberse enamorado del hombre equivocado y, por supuesto, nada le importaron tampoco sus amigos, aquellos a quienes todo confiaba, aquellos de los que se valía cuando la necesidad estremecía su cuerpo y que nunca lo habrían abandonado a pesar de sus rarezas y defectos. Renunció a todos ellos sin pesar, se echó al camino y comenzó a caminar, impulsado por un egoísmo atávico que, dado su carácter voluble, le había nublado el entendimiento y borrado los recuerdos.

Caminaba a buen paso, con el pecho henchido por el optimismo y una sonrisa en el rostro. Como bandera llevaba la codicia y la soberbia, y como compañero de viaje la ambición más cruel y desmedida.

Un polvo parduzco se levantaba a su espalda, dibujando un camino efímero que nunca nadie podría recorrer de nuevo. Ante él, un horizonte quebrado y luminoso marcaba el inicio de su nueva vida, tras el que se ocultaban los avatares que conformarían su destino. Hacia allí caminó sin cesar, sin perder el ánimo, pensando en los desafíos que se ocultaban tras él y a los que, muy pronto, se tendría que enfrentar. Viajaba risueño, pletórico de orgullo y ensoberbecido por su coraje mal entendido, e incluso se permitió, en alguna ocasión, recordar a los amigos y familiares que había dejado atrás, vomitar al aire una sonrisa socarrona y burlarse de la necedad que éstos habían mostrado al censurar su aventura. Pobres de ellos — pensaba —, que se conforman con malgastar sus anodinas vidas en un pasar sin gloria. Pobres de ellos, que se atan los unos a los otros aun a costa de empeorar sus condiciones. Yo triunfaré, haré riqueza, y cuando me encuentre en mi mansión, rodeado de joyas y belleza, me reiré de todo cuanto ha quedado atrás, de aquellos que me censuraron, de aquellos que no creyeron en mí. Allá ellos con su miseria, que yo seré feliz con mi prosperidad.

—Vaya, no era un hombre muy agradable ¿no? —, interrumpí. Él me miró durante un instante, bajó la vista de nuevo y permaneció así unos segundos, con la mirada fija en unos recuerdos ya casi olvidados o en unas sensaciones que odiaba revivir.
—No lo era, no —, respondió, apesadumbrado.

—Veamos, ¿por dónde iba? —, murmuró para sí, con su voz bronca. — Ah, sí, ya sé. Caminaba hacia el horizonte. El sol le golpeaba las espaldas con una fiereza inusitada para la época, pues aún el verano se encontraba muy lejos. Los mosquitos le mordisqueaban la piel, el sudor resbalaba por su rostro, bosquejando trazos rectos sobre la piel acartonada, y el aire seco del desierto mellaba su ánimo, pero no su ambición.

Mientras sus pies hollaban pesadamente aquel erial solitario, su mente se sumergía en sueños de grandeza y poder, en los que se veía a sí mismo atendido con servilismo por sus antaño seres queridos. Se alzaba él sobre sus cabezas, los miraba con arrogancia desde su atalaya y les dictaba órdenes que eran, de inmediato, cumplidas. Soñaba con olvidarse de sus penurias, dejar atrás las penalidades que le había tocado vivir y resarcirse por lo inmerecido de sus días pasados, labrarse un futuro y forjar la fortuna a la que tenía derecho.

Sus sueños, estaba seguro, pronto se harían realidad. Él se lo merecía, y haría todo lo posible por llegar a ellos, costase lo que costase. Haría lo que fuese necesario, y lo haría complacido.

— ¿Y nunca pensaba en los suyos? —, pregunté asombrado.
— Oh, sí —, contestó él con su sonrisa triste. —Pensaba muchas veces en Susana. La bella Susana. Aquella chica que había dado todo por él. Había soportado el rechazo paterno, la distancia y los disgustos, y hubiera soportado cualquier cosa, simplemente porque le amaba, porque estaba ciega de pasión y nada le importaban los menoscabos que pudiese padecer. Era una mujer guapa, discreta, de esas bellezas tranquilas, sin ostentaciones ni desmesuras, en las que unos ojos limpios y una sonrisa sincera destacan ante todo. Roberto recordaba muchas veces sus besos, cálidos y suaves, sus caricias, tan tiernas, tan tímidas, que recorrían su mentón con delicadeza, como quien sostiene un pajarillo entre las manos, medroso de que éste escape. Pero no recordaba mucho más. No crea. El amor no era importante para él. La verdad es que nunca lo había sido, y Susana no era mucho más que otras chicas que habían pasado antes por sus brazos. Al igual que ella, otras muchas lo harían después, y cuando fuese rico, todas caerían rendidas ante sus encantos. Muchos decían que presumía de ello, de sus conquistas y de lo que iba a lograr, pero Susana siempre le perdonaba sus alardes y sus desmanes. Era una buena chica, pero con mala suerte, y el único que no se daba cuenta de ello era Roberto. Quizás fuese que su corazón era demasiado duro, no sé.

—Pero bueno, continuaré con la historia, que estoy divagando —.

—Si no le importa, la resumiré. Si me ando por las ramas, acabaremos muy tarde y debo retirarme a descansar. Además, sólo me ha invitado a un vino —.

Recuerdo haber sonreído al escuchar aquello. Me caía bien aquel anciano taciturno y tristón y, aunque su historia no era muy buena, su compañía me resultaba grata. Dispuse que le sirviesen otro trago y, ya más animado, continuó. Ciertamente, un vino no era demasiado.

—El viaje a San Esteban duró varios días. El caminar se hacía pesado, ciertamente arduo, y las noches se volvían largas y frías, al verse obligado a permanecer tumbado sobre el suelo, con la única protección de una manta de lana. Ello prolongaba las horas de vigilia pero, al mismo tiempo, le permitía regodearse en sus anhelos de fortuna, con el cielo como techo y el viento por única compañía. Soñaba que la riqueza acudía a su encuentro, dispuesta a entregarse a él y así regalarle cuantos placeres hubiese imaginado hombre alguno. Soñaba con poseerlo todo, con adueñarse de todo, sin detenerse ante nada. Se sabía merecedor de ello, pero pensaba que sólo había un modo de conseguirlo. El trabajo no le daría poder, no le daría fortuna, no, de eso estaba seguro, pero el miedo sí. El miedo sí lo lograría, y ése debía ser el camino a seguir. Conseguiría infundir miedo, terror, a todos los que se encontrasen con él, y así ellos le darían cuanto desease. Sí. Estaba seguro. Eso haría.

Llegó por fin a su destino, con el cuerpo quemado por el sol, los músculos fatigados y el corazón emponzoñado por la ambición. La grandiosidad de la ciudad le sobrecogía, se sentía ebrio de asombro y el corazón le palpitaba con fuerza por la emoción. Ante él se desplegaban enormes bulevares, gigantescas plazas abarrotadas de gente y miles de callejas que recorrer y disfrutar. Los bombardeos le habían otorgado su perdón, y la ciudad lucía un esplendor exultante, así que San Esteban sería, sin duda, un buen lugar para comenzar.

Decidió encaminarse hacia la zona de “Las Huertas”, donde se hacinaban prostitutas, ladrones, asesinos y vagabundos. Era un grupo de callejas repletas de suciedad, vacías de compasión, que conformaban un dédalo inextricable de corrupción, maldad y dolor en el que muy pocos osaban entrar. Roberto, sin embargo, nada temía, pues allí malvivían dos tipos muy extraños por los que siempre había sentido una malsana atracción, y la simple mención de su amistad constituía un privilegiado salvoconducto. Seguramente se tratase de ese especial influjo de lo prohibido, de ese curioso gusto por lo que no nos es dado recibir, por lo vetado y lo ajeno, al que tan solo podemos acceder si lo tomamos por la fuerza, pero el caso es que nuestro amigo siempre había experimentado una querencia intensa por reunirse con aquellos dos sinvergüenzas y compartir con ellos correrías y desmanes, y hasta allí se dirigió para cumplir su deseo.

Los encontró en una taberna oscura y neblinosa, rodeados por jarras espumosas de cerveza tibia. Se acercó a ellos con los brazos en alto, profiriendo un grito de alegría que llamó la atención de todos cuantos había allí y se sentó a su lado, exultante por las sinceras muestras de alborozo de sus viejos amigos.

Resultaba una pareja ciertamente llamativa. El más alto, llamado Rodrigo, era un hombre que, por su extrema delgadez y lo ajado de su piel, semejaba rebasar los cincuenta años, de pelo alborotado y escaso, piel trigueña y labios muy finos. Su mentón parecía sobrepasar lo que se hubiese considerado normal, pero tal desproporción se veía correctamente compensada por el tamaño de la nariz, aguileña y envalentonada como arma puntiaguda. Tal apéndice parecía un arma arrojadiza, siempre dispuesta a arremeter contra el enemigo y, desde luego, era lo más principal de la anatomía de su propietario, haciendo que cualquier otra característica palideciese en comparación con ésta. Su carácter era huraño, callado y taciturno, y tanto su voz como su sonrisa permanecían, casi siempre, ocultas a sus congéneres.

Su amigo, por el contrario, era lo menos parecido que podríamos encontrar. Bajo y gordezuelo, mostraba un rostro rubicundo, de mejillas abultadas y ojos saltones, nariz tacha y labios desmedidos que parecían sobresalir, como agobiados, en busca de oxígeno. Se llamaba Francisco, pero su mote, por motivos que a nadie extrañaría, era “silbón”. De aspecto tímido e insignificante, su carácter burlón y dicharachero desmentía tal afirmación de modo incuestionable. Su socarronería era conocida en toda la comarca y, aunque muchas veces le había ocasionado algún que otro enfrentamiento, la mayor parte de la gente lo tenía por un hombre de buen trato y agradable conversación, dado a las chanzas y a la juerga, y al que nunca un trabajo le malograba un momento de asueto o diversión.

Ambos eran conocidos delincuentes, acostumbrados a realizar pequeños hurtos y robos que les proporcionaban lo suficiente como para sacudir el hambre del cuerpo y acallar su sed de vino y aguardiente, pues su escaso entendimiento no les facultaba para acometer mayores empresas. Roberto, sin embargo, sí era capaz de soslayar ese problema.

Muchas veces había demostrado su valor, su temeridad y su capacidad de liderazgo. Por todos era conocida su nula disposición a arredrarse, su arrojo ante el peligro y su feroz enconamiento ante los avatares. Su enfermizo deseo de riquezas podía más que su honradez, y nada ni nadie podría detenerlo.

Los siguientes años darían buena muestra de ello.

Fue una época de maldad, de robos y de crímenes. Corrían en pos de la riqueza a lomos del odio, ahítos de sangre y cegados por el dinero. Juntos robaron tanto, y a tantos, que pronto su nombre se hizo conocido en toda la comarca. Con el paso del tiempo, su forma de actuar, que al principio era errática y nocturna, se volvió más atrevida, mucho más descarada, pues la gran notoriedad que habían alcanzado, lejos de hacerles recaer en la prudencia, les causaba gran orgullo. A su paso, los pueblos se cubrían de terror. Su nombre corría en boca de todos, por todos era temido y todos los hombres de mal vivir ansiaban formar parte de su grupo. Sus botines llegaron a ser inmensos, sus atracos innumerables, y su codicia inabarcable. Disfrutaban de lo obtenido en orgías que llegaban a durar varios días, gozando de la compañía de mujeres fáciles y cariñosas y de los halagos de cuantos borrachos sedientos se topaban Se creían invulnerables, poderosos y admirados, y era tal su ceguera, que se creían dotados de un halo casi divino, que les facultaba para acometer lo que les viniese en gana.

Su fama adquirió tal magnitud, que pronto su captura se convirtió en un problema de la mayor urgencia. Las autoridades no podían tolerar la situación durante más tiempo, y así decidieron adoptar medidas ciertamente drásticas. Gran parte de las fuerzas policiales fueron destinadas a la investigación de la banda, a su persecución y acoso. Y los resultados llegaron muy pronto.

La caza terminó una noche de marzo, cuando la muerte se adueñó de la escena. Se vieron acorralados al pie de una montaña, donde se habían ocultado con la esperanza de pasar inadvertidos, pero pronto entendieron que, en esa ocasión, la suerte, tantas veces compañera leal, les iba a resultar ciertamente esquiva. Su estrella se apagó esa noche, lanzó un último destello mientras peleaban con fiereza y dejó de brillar para siempre. Rodrigo y Francisco cayeron acribillados a balazos, pero Roberto no tuvo tanta suerte. A él lo cogieron con vida, y tuvo que pagar por todos sus crímenes.

El juicio se retrasó el tiempo suficiente para que la noticia de la detención corriese por toda la comarca y así permitir una celebración multitudinaria. Nunca en la historia hubo sesión alguna que congregase a tanta gente, y aún hoy, cuando ya el tiempo se ha llevado casi todo, muchos son los que recuerdan aquellos días, cuando Roberto, el criminal más famoso de la historia de San Esteban, hubo de pagar por las atrocidades cometidas.

Mientras ese día llegaba, los castigos, las venganzas y las palizas acabaron por convertirse en rutinarias. Su cuerpo fue golpeado, azotado, y hasta quemado, pues mucho era el odio que los policías habían acumulado y muchos los días que permaneció encarcelado en los calabozos de la comisaría. Mientras tanto, la única esperanza que se veía capaz de albergar era que, una vez terminado el juicio y dictada la sentencia, su estancia en la cárcel fuese llevadera y las torturas desaparecieran.

También ahí se equivocó. Fue condenado a veinte años, pero para él fue casi una vida.

La estancia en la cárcel consiguió doblegar su carácter indomable. Las palizas, los aislamientos, las enfermedades contraídas, unidas a una premeditada falta de los cuidados necesarios, contribuyeron a hacer de Roberto una sombra de lo que había sido. Su altanería, tan afamada durante años, dio paso a una desmedida introversión, su beligerancia se tornó docilidad y su soberbia en humildad. Cuando por fin abandonó el penal, apenas cumplidos los cincuenta y cinco años, ya no era más que huesos enlazados por jirones de piel, ojos hundidos en una máscara demacrada y un constante temor arraigado en su pecho, imbuido por golpes y desdichas. Caminaba como un espectro adormilado, con un torpe arrastrar de pies y la mirada encerrada entre recuerdos. Vagaba sin rumbo ni esperanza, recogía con vergüenza aquellas migajas que algunos desprendidos le lanzaban y se alejaba de todo contacto o relación que pudiese surgir, pues nunca nada satisfactorio habría obtenido de ello. Parecía un perro abandonado, huidizo y acobardado, al que todos maltratasen. A partir de entonces, su vida sería así.


Cuentan que un día, cuando ya se veía enfermo y casi moribundo, Susana se acercó a él. Aún lucía aquella belleza discreta de antaño, de ojos grandes y sinceros, aquella sonrisa tímida, apenas perceptible, y aún su piel era delicada y suave, tibia, inmaculada. Roberto vio cómo se aproximaba. La reconoció al instante y se sintió perdido. Un extraño pesar atenazaba sus tripas, un nudo férreo se refugió en su garganta y un sudor frío comenzó a brotar. Intentó refugiarse contra la pared, se arrebujó en su abrigo y su mirada se tornó huidiza. Hacía ya mucho tiempo que el remordimiento le mellaba las entrañas, que el arrepentimiento le hollaba el sentido, pero ver de nuevo a su antigua novia, ser consciente de la oportunidad perdida, del daño causado, le carcomía el corazón. Ansiaba encontrarse con ella, oler su cabello o acariciar su piel, pero odiaba que fuese así. Sabía que el pasado no se puede recuperar, que los recuerdos son tenues e inasibles y que el amor frustrado apenas son cenizas. Nada podría cambiar eso. Su oportunidad —él lo sabía—, se había ido para siempre.

La mujer llegó hasta donde él yacía, acurrucado en una esquina para protegerse del frío y de la lluvia. Se acuclilló frente a él, extendió la mano y le entregó unas monedas, mostrando una sonrisa tímida, apenas perceptible, como siempre había hecho. Un leve roce de su piel pálida recorrió las manos gastadas de Roberto, los dedos endurecidos y callosos, como una brisa suave y salvífica. Un estremecimiento recorrió su espalda, un intenso dolor cruzó su corazón, y ella se marchó para siempre, ajena a la identidad de aquel indigente que sufría arropado entre baldosines y tabiques.

— ¿Y no se volvieron a ver jamás? —, pregunté yo, sorprendido por el tono de emoción que ribeteaba mi voz.
— Nunca más —, respondió él, sumergiéndose de nuevo entre las siluetas informes de su vaso rojizo. Permaneció así unos segundos, absorto en sus palabras, y luego se levantó.

Apoyó sus manos en la mesa, se incorporó lentamente, sin duda envuelto en un dolor que quebraba sus huesos y comenzó a caminar, con un paso arrastrado y taciturno, como un espectro adormilado.

—Espere. Es usted, ¿no? Roberto, el de la historia. Es usted.

El anciano se detuvo, giró la cabeza y me miró con aquellos ojos eternamente acuosos, cubiertos por un humor denso que sus lacrimales se veían incapaces de aliviar. Bajó la mirada al suelo, encerró sus ojos en recuerdos y sonrió, con una sonrisa triste, cansada, muy cansada.


FIN

10 comentarios:

Miguel Baquero dijo...

Acabo de llegar de vacaciones, me imprimo el cuento, lo leo y te comento. He venido con las pilas cargadas y ganas de leer cosas interesantes. Un abrazo y gracias por tus comentarios durante este mes

g.l.r. dijo...

Bueno, Miguel. ¡Qué gusto tenerte de nuevo por aquí! Me alegra que vengas con las pilas cargadas, y así nos hagas disfrutar con tus escritos.
Un abrazo fuerte.

JUAN dijo...

Hola, amigo: He leído tu magnífico relato. En dos veces, pues se me hacía largo. Creo que se puede resumir un poco sin cambiar la idea, pues muchas frases repiten la misma cosa: el deseo de abandonar el pueblo.
Y me confunden u poco estos guiones de diálogos, cuando el que habla es una misma persona.Creo que podías haberlas unido en una misnma frase; pero claro, el autor eres tú y sabes mejor que nadie lo que intentas decir.

Por ejemplo, en este falso diálogo:
—No lo era, no —, respondió, apesadumbrado.

—Veamos, ¿por dónde iba? —, murmuró para sí, con su voz bronca.
— Ah, sí, ya sé. Caminaba hacia el horizonte.

¿Podría ser así?:
—No lo era, no —respondió, apesadumbrado—. Veamos, ¿por dónde iba?Ah, sí, ya sé —,murmuró para sí, con su voz bronca..


Caminaba hacia el horizonte.
Era una buena chica, pero con mala suerte, y el único que no se daba cuenta de ello era Roberto. Quizás fuese que su corazón era demasiado duro, no sé.

—Pero bueno, continuaré con la historia, que estoy divagando —.

—Si no le importa, la resumiré. Si me ando por las ramas, acabaremos muy tarde y debo retirarme a descansar. Además, sólo me ha invitado a un vino —.

Por lo demás, muy bien, aunque el final es demasiado explicito a mi entender.
Este sí es un texto que te podrían analizar muy bien el el foro.Creo que lo reducirían en gran parte.
Un abrazo.

g.l.r. dijo...

Hola, Juan. Como siempre, tus comentarios son muy atinados. La verdad es que el texto no acaba de gustarme. Estoy de acuerdo en lo de los guiones, y en la redacción original de Word lo he corregido. He quitado también alguna frase, algún adjetivo que chirriaba o resultaba excesivo, y modificado la estructura de unas cuantas oraciones. En lo que respecta al final sí comprendo que resulta demasiado obvio, pero estaba escribiendo la novela y algún que otro relato más y estaba deseando terminarlo. Trataré de dejarlo más en el aire.
Un abrazo.

Susana Eevee dijo...

Jolines, g.l.r., pues sí que me has chafado. ¡Necesito tu dirección electrónica! He visitado (toda convencida) tu perfil y resulta que no la tienes puesta.
Y me he quedado sin poder mandarte el correo...
Si tal escríbeme al mío (está en mi perfil de Blogger).

g.l.r. dijo...

Ok, Susana. Ya está hecho.
Un abrazo

Miguel Baquero dijo...

Te he dejado un comentario sobre el cuento anterior, que me ha encantado. Este también, la verdad es que tienes fuerza escribiendo, una decisión muy firme. Sólo un pequeño detalle de nuevo, porque alguna vez te he oído decir que agradeces las correcciones. Es un pequeño latiguillo que te he encontrado, algo así como un "tic" y es que tus adjetivos en este cuento, en un 90% de los casos, aparecen en parejas: "desvaído y confuso", "inhóspito y desapacible", "ásperas y gruesas", "lánguida y perdida"... No hace falta decirte que eso acaba perjudicando el texto. Le quita fuerza, porque si te fijas el segundo adjetivo suele ser completamente innecesario, esta implicado en el primero o sugerido por éste. Yo creo que es síntoma de que aún te desenvuelves con cierta cautela ante las páginas y no te atreves a meter una marcha más directa. Si puedes (y quieres), mira el texto, quita los adjetivos duplicados, conserva las parejas sólo cuando el segundo adjetivo diga algo realmente distinta, y veras como el texto gana contundencia, o eso pienso yo.

Espero que no te moleste mi consejo. Por lo demás, mucho ánimo: escribes muy bien y pareces andar con paso firme

g.l.r. dijo...

¿Cómo me va a molestar tu comentario, Miguel? Valoro mucho tu opinión, y el hecho de que señales las cosas que no te han gustado es lo que me ayuda a mejorar. Agradezco tu sinceridad y tus halagos, así que no cambies, por favor.
En el texto original he cambiado bastantes cosas, y una de ellas es esa profusión de adjetivos.
Un abrazo, y muchas gracias por tu visita y por tus consejos.

B. Miosi dijo...

g.l.r. Ya te dejé un comentario de esta parte en Prosófagos, es una historia original, perfectible.

Un abrazo!
Blanca

g.l.r. dijo...

Ya lo he visto, Blanca, y ya está colgada la respuesta, aunque no las modificaciones.
Un abrazo.
Siempre me alegra recibir tu visita.