sábado, 5 de septiembre de 2009

El asombroso caso de Virgilio Márquez (1ª parte)


Aunque pueda resultar ciertamente cuestionable, siempre he pensado que el último deber de un hombre viejo como yo, tan cercano a las postrimerías de su azarosa vida, es el de hacer gala de la mayor de las honestidades, confesar todo lo pasado y vaciar el cajón de sus recuerdos para bien de su familia, de sus más allegados e, incluso, si la relevancia de la vida propia ha sido notoria, para el conjunto de una sociedad que, en no pocos casos, se halla sumida en la más absoluta de las ignorancias, ayuna de conocimiento sobre los peligros que le acechan y desprovista de guías que la alumbren e instruyan.

Próxima ya la hora de mi muerte, tal pensamiento ha venido a convertirse en certeza. Mi convencimiento de que tal proceder es lo correcto es, sin lugar a dudas, absoluto, y ha hecho tal mella en mí que he llegado a la firme conclusión de que el peligro de que mi reputación, ganada con denuedo tras toda una vida de entrega a los demás, se vea rendida por la ignominia o festoneada por chanzas de incrédulos e iletrados, no debe arredrarme ante la importancia de mi confesión, pues tal riesgo palidece frente a lo notable de semejante testimonio. Las ventajas que supone el conocimiento de lo que voy a relatar son tantas, y de tanta importancia, que superan con creces el desagradable escollo de que mi nombre se vea arrastrado por el lodo o de que mi figura, tan ensalzada durante años por todos aquellos que me rodearon, se suma para siempre en el ostracismo más lacerante o vergonzoso para mis allegados. A mí en nada me afectará –es cierto – pues, como digo, la hora de mi muerte está muy cercana y, acaso, tan sólo tenga que soportar unas punzadas de repudia por corto espacio de tiempo que se verán, sin duda, atenuadas por mi senectud o escasa percepción. Quizás sea doloroso, sí, pero a buen seguro sabré soportar tal afrenta. Debido a ello, nada me preocupa mi persona, pero sí, desde luego, mis familiares. Son ellos los que deben aceptar mis más sinceras disculpas por colocarlos en el centro de la polémica y convertirlos en diana de los dardos maldicientes de aquellos que me vituperen o denigren y son, por tanto, los que tendrán que afrontar las consecuencias de tal escarnio. Vaya entonces desde aquí mi descargo y mi recuerdo, pues son ellos los que, con su cariño y atenciones, me han convertido en lo que soy. Para todos ellos, muchas gracias.

Es preciso no refugiarse en la ignorancia o la estulticia, se lo aseguro. Puede ser tentador el huir de todo aquello que nos atemoriza, de todo aquello que debilita nuestras creencias y renunciar a un enfrentamiento frontal con nuestros miedos e inquietudes para seguir amparados bajo el reconfortante manto de la inconsciencia o el olvido. Puede resultar tentador, es cierto y, de hecho, muchos son los que se recluyen en tal inepto comportamiento, pero yo, desde luego, no estoy dispuesto a secundar estas cobardes actitudes y así renunciar a desvelar mis vivencias más amargas e increíbles. He decidido, pues, armarme de valor, rechazar cualquier temor que la ignominia me pueda infundir y contar la historia que, durante tantos años, ha atormentado mi vida. Relataré, entonces, aquello que he venido a contar, y lo haré por el bien de todos, sin temer los riesgos mencionados anteriormente, aunque por repuesta no obtenga gratitud alguna y sí repulsa, burla o desdén.

Estoy plenamente convencido de que todo lo que ustedes van a leer a continuación hará que palpite en sus corazones ciertas dosis de inquietud y grandes cantidades de incredulidad pero, háganme caso. No dejen el texto a medias, continúen leyendo y no formulen criterios de valor hasta que, una vez finalizada la lectura, no hayan recapacitado el tiempo suficiente como para ampliar sus horizontes y olvidar los apretados corsés que una sociedad cerril y una ciencia anclada en remotos prejuicios nos imponen. Atrévanse entonces, no aparten la vista de estas líneas, y piensen sobre ellas. Hecho esto, la decisión final será suya.

Disculpen la prolija introducción, pero he considerado necesario aclarar ciertas pautas para, de este modo, esclarecer los sentimientos que me han llevado a redactar esta nota. Lo siguiente constituirá, en cierto modo, la más valiosa contribución de todas cuantas haya hecho a la sociedad que me ha acogido. Tómenla, por tanto, de este modo, pues de su aceptación, de la credulidad que ustedes muestren, puede depender la vida eterna de muchos.

Comenzaré pues con el relato.

Toda mi vida he sido un siervo de Dios. Sólo eso. Un humilde sacerdote de pueblo, demasiado ocupado en abastecer de esperanzas a una población deprimida y abandonada por el progreso, ávida de bienes y falta de sueños y que, por curiosos avatares del destino, claramente ligados, no obstante, a mi exhaustiva preparación académica y a mi exacerbado interés por mejorar las condiciones de vida de mis feligreses, acabó sus días dedicado al peligroso y poco reputado mundo de la política.

Con el paso del tiempo, tras mis primeras apariciones públicas, resulté favorecido con el apoyo de las altas esferas eclesiales y agraciado por el cariño y respeto de mis vecinos, hombres cabales y de gran corazón que optaron por otorgarme, con presteza, su confianza y sus votos.

Ante las exigentes obligaciones de mi cargo, cada vez mayores y más absorbentes, me vi impelido a modificar mi residencia, abandonar a mis queridos conciudadanos y mudarme a una gran casa solariega, más cercana a la ciudad de Madrid y más adecuada —dijeron—, a mi recién estrenada posición social.

Me trasladé entonces a una gran casa de piedra, de enormes balconadas molduradas y gigantescos pasillos de madera que se veían salpicados por incontables puertas oscuras que parecían observarme en mi deambular diario. Sus dos plantas cuadradas, de un tamaño absolutamente desmedido, precisaban, para un adecuado lustre, de un ejército de criados y doncellas que el Arzobispado había puesto a mi disposición y que resultaban dirigidos por la Señora Gonzalves, una anciana portuguesa que llevaba años afincada en Madrid, y por Francisco Giraldez, un andaluz flaco, prepotente y mal encarado, que, a pesar de su repulsivo aspecto, realizaba el trabajo de forma realmente encomiable. Un denso robledal, acuchillado por varios caminos de servicio que daban acceso a diferentes zonas de la finca, se extendía alrededor de la casa, lo que contribuía, sobremanera, a atenuar el asfixiante calor estival que suele inundar los entornos de la Capital.

Los fines de semana, liberado ya de mi labor pastoral, la vida discurría apacible y sosegada. Optaba yo por aislarme del intenso trajín que suponían mis quehaceres diarios y sólo mi tranquilidad se interrumpía, de forma temporal, por la visita de alguno de mis amigos que acudían a hablar de política, de los problemas económicos y sociales que asolaban el país, y de tal o cual miembro del partido contrario que hubiese suscitado alguna polémica en sus intervenciones semanales.

Uno de estos visitantes, hombre de gran reputación, vasta cultura y extraordinaria afabilidad, era D. Virgilio Márquez, zaragozano de pura cepa y político de vocación que llevaba casi dos décadas ocupando escaño. Era hombre querido y respetado por todos, de gran talento para las relaciones personales y exquisito discurso en tribuna. No se le conocía enemigo alguno y, aun cuando sus intervenciones públicas eran de gran calado y suscitaban un enconado debate con la oposición, sus elegantes y respetuosas formas no despertaban nunca ninguna molestia en sus contrarios ni, incluso, en sus compañeros.

Su rostro era sonrosado, rubicundo, de mejillas abultadas y brillantes que asomaban tímidas entre el cerco que formaban las patillas y el mostacho. Sus ojos eran pequeños y vivarachos, de color negro, y siempre mostraban un intenso brillo fruto de su animado carácter. Su sonrisa era abierta, y su figura, digamos que amplia. Siempre deleitaba a sus amigos con una conversación afable, ribeteada por constantes sonrisas que siempre presagiaban ratos de asueto y entretenimiento, pero aquel día, cuando apareció de improviso en mi casa, su aspecto no era el de siempre.

15 comentarios:

JUAN dijo...

Hola, g.l.r
Un buen relato exquisito en cuanto a la prosa y estilo que empleas, que tanto me gusta.
No obstante, y tal como temes, se me hace demasiado extenso el prólogo, que ocupa más extensión que el relato mismo.

Demasiadas a mi entender alusiones a la próxima llegada de la muerte, que ocupa los dos primeros párrafos.
Tengo entendido(lo leí en algún manual) que tanto detalle es bueno para una novela; pero el relato debe ser más conciso.
Otra cosa que frena mucho la lectura es la profusión de comas, muchas de las cuales se pueden evitar.Si lees en voz alta y te detienes un segundo al mneos en cada una de ellas, verás que a veces se pierde el hilo de la historia.
Por ejemplo en este fragmento:
"Tómenla, por tanto, de este modo, pues de su aceptación, de la credulidad que ustedes muestren, puede depender la vida eterna de muchos."
Me parece muy cargado, yo lo hubiera escrito así:
Tómenla por tanto de este modo, pues de su aceptación y de la credulidad que ustedes muestren puede depender la vida eterna de muchos.
También hubiera puesto dos puntos en esta frase:
"pero háganme caso: no dejen la lectura a medias, continúen leyendo..."
Bueno,sólo intento un intercambio de opiniones, no afirmo nada.
Un abrazo.

g.l.r. dijo...

Juan, ¿sabes qué pensé cuando estaba colgando el texto? Pues que si eliminaba los párrafos anteriores al comienzo del relato en sí, el cuento no se veía mermado en absoluto. No sé por qué me lío tanto al escribir. Me gusta hacer esas introducciones, pero peco por exceso.
En fin, trataré de corregirme.
Respecto a las comas, la verdad es que no sé qué decirte; nunca sé dónde van. ¡Oh, misterio insondable! Me gusta hacer esas pausas, no sé por qué. A veces creo que le dan más dramatismo o mas teatralidad, pero sí entiendo que cortan el hilo, al igual que esas frases tan extensas que escribo.
Bueno, le echaré un vistazo, a ver qué puedo hacer.
Un abrazo, amigo, y gracias por tu fidelidad.

g.l.r. dijo...

¡Ah!, un comentario final. Con lo que no estoy muy de acuerdo es con eso de que la novela requiere más detalle que un cuento. Creo que una excesiva profusión de detalles en una historia de trescientas páginas puede hacer la lectura realmente pesada, pero si es un cuento de diez, doce, o incluso treinta páginas, el lector tiene más paciencia. En el cuento debe primar, o así lo creo yo, la descripción, los detalles y la acción rotunda, mientras que en la novela la redacción debe ser mucho más liviana, sin tanta parafernalia literaria.
Bueno, al menos eso creo.
Un abrazo.

JUAN dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
JUAN dijo...

Hola, amigo. Dices: "Respecto a las comas, la verdad es que no sé qué decirte; nunca sé dónde van. ¡Oh, misterio insondable! Me gusta hacer esas pausas, no sé por qué."
La verdad es que te comprendo,yo también hacía lo mismo. Pero en un foro me dijeron que, sin olvidar el uso preceptivo en los lugares indicados, era bueno leer en voz alta haciendo las pausas que había escrito. Entonces te das cuenta de cuándo se frena la lectura y cuándo se hace más fluida.

Para descripciones largas, las de Madam Bovari: te lees tres páginas describiendo un camino.
Como me dijiste que participabas en un foro, será bueno saber qué opinan allá.
Un abrazo.

María Jesús Almendro (Ladymacbeth) dijo...

Estupendo relato, no te preocupes por lo errores de ortografía y todo eso. Yo voy corrigiendo las mías despacio porque tengo un porrón, menos mal que están ahí los/las correctores/ras literarios :O) Porque soy un error continuo a lo largo de mi corta vida literaria, soy un desastre, sólo tienes que leer en mi blog o por donde dejo mi huella.

Un beso!

g.l.r. dijo...

En eso andamos todos, Ladymacbeth: corregir, corregir y corregir, hasta que llegue nuestra oportunidad y podamos gozar de la presencia de un corrector literario o un corrector de estilo.
A Dios gracias, yo os tengo a vosotros.
Un beso.

B. Miosi dijo...

El lenguaje en el que está escrito es el mayor valor de la obra, un castellano antiguo, prolijo, educado, que da el ambiente necesario para suponer la época en la que se llevan a cabo los acontecimientos.
Supongo que es parte de un texto más largo, pues el final luce inacabado, como si faltase una continuación.
Y la primera parte o el prólogo es bastante extenso, si lo recortases un poco... son dos folios explicando que debe contar algo, claro, después de enterarme que se trataba de un cura metido a político empecé a entender el asunto, :)
Un repasillo no le vendría mal, eso sí, con tijeras en la mano.

Un abrazo,
Blanca

g.l.r. dijo...

Así es, Blanca. Como bien has supuesto, el relato tiene continuación -que en breves días colgaré-, pero me olvidé de indicarlo en el título; fallo imperdonable que asumo con verguenza.
También he pensado yo en lo extenso de la introducción, y lo estoy modificando en el archivo original. ¡Cómo me duele emplear las tijeras y qué necesarias son!
Muchas gracias por tus aportaciones, y un beso fuerte.

Hada de los tiempos dijo...

¡¡¡Hola!!! Soy el Hada de los tiempos, y hemos creado una comunidad para reunir la literatura y el cine de fantasía desde sus inicios a la actualidad con la participación de todos los miembros: cuentosdehadas.ning.com

Esperamos que os guste. ¡¡¡Besitos!!!

g.l.r. dijo...

Hola, Hada. Interesante iniciativa; me pasaré.
Un saludo.

Miguel Baquero dijo...

Como siempre, espero al final para imprimirlo y comentarte. sólo una cosilla sobre si las descripciones deben ser prolijas o no. La regla es que no hay regla al respecto. Azorín hacía descripciones de cinco o seis páginas y Baroja pintaba una pintura o una situación de un brochazo. Yo prefiero a Baroja, pero lo que importa en último caso es la calidad, que nada de lo que se describa sea inútil y todo sea significativo.

Yo prefiero, particularmente, las descripciones cortas, porque en los tiempos en que vivimos, sea por la tele o las películas, todo el mundo tiene formada, más o menos, una idea de los lugares. Creo absurdo decir: entra el protagonista en un supermercado, a la derecha están los congelados, frente a él los yogures, un pasillo más allá los aceites... Hoy basta decir: entra en un supermercado y punto. O entra en un puticlub y va hacia la barra.Ya está. Son sólo ejemplos exagerados, pero igual que las comas sólo se deberían poner las precisas, en las descripciones también habría que intentar cortar lo innecesario. Si al final queda una descripción extensa, pues bueno.

Cristina Puig dijo...

Excelente relato,
La introducción mantiene al lector en vilo hasta el final, no pude parar de leer hasta saber que pasaba. El estilo y uso de las palabras es excelente, y el final me dejó en tensión. Por otra parte me gsuta mucho cómo describes al personaje.
Un abrazo, sigue así, espero continuación,
Cris

g.l.r. dijo...

Hola, Miguel.
El problema con el que me encuentro cuando escribo viene dado por mi forma de enfrentarme a la historia. En mí, todo surge de la improvisación; nada es meditado ni planificado. Decido escribir un cuento, pienso en un comienzo y lo escribo, pero el resto de la historia permanece oculto. Las ideas comienzan a brotar mientras escribo, y la redación peca, precisamente, de esa improvisación. Para empeorarlo más aún, aborrezco el proceso de corrección, así que casi no la llevo a cabo.
Con estos mimbres, los textos salen como salen, y no suelo acabar demasiado satisfecho con el resultado. No obstante, procuraré corregirme, hacerme más metódico, no tan caótico. ¿Quién sabe? Quizás salga algo bueno de todo esto.
En fin, un abrazo, Miguel, y muchas gracias.
Siempre un placer.

g.l.r. dijo...

Hola, Cristina. ¡Qué gusto tenerte por aquí! Me alegra que te haya gustado, pero creo que las tijeras son inevitables. He quitado varias cosas, y creo que el relato mejora. Ya sabes lo que me pasa: me lío la manta a la cabeza y no paro de escribir. Al final salen unos tochos que se hacen pesados, pero como he dicho, trataré de corregirme.
Un beso.