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domingo, 24 de mayo de 2009

Miserias literarias; augurio de pesares

En un comentario reciente, Pedro de Paz, ilustre visitante de esta modesta bitácora vuestra, tuvo la amabilidad de recomendarme un blog llamado "Miserias Literarias", en donde su autor, un conocido escritor amparado bajo el pseudónimo de Prometeo, desgrana la realidad editorial española de una modo casi desgarrador para el escritor novel pero, y esto es de agradecer, sí abundante en realismo. El motivo de ocultar su verdadera identidad, decía él, era el temor a sufrir represalias posteriores por desvelar infames comportamientos e impropias actitudes de los popes de este mundillo en el que muchos aspiramos a entrar. Lamentablemente, quizás sus sospechas no eran infundadas, quizás sus detractores lograron su objetivo; las entradas de Prometeo terminaron en el año 2007, y ya no se ha vuelto a saber nada más de él. Sin embargo, por suerte para muchos, aún siguen ahí, colgadas sabe Dios de dónde, iluminando a todos aquellos que aún lo leen.

Su blog, seguido de forma habitual por un gran número de lectores, describía el largo camino de ilusiones y desdichas por el que transitamos todos los aficionados al mundo de la literatura, estableciendo, o así me pareció entender, una premisa fundamental: poco tiene en común el oficio de escribir con la consecuencia de publicar. Así dicho, tal afirmación puede parecer extraña o confusa, pero trataré de explicarme mejor.

Prometeo, de modo claro y ameno para el lector, descubre un sinfín de claves muy útiles para el escritor novel a las que, casi siempre, la mayoría de nosotros nunca tenemos acceso. Resulta en ocasiones descorazonador, es cierto, el saber que buena parte de los concursos literarios en los que volcamos nuestras ilusiones, como casi único modo de introducirnos en este mundo de las letras, están manipulados y concedidos de antemano; resulta sorprendente el enterarse de que buena parte de los escritores que conocemos y admiramos no obtienen los cuantiosos beneficios que nosotros, ingenuos redomados, les atribuimos, y resulta desmoralizador el comprobar que no siempre la calidad es lo que cuenta -aunque esto último nos pueda abrir las puertas a alguno. Es el blog, en suma, un compendio de los muchos pesares que acompañan al escritor en su lucha diaria, y conforma un acertado augurio de las muchas penalidades que nos esperan a los noveles. Sin embargo, y concediendo que esto ya todo el mundo lo sospechaba, el oculto Prometeo, y los múltiples visitantes que contribuyen a hacer de "Miserias literarias" una bitácora especialmente útil y reveladora, hace especial hincapié en que seamos obstinadamente testarudos en nuestros anhelos y nuestra vocación, sin dejarnos arrastrar por la dificultad y los obstáculos que nos encontremos en el camino, por muy numerosos que éstos sean. Abre de este modo una puerta a la esperanza, arroja algo de luz sobre esta senda abrupta y compleja, y contribuye a que nos liberemos de ansias perniciosas que pudieran llevarnos a querer llegar demasiado deprisa. Aconseja, en fin, al igual que el siempre afable y generoso Miguel Baquero en uno de los comentarios que ha incluido en "el Novelista novel", que sigamos escribiendo, que tratemos de hacerlo cada vez mejor, con todas nuestras fuerzas, sin pensar en lo que de ello podamos obtener, sin plantearse objetivos ulteriores, haciéndolo tan sólo, y eso es lo bueno, por el enorme placer que con ello logramos. Concedámosle entonces a ambos, sin ninguna duda, que no hay consejo más sabio.
La conclusión más juiciosa que se puede extraer de la lectura de "Miserias literarias" es que publicar es, para todos nosotros, un sueño muy deseado, un gran anhelo, pero es algo que nunca debe apartarnos de la verdadera vocación. Muy largo es el camino que hay que recorrer para llegar a las editoriales, y siempre está preñado de mil trabas que sortear. Unos lo consiguen, otros no;no nos agobiemos, por tanto, por ello. Si llega, alabado sea Dios; si no llega, nos queda el disfrute logrado. Y eso, estaréis de acuerdo conmigo, es mucho.

Yo ansío publicar, es cierto, pero me entusiasma escribir. Desde que comencé con ello, hace casi un año, la satisfación que me produce es cada vez mayor, cada vez más intensa, y por eso continúo. Ya he dejado atrás las ínfulas de best seller, los anhelos de fama y reconocimiento, y ya tan sólo me refugio en el gozo obtenido. Procuro mejorar, escribir cada vez más, cada vez mejor, y creo que ése es el camino adecuado. No dejo atrás el gran sueño de ver algún día una obra mía publicada, lo reconozco, pero ya no me dejo cegar por ello. Ahora, y eso es lo más bonito, tan sólo disfruto.

viernes, 6 de marzo de 2009

De libros y Autores

Hace ya mucho tiempo que comencé a leer, aún lo recuerdo, pero hace ya mucho tiempo. Fue un proceso gradual, natural, llevado por mi afición a los cuentos y, sobre todo, a los tebeos. Recuerdo tres volúmenes, de Andersen, Grinn y Perrault, en los que me refugiaba siendo un niño y con los que me dejaba llevar a paisajes maravillosos, a mundos extraños plagados de duendes, princesas y magos que llenaban mis tardes y mis sueños. Esos tres autores me acompañaron durante mucho tiempo y, juntos, lograron que la literatura, aun sin pretenderlo, me enganchase para siempre. Tras ellos vinieron otros, quizás peores, no lo sé, pero que también pusieron su granito de arena en la creación de mi afición, y con ellos disfruté como nunca. A decir verdad, lo confieso, hace poco he leido algo de ellos. Me refiero a "Los Cinco" y a "Los Hollister". Tenía todos sus libros, -aún los guardo- y todos ellos hicieron que mi imaginación volase en busca de tesoros ocultos y malvados delincuentes. No hay lector, adulto en la actualidad, que no los haya leído.
Pasaron los años, crecí y seguí leyendo. Y vinieron los grandes. Me volqué en las grandes obras de la historia, tan denostadas hoy por muchos, y que a mí me siguen pareciendo maravillosas. Leí "La isla del tesoro", "Los tres mosqueteros", "El Conde de Montecristo", las de Julio Verne, y muchas más, y todas me fascinaron -aún lo hacen-. Aquello sí que era bueno: piratas, espadachines, personajes maquiavélicos, y preciosas mujeres. Los héroes eran fantásticos, valientes," echaos p'alante", generosos y honestos. Y los malos eran malos. Piratas con patas de palo y loros en el hombro, Cardenales pérfidos y malvados, espadachines violentos y valientes, con la mochila llena de venganzas y asesinatos sin pagar, y las caras surcadas por cicatrices claras, perillas afiladas y patillas espesas. Nada hubo mejor y, a buen seguro, es difícil que lo vuelva a haber.
Seguí creciendo, leí otros libros, pero estos, estos que me llenaron la cabeza de aventuras y desventuras, nunca me han abandonado y, espero que sea así, nunca lo harán.
Sigo leyendo, crezco al mismo tiempo, y paso a otras grandes obras. Recuerdo un libro que compré, unas doscientes pesetas del ala en quiosco -tapa blanda-, y que no me gustó. Más tarde sí, con el paso de los años, pero, en aquel momento, no me gustó. Se trataba de "Cien años de soledad", de Gabriel García Márquez, y me decepcionó. Leí muchas de sus obras, todas las que pude encontrar, más bien por obligación que por devoción, pero nunca consiguió atraparme. Aún hoy no lo hace, aunque lo reconozco y lo valoro pero, he de admitirlo, no me atrae. Quizás sea un ignorante, un atrevido, o un bobo, pero no me atrae, no me emociona, y nunca lo hará. Dame un libro de Stephen King -alguno que otro-, de Le Carre o de Forsyth, y disfrutaré como un enano. Dame un libro de Agata Christie, de Conan Doyle o de Dashiel Hammet y seré feliz, muy feliz pero, lo repito, Márquez no me emociona. Y Vargas Llosa tampoco. Son excelentes escritores, todos ellos, y todos ellos son geniales en lo suyo, pero yo me divierto más con las historias de los anglosajones. Quizás sea un burro, quizás a muchos les parezca casi una herejía y piensen que no tengo ni puta idea de lo que es bueno o es malo, pero yo así lo siento. Para mí -imagino que para todo el mundo-, la literatura, las novelas, son ocio, fundamentalmente. Han sido escritas para entretener, para que la gente se divierta y disfrute con ellas, y no para crear grandes escritos trascendentales que nos imbuyan un sentido moral y estético que nos eleve hasta los cielos. Eso son chorradas, bobadas y gilipolleces, y los autores que buscan iluminarnos con sus escritos me la traen bastante "al pairo". No me interesan y no pienso perder el tiempo con ellos. Hay muchísimas novelas que leer, muchísimas de las que disfrutar, como para sacrificarte por algo que no te importa. Demasiado que leer y uy poco tiempo para hacerlo. Ni un minuto de miv
vida pasaré con ellas. No señor. No lo merecen.
He disfrutado mucho con Thommas Mann -"La montaña mágica" me parece una maravilla-, con Dostoievski, con Stendhal o con, aunque el grupo sea en exceso heterogéneo, Pedro Antonio de Alarcón. Me fascina "La conjura de los necios", me maravilla "Las máscaras del héroe" y me intriga "La carretera", de Cormac Mc Carthy. Ansío recuperar "Rojo y negro", "La cartuja de Parma" o a Valle Inclán. Anhelo retomar a Walter Scott, a Hoffmann o a Le Fanu y he temblado con Poe, con Bierce o con Maupassant. Relatos breves como los suyos, y como los de Stendhal -que no se me olvide-, son casi imposibles de superar. Con ellos me afano en la lectura, me sumo en sus hojas y me asombro de sus genios. En pocas ocasiones, que yo conozca, se han alcanzado cotas tan altas. Con toda seguridad, si la justicia existe, Dios guardará sus obras para siempre. Son irrepetibles, inaccesibles para la mayoría, y se lo han ganado. Todos, sin duda, pero para mí, y repito, para mí, hay alguien mejor.
No sé si acierto, no sé si es cierto pero, si hay alguien que me guste, si hay alguien que me asombre y al que admire, ése es P.G. Wodehouse. Sus mayordomos, como el genial, e inimitable, Jeeves, sus señoritos, juerguistas, traviesos y remilgados, o sus nobles, con sus doncellas y criados, son irrepetibles y absolutamente desternillantes. Te ríes con ellos, disfrutas con ellos, y son increibles. Pero te los crees. Wodehouse es único y, para mí, siempre lo será. Nunca se ha visto ironía tan fina, ni humor tan mordaz. Wodehouse es, para todos los que lo admiramos, por derecho propio, uno de los más grandes escritores de todos los tiempos, genial y exquisito, aunque, por los temas que trata y la forma en cómo los trata, no tenga ese reconocimiento general al que su absoluta maestría le hace merecedor. Quizás algún día -confío en verlo- se desfaga el entuerto y su memoria obtenga todo aquello que le corresponde.
Y ahora, por último, los españoles. Ya he hablado de varios, aunque hay muchos más. Juan Manuel de Prada es una de sus mejores plumas, una de las que más me gusta y más admiro. Quizás el nivel obtenido con su novela "Las máscaras del héroe" sea demasiado alto, quizás hasta para él mismo, pero seguro que nos depara otras maravillas encuadernadas de las que él es capaz. Dios lo quiera, por el bien de todos.
Pérez Reverte es otro maestro, denostado en sus inicios, pero genial en su imaginación y valorado, finalmente, por los círculos más académicos que tanto le rechazaron en un principio. Alatriste es uno de los grandes personajes de los últimos años, no hay duda. Ojala salgan más como él.
Javier Marías, genial como pocos; Umbral, maestro de maestros, o Baroja, de los más grandes del mundo. Y los más jóvenes. Lorenzo silva -aunque no sea tan joven- me gusta mucho, y Bevilacqua, su criatura, ha de ser un buen tipo. Con él ha vuelto un género, se ha recuperado lo negro, y me alegro por ello. En esto destaca otro, Pedro de Paz, admirado y seguido por mí, y culpable de que que me envanezca como un bobo con cada comentario que publica en mi blog, regalándome sus palabras. Su "Documento Saldaña" es una gozada, y reconcilia a uno con las novelas de aventuras y detectives. Sus protagonistas son reales, auténticos, y llenos de vida. Él los hace así, él los crea y los pone a trabajar. Y eso es muy difícil.
Juan Gómez Jurado, joven -hasta lo insultante- escritor de éxito, capaz de pergeñar tramas que te absorben y te atrapan y, por lo que yo sé, excelente persona. Los lectores lo adoran, y se lo demuestran con cada libro. Porque se lo merece, y porque se lo curra.
Y por fin una mujer- aunque no la única-.
Marta Rivera, excelente novelista y escritora, a la que, a buen seguro, espera un sinfín de éxitos en su ya laureada carrera.
A todos los leo, y a todos los admiro, ya desde pequeño, como siempre lo he hecho. Son muchos, claro que sí, pero faltan muchos. De algunos me olvido -eso seguro-, a otros, los que menos me gustan, no los pongo de forma consciente, y muchos, o muchísimos, habrá que no conozco. Todos ellos merecen la pena, y todos ellos deben ser leídos. Creo en eso, por supuesto, pero no hay tiempo.
Hay tanto que leer, tanto que aprender, que no se pueden perder las horas. Hay poco tiempo, y es valioso. Muy valioso.
Pues ¡hala!, no se hable más, coño. ¡Manos a la obra!¡A leer! Y a escribir. Que el tiempo vuela.

martes, 3 de marzo de 2009

Novelas, relatos breves, ¿o qué?

En "Primera Plana", que marca el inicio de este blog, explico, de manera más o menos sucinta, cómo surgió en mí la idea de ponerme manos a la obra y comenzar a escribir. Fue -explico-, casi una pulsión. Fue un impulso inconsciente, desde luego no premeditado, de buenas a primeras. Un buen día, sin saber qué hacer delante del ordenador, comencé a escribir. Era una pequeña escena que había imaginado la noche anterior, un cuadro que se coló en mis sueños y los llenó de robos, asesinatos y policías. Y lo hizo, además, sin pedir permiso a nadie. Pero me alegro de ello. Desde luego que me alegro. Desde aquel día, maravilloso día en el que mi cabeza se llenó de historias que ansiaba transmitir, ya no he parado. Continúo haciéndolo, todas las horas que puedo - no sé qué pensará mi mujer-, y ya no pienso olvidarlo.
Recuerdo que, una vez que vi la escena terminada, con muchísimos defectos, por supuesto, no supe qué hacer. A pesar de sus errores que, como explico en "Primera plana", los había a cientos, aquello me gustó muchísimo. Para mí fue casi una revelación, la constatación de que, si me esforzaba en ello, si volcaba en ello buena parte de mis anhelos, era capaz, yo, que nunca lo había imaginado, de juntar algunas letras con cierto sentido. A partir de ahí y, no sin gran sorpresa por mi parte, decidí no dejarlo nunca. Descubrí que me entusiasmaba, que me refugiaba en aquellas escenas y me metía en ellas hasta el fondo. Descubrí que, cuando lo hacía, era feliz. Y por eso seguí.
Por aquel entonces, inconsciente de mí, no llegué a plantearme nunca si lo que debía hacer era, empezar una novela o, por el contrario, comenzar con pequeños relatos que me ayudasen a aprender cómo era aquello de escribir. No pensé en las consecuencias, en el esfuerzo o en las carencias. Nunca me lo planteé, ni un solo momento. Comencé a escribir una novela que no había imaginado de manera previa. Comencé sin pensar. No había hecho ningún planteamiento inicial de la trama, ninguna descripción de los personajes o, ni tan siquiera, pergeñar, aunque fuese brevemente, un cierto argumento. Comencé a escribir, continué haciéndolo, y surgió, unos cinco meses después, una novela.
Las escenas surgían de mi imaginación, casi, sin solución de continuidad. Se agolpaban unas contra otras, en mi cerebro, y mi trabajo, precioso trabajo, fue el ir desgranándolas, poco a poco, hasta hacerlo, más o menos, coherente e interesante. Mientras escribía, algunas veces de manera frenética, no sabía qué iba a pasar a continuación. No sabía qué iba a ser de los personajes que introducía-cada vez más- en la trama. No sabía, incluso, cómo iba a terminar la escena que estaba escribiendo. Ponía, como se suele decir, a los protagonistas en una situación determinada, les daba plena libertad, y que ellos salieran de ella, por sus medios, sin mi ayuda. Todo surgía de sorpresa, casi de la nada, y siempre me resultaba grato. Aquello era una aventura, como si, yo mismo, me situara en la acción y me expusiera a los peligros de la escena. Nunca fui un espectador o un narrador, era, más bien, uno de los protagonistas. No quiero decir con esto que yo me haya situado en la trama y haya creado un personaje a mi imagen, sino que, como todo era tan sorprendente y tan "a tiempo real", muchas veces, ni yo mismo sabía qué iba a pasar. Planteaba una situación, introducía a los personajes y escribía. Ellos hablaban, improvisaban y la escena terminaba. No como yo esperaba, si no como ellos decidían. Así seguí y así escribí la novela. Ciero es que, al final, tuve que hacer un notable esfuerzo por desentrañar la red que, sin pretenderlo, había tejido, pero la novela se escribió, y para mí resultó sorprendente. Pocas veces, muy pocas, me he sentido tan satisfecho. No entendáis con esto que mi intención es señalar que la novela sea una obra maestra o, tan siquiera, mediocre. No es eso, no. Me sentí satisfecho porque, por fin, lo había conseguido. Nunca lo había imaginado pero, al fin, lo había conseguido.
La novela reposa ahora en un cajón. Pocos han tenido la oportunidad de leerla, y así seguirá por un tiempo. Con ella me siento bien. He de revisarla, por supuesto, pero me siento bien. Ya está hecha, y esperará por mí hasta que, un buen día, la retome, me ponga de nuevo frente al ordenador, y corrija lo que no me gusta. Ahora estoy escribiendo otra -ya no quiero parar-, y en ella me refugio y me escondo. A ella le dedico mis horas de insomnio -así nunca dejaré de padecerlo-, y sigo disfrutando mucho. Pero bueno, me estoy desviando del tema.
Antes comenté que no me había planteado qué era lo que debía hacer. Escribí una novela larga y lo hice casi sin querer. No me planteé, ni tan siquiera un segundo, comenzar por relatos breves, poesía o novela corta. Con dos cojones, sin saber dónde me metía, pero con dos cojones, me volqué en la novela larga. Y ahora, con toda sinceridad, creo que fue un acierto. Echo la vista atrás, veo hasta dónde me ha llevado todo esto y, veo que, para mí, fue un acierto. Ya no se trataba de aprender algo que no sabía y que, aún hoy, sigo sin conocer. Ya no se trataba de pulir defectos o carencias -que eran absolutas. Se trataba de hacerlo. Se trataba de ver si yo era capaz, marcarse un reto y luchar por el, esforzarse y pelear. Y así lo hice. Me puse al tajo y lo hice. Aunque no sea la forma.
He comenzado a escribir relatos breves hace unos dos meses, en enero, y sigo con ello. Escribo también una novela, pero continúo con los relatos breves. Creo que es bueno, que te ayuda a escribir, a crear un estilo propio y que antes no tenías. Creo que te enseña a hacerlo. Te enfrentas al ordenador y quieres contar una historia. Y tienes poco sitio. Te ciñes a la historia, eliminas lo superfluo, escribes y terminas. No hay paja -no debe haberla-, sólo hay historia. Comencé en Enero, y sigo con ello. Porque es bueno, y porque es bonito.
Ya llevo unos siete meses escribiendo. Tengo una novela -algo inimaginable para mí-, algún relato corto, un blog -otro impulso inconsciente-, y otra novela en ciernes. Además, Pedro de Paz, escritor al que admiro, ha dejado un comentario en "El novelista novel"-lo de mi hermano no lo cuento, porque si no lo hace, lo cuelgo-. Desde luego, inimaginable para mí. A él -a Pedro de Paz- le he oído en alguna parte, supongo que en internet, que no es escritor, que no se considera escritor. Él se considera novelista, lo que a mí me gustaría ser. No creo que haya oficio más bonito. Por eso lucharé. Por eso seguiré escribiendo.
Un saludo.