domingo, 19 de julio de 2009

La casa de mis pesadillas (4ª parte)

Había pensado en colgar, por fin, el desenlace del relato; acabaría así de una vez por todas y no me haría pesado en exceso pero, dada su extensión, he decidido hacerlo en la próxima entrada. Dentro de tres o cuatro días lo haré.
Un abrazo, y muchas gracias a todos por vuestras visitas.
Ahora, la cuarta parte


CUARTA PARTE

Me pareció que hacía más frío, y la expresión de su rostro cambió de repente. Se volvió más crispada, más nerviosa o asustada, y abrió la boca para hablar, pero ninguna palabra brotaba de su boca. Insistía en ello, se esforzaba, pero no conseguía articular sonido alguno, y los Otros se acercaban.

Gesticulaba con las manos, extendió sus brazos hacia mí - que yo intenté sujetar -, pero pronto renunció a agarrarme. Algo me impulsó a ayudarla. Intenté acercarme a ella, intenté asirla y, de este modo, rescatarla de aquello que se aproximaba y que yo desconocía, pero todo fue inútil. Unos seres extraños, espantosos, comenzaban a aparecerse ante mí.

Una bruma densa, blanquecina, que se arrastraba en jirones por el suelo, los rodeaba. Un aullido lastimoso, un quejido lúgubre, anunciaba su llegada. Ella lo escuchó, y me miró horrorizada.

-¿Dónde estás niña? – dijo una voz rota.

La niebla pareció oscurecerse; semejaba que tomaba cuerpo, poco a poco, hasta que las siluetas se hicieron más nítidas. El horror llegaba, y ambos nos sentíamos incapaces de afrontarlo. Pude sentir el miedo. Un terror atroz, desconocido, como nunca antes había experimentado, se apoderó de mí hasta atenazar todo mi cuerpo. Sólo podía esperar. Sólo quedaba esperar un fatal desenlace que pronto se iba a producir; un fatal desenlace en el que – estaba seguro –, todo mi ser se vería sumido en la más profunda oscuridad, en el más horrible de los infiernos, donde se consumiría mi alma y mi vida.

Podía ver el miedo en los ojos de la chica, al igual que ella lo veía en los míos, unidos ambos ante un horrible destino en el que caeríamos sin remedio. Pero ella, de repente, escapó.

Ante mí, sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo, la joven desapareció. Y yo me quedé solo.

Entonces los vi. Y me quedé inmóvil, horrorizado.

Eran dos ancianos, un hombre y una mujer, y venían hacia mí despacio, con pasos lentos y arrastrados, lo que volvía aún más desgarrada su presencia. Traían el infierno en sus ojos, fijos en mí, y yo me hundía en ellos sin poder apartar la vista. Se acercaban jadeantes, balanceándose de un lado a otro; se acercaban cada vez más. Ya estaban muy cerca, y yo seguía inmóvil.

Sus rostros eran ya muy viejos, demasiado, y mostraban una piel excesivamente ajada, sumamente pálida, que dibujaba unos profundos pliegues algo más oscuros. Sus cabellos se veían revueltos, cardados y muy escasos, y dejaban entrever un cuero cabelludo blanquecino, cubierto por pequeñas manchas parduzcas de aspecto sanguinolento. Tras ellos la niebla ya se había dispersado, y ya sólo había oscuridad. Sus siluetas se destacaban a cada paso, se tornaban más claras, más diáfanas, brotaban lentamente de la oscuridad. Ya estaban cerca, muy cerca.

Mi corazón latía con rapidez, pero yo apenas lo notaba. Tan sólo me fijaba en ellos, en el horror que me producían, incapaz de escapar para ponerme a salvo de su maldad. Mi mandíbula temblaba sin parar, mis dientes castañeteaban, y mis brazos caían como inertes, animados sólo por un incontrolable temblor, carentes de control muscular alguno. Mis pies estaban clavados al suelo, afianzados en él por la lacerante proximidad de la muerte, por la inmediata cercanía del horror. No podía escapar. Tan sólo los observaba.

Sus ropas estaban rotas y sucias, y su aspecto era el de haberse arrastrado por el suelo durante años, como si hubiesen vagado por el lodo en busca de algo o de alguien. Avanzaban con paso vacilante, con la boca entreabierta, mostrando unos dientes negros y pútridos. Emitían un susurro ronco, agónico, similar a un estertor de muerte, y no dejaban de avanzar, uno al lado del otro, sin dejar de susurrar o mirarme con aquellos dos tizones ardientes que tenían por ojos, rodeados por un halo sangriento que semejaba brillar en la penumbra. Hasta que llegaron junto a mí.

Se detuvieron a escasos pasos de donde yo me encontraba; casi podía sentir la fetidez que brotaba de sus bocas. Mi respiración era ya frenética, mi pecho se movía de arriba abajo, y ellos me observaban, con aquellos ojos.

-Tú.- dijeron a dúo con su voz agónica, arrastrando el sonido hasta un fin caído y mortecino.
Se me erizó el cabello, un frío intenso recorrió mi nuca. Mis temblores aumentaron.

-Tú fuiste el culpable. Ella no quería, pero lo pagarás. – dijeron de repente.

Yo no entendía nada. No sabía a qué se referían, pero su amenaza me rompió por entero. Cualquier vestigio de calma que pudiese mantener hasta entonces, cualquier rastro de tranquilidad, coraje o ánimo, desapareció por completo al escuchar sus palabras. Me sentí insignificante, desamparado, olvidado por Dios. Me creí muerto.

La ira afloró a sus rostros. Sus ojos brillaron con fuerza, con odio, y sus ajadas caras se convirtieron en grotescas máscaras deformes, con grandes bocas ávidas de carne rodeadas por finos pliegues de piel blanquecina, brillantes, untuosos por la saliva densa. Abrían sus fauces ante mí, las desplegaban con avidez, con violencia, y las dirigían hacia mi cuello, extendiendo sus brazos, al mismo tiempo, en un abrazo mortal. Sus dedos casi rozaban mi cuello, mis hombros. Se inclinaban hacia mí, pretendían atraparme, imagino que matarme.

Animado por el miedo y por una extraña fuerza que impulsaba mi cuerpo, comencé a retroceder, paso a paso, para separarme de ellos y salvar mi vida, pero ellos continuaban avanzando. Proferían lamentos y quejidos carentes de sentido, como bestias hambrientas, desesperadas, que gruñesen en busca de carne fresca. Horripilado, mis pasos apresurados me llevaban a trompicones lejos de ellos, aun trabándose unos a otros, huyendo por mi vida, por mi salvación, mientras ellos continuaban con su ataque sádico y jadeante. Yo retrocedía, ellos avanzaban. Hasta que caí al suelo y se abalanzaron sobre mí.

Caí boca arriba, golpeándome la espalda con fuerza, y ellos aprovecharon la ocasión. Se situaron junto a mí, a ambos lados, inclinados sobre mi cuerpo. Sus bocas se abrieron aún más para amenazarme con sus dientes oscuros y afilados, rebosantes de saliva viscosa. Se agacharon sobre mi cuello, sobre mi cabeza, mientras yo propinaba constantes manotazos al aire para mantener sus dientes lejos de mí. Lanzaba puñetazos desesperados, golpeaba sin cesar, cada vez más fuerte, sin control, pero ellos continuaban acercándose.

Sus gruñidos eran más fuertes, más excitados, más cercanos. Comencé a gritar, traté de cerrar los ojos, apartarlos del resplandor sanguinolento que emanaba de los suyos, pero ellos estaban cada vez más cerca, y yo no podía hacer nada para evitarlo.

Supe que iba a morir. No entendía por qué, pero supe que iba a morir.

Echaron sus brazos hacia atrás, esgrimieron sus garras afiladas y tensaron con fuerza los músculos, dispuestos a asestar el golpe final. Los miré horrorizado, creo que recé, y grité. Me fijé en la anciana, en su melena alborotada y escasa, en su mirada de odio y en su boca hambrienta. Levantaba sobre su cabeza un brazo delgaducho y fibroso, mostraba unas uñas afiladas y ennegrecidas, prestas a hundirse en mi carne y desgarrarla, y me miraba como una posesa. Grité desesperado, hasta que lanzaron su golpe final.

Me tapé la cabeza con los brazos, quise evitar un final que suponía inmediato, pero ya poco podía hacer. Sus garras se dirigían hacia mí con fuerza, con suma violencia, pero algo extraño sucedió.

En su avance, los ancianos comenzaron a diluirse entre brumas. Se desvanecían de repente, envueltas en la misma niebla blanquecina que los había acompañado en su primera aparición, como si la fuerza del golpe fuese excesiva para sus carcomidos cuerpos y los pulverizase bruscamente. Aquella descomposición comenzó por los brazos, que se diluyeron entre la densa bruma que los atrapaba hasta que, velozmente, casi en un suspiro, sus cuerpos desaparecieron por completo, y yo me desmayé.

Me repuse del espanto a eso del amanecer, dando un respingo violento que acompañé por un grito de terror. Me creía aún rodeado por aquellas horripilantes criaturas, por aquellos terroríficos ancianos ávidos de vida y sangre, pero me desperté yaciendo sobre el suelo, solo y aturdido. Miré a todas partes, buscando algún indicio de la presencia de los espectros, pero nada vi. Me levanté pesadamente, sin abandonar por completo el temor o el desamparo en el que había caído tan sólo unas horas antes, y me dirigí hacia fuera, escaleras abajo.

A pocos pasos de mi habitación, algo que había en el suelo llamó mi atención. Era un pequeño objeto, oculto por la oscuridad. Me aproximé y, al verlo de cerca, me detuve un instante.

Era la pequeña muñeca de porcelana. La pequeña muñeca que había visto en la mesa de mi dormitorio, la pequeña muñeca que había visto acurrucada entre los brazos del fantasma más bello que se pueda imaginar, la pequeña muñeca que había despertado una extraña angustia en mí.

Pensé en la joven, en su belleza, en su vida robada. Recordé sus ojos anhelantes de ayuda, su mirada desvalida, su caminar taciturno, y deseé verla de nuevo. Recogí la muñeca, la llevé hasta la habitación y la deposité sobre mi cama. Era lo único que me unía a ella y quizás me ayudase a encontrarla.

Le dediqué una última mirada, antes de abandonar la casa, y salí de la habitación. Necesitaba respirar.

Comenzaba a amanecer, la noche resultaba ya casi vencida por la claridad, y una suave brisa recorría con placidez el valle de Os Prados. Me sentí a salvo, aunque no libre de ansiedad, pues todavía los temblores sacudían mi cuerpo, como los últimos coletazos del horror y el nerviosismo.

Miré al horizonte más cercano, plagado de cumbres montañosas cubiertas de vegetación, y de inmediato cientos de preguntas acudieron a mi mente. ¿Qué estaba pasando?¿Quiénes eran aquellos dos ancianos?¿Y la chica?¿Por qué me amenazaban?

Todo el día pensé en ello, intentando hallar las respuestas. Resultaba obvio que aquellas apariciones tenían relación con los antiguos habitantes de la casa –ya todo mi escepticismo había caído en el olvido-, pero necesitaba saber más. Quizás - no sería extraño -, mi vida dependiese de ello. La propietaria del restaurante me podía ayudar, pero aún me mostraba demasiado reacio a reconocer tales sucesos en público. Mi nombre podía verse perjudicado, y seguía sin querer exponerme a la vergüenza. Quizás más adelante, cuando supiese algo más o, tal vez, cuando me viese ya definitivamente superado por el temor.
El día transcurrió con lentitud, inmerso en una sensación de aturdimiento, modorra, cansancio y estupor. No era capaz de asimilar los últimos acontecimientos, no quería aceptarlos como ciertos pero, sin embargo, habían sucedido. No había sido un sueño o una alucinación; había sido real.

Vagué sin rumbo, completamente desconcertado, con mil preguntas revoloteando sobre mí que no hacían más que procurarme inquietud y desánimo, y tomé la firme determinación de hacer frente a todo aquello. No huiría, no. Me enfrentaría a ellos, y averiguaría qué había sucedido allí.

La noche se acercaba, y me daría otra oportunidad.

Aún me encontraba aturdido, pero me sentía más convencido y resuelto. Subí a mi habitación, encendí una pequeña lámpara y me dispuse a esperar. Intentaría no dormirme, esperaría el tiempo necesario, y procuraría obtener las tan ansiadas respuestas.

Por supuesto, no deseaba encontrarme de nuevo con los dos ancianos – no me veía con fuerzas; nunca las tendría -, pero sí deseaba ver a la chica. Había podido ver el miedo en sus ojos, me imploraba ayuda y, aún hoy no sé muy bien por qué, deseaba socorrerla. ¡Joder!, no era más que un fantasma, un espectro que aparecía y desaparecía envuelta en brumas con una muñeca de porcelana entre los brazos, asustando a todo aquel que se encontrase con ella. Sí, es cierto, pero su mirada…

Miré a la muñeca. Reposaba sobre la cama, medio volcada contra uno de sus costados, doblada en dos y con los brazos y las piernas extendidas. Me fijé en sus ojos; parecía que me observasen, y no pude evitar estremecerme de nuevo. Ya no sentía la misma ansiedad que había experimentado cuando la contemplé por primera vez, pero había algo en ella que no me gustaba y, sin embargo, no deseaba deshacerme de ella. Quizás fuese, tal vez, que ya me había acostumbrado a ella; quizás fuese, tal vez, que ahora sabía quién era su propietaria. Sonreí. Seguramente hubiera sido una muñeca bonita, hace ya muchos años, pero su piel pálida, muy descolorida, le conferían un aspecto casi cadavérico, o fantasmagórico.
Me acurruqué en una esquina, encendí un pitillo y esperé. Las horas pasaban con lentitud, pero la posibilidad de encontrarme cara a cara con los muertos restaba tedio a la espera. El pasillo estaba oscuro y en silencio, y el sueño comenzaba a vencerme. Cerré los ojos, noté una cierta sensación de frío en mis párpados, muy reconfortante, y me quedé dormido.

Algunos minutos después me desperté.

El silencio era casi absoluto, apenas se escuchaba el rumor del viento sobre la casa, pero algo me decía que no estaba solo. Sentí cómo mi vello se erizaba, me puse tenso, casi rígido, y me levanté del suelo.

De pronto se iluminó el pasillo. La luz era muy tenue, apenas perfilaba sombras, pero muy blanca. Mi corazón se desbocó de nuevo y contuve el aliento por temor –algo ridículo, por supuesto- a delatar mi presencia. Una extraña combinación de sentimientos me embargaba. Sentía un temor atroz a la muerte, a lo desconocido o sobrenatural, y hubiese dado cualquier cosa por encontrarme lejos de allí, pero deseaba encontrarme de nuevo con la joven. Rogaba a Dios que fuese ella la que se aproximaba.

Me apretujé contra la pared y aguardé. Pocos segundos después la luz era ya muy intensa, y la chica apareció.

Permaneció quieta unos segundos; me miró fijamente. Me quedé paralizado, pero sentí un cierto alivio. Comenzó a caminar hacia mí. Lo hacía con lentitud, arrastrando ligeramente el pie izquierdo. Emitía unos quejidos guturales, sin sentido, como había hecho la vez anterior, pero en esta ocasión era distinto. Parecía que intentaba comunicarse conmigo, pero lo hacía de forma ininteligible. Caminaba con los brazos extendidos hacia delante, sin dejar de gemir, con los ojos abiertos de par en par. Hasta que llegó junto a mí.

Pegó su cuerpo al mío y me acarició la cara. Su piel era muy fina, muy suave, pero increíblemente fría. Sus labios se abrían con esfuerzo, en un vano intento de recuperar la voz, y sus ojos se clavaban en mis pupilas, implorantes de auxilio. -¿Quién eres?- me atreví a preguntar. -¿Qué es lo que quieres?

La presión que sus manos ejercían sobre mi rostro comenzó a aumentar. Al principio era una caricia, muy suave, pero a los pocos segundos se convirtió en apretón, casi doloroso, y me pareció perder la consciencia.

Fue un destello brutal, una sacudida tremenda que golpeó mi cerebro como la deflagración de un explosivo y que posibilitó la aparición de cientos de imágenes sumamente vívidas, muy intensas, que la joven me transmitía con su tacto. Yo me veía inerme, invadido por una avalancha de alucinaciones que se agolpaban en mi mente y que la chica colocaba allí a su voluntad.

Fue así como pude ver la casa en la que me hallaba, no tan vieja y mejor cuidada, bañada por el sol de los Ancares. Pude verla a ella, llena de vida, aunque con una sonrisa triste, taciturna, trabajando sin cesar, y a sus hermanos, dos hombretones de aspecto huraño, cubiertos de polvo y sudor, burlándose de ella sin piedad y, finalmente, a sus padres, los dos ancianos que se me habían aparecido la noche anterior, golpeándola con violencia en una pierna, luego en el pecho y en la espalda, con una brutalidad increíble, hasta dejarla casi muerta.

Su vida había sido un continuo desfile de riñas, palizas y vejaciones que su familia le administraba sin piedad o clemencia alguna, regodeándose todos ellos en su dolor, disfrutando con las desgracias que acuciaban a la pobre chica. Su increíble belleza, su bondad, no conseguían librarla de los castigos, de los desprecios, o de las humillaciones. Por no ser como ellos, la mantenían secuestrada, le impedían la vida, casi le regalaban la muerte. La felicidad le estaba prohibida, sus ilusiones, olvidadas, y sus deseos, sin gestar.

Apartó sus manos de mi rostro, y yo caí desfallecido. Permanecí de rodillas unos segundos, sin apercibirme de lo que me había pasado, hasta que levanté la vista y la miré. Me observaba muy atenta, casi me escrutaba, y entonces sentí una pena indecible. Me indignaba que alguien tan bello hubiese tenido que soportar los maltratos de aquellas horribles bestias, y me repugnaba el terrible destino que la joven había tenido que arrastrar.

-Lo siento- recuerdo haber susurrado.-Ojala pudiera ayudarte- dije, sin saber muy bien por qué.

Ella sonrió. Esbozó una tímida sonrisa, muy dulce, enmarcada por sus bellos ojos verdes que entonces brillaron con exquisito candor, y me pareció ver que agradecía mi consuelo, mi compasión y mi compañía. En aquel momento, y aun a riesgo de parecer ridículo, puedo asegurar que me sentí unido a ella.

De pronto se giró, se dirigió hacia la cama, recogió la muñeca, sonrió de nuevo y desapareció del mismo modo en que había llegado, dejándome ensimismado por su presencia. La observé sin pestañear mientras se marchaba, y después caí dormido.

Durante las siguientes horas, mientras me veía sumido en un ligero duermevela, se reanudaron las visiones que la chica había insertado en mi memoria y pude conocer mas detalles de su denigrada vida.

Pude ver a un joven, un chico de unos veinte años, fuerte y moreno, de aspecto simpático y agraciado, que rondaba por los alrededores de la casa de Os Prados. Pude ver el amor en sus ojos, la pasión que sentía cuando contemplaba a su amada a través de las ventanas cerradas, y pude ver las miradas de recelo y odio de las que era objeto cuando solicitaba verla y su deseo era negado. Pude ver el anhelo en los ojos de la chica, el ansia de amor o amistad que la consumía por dentro y que siempre le era vetado por sus familiares, y pude ver un encuentro casual, fortuito y apresurado en el que, embargados por el entusiasmo, ambos juraron verse de nuevo, conocerse y, tal vez, quererse por siempre.

Contemplé después un cuchillo mellado por la saña, empapado en sangre al segar dos vidas, apenas iniciadas, a las que les había sido negado el amor o el goce; vi dos cuerpos mutilados, con las carnes desgarradas y hechas jirones; la exultante vitalidad de un joven, pletórico de amor y deseo, rota por la maldad de unos padres malvados y egoístas, y la belleza resquebrajada de una chica que no había conocido más que el odio, la maldad y el dolor, aun cuando su corazón y su cuerpo no albergaban más que belleza, bondad y alegría.

lunes, 29 de junio de 2009

La casa de mis pesadillas (3ª parte)






Sudoroso y polvoriento, subí a la planta alta. Los peldaños crujían y se combaban por mi peso. Me dirigí al dormitorio. Sin entender muy bien por qué, mis pasos se acobardaban, se tornaban inseguros y temblorosos. Sin motivo alguno, aquella muñeca me inspiraba miedo. No sabía por qué, pero no me gustaba. Había algo pérfido en ella, como si el mal anidase en su interior y se reflejara en el azul desvaído de su mirar. Sabía que aquello era ridículo, que debía apartar de mi pensamiento semejante idea, pero no podía evitar sentirme intimidado por ella.

Atravesé la puerta y entré en la habitación. Miré hacia la mesa en la que había dejado la muñeca, entre medroso y avergonzado, y lo que allí pude ver – o lo que no pude ver-, me dejó petrificado.

La muñeca había desaparecido. Alguien se la había llevado, pero esa posibilidad se me antojaba imposible. Nadie había entrado en la casa. Nadie habría sido capaz de llevársela sin que yo me hubiese dado cuenta, pero la muñeca ya no estaba allí.

Sentí cómo se me encogía el estómago, cómo se crispaban mis nervios. Me aproximé con lentitud, sin dejar de mirar la mesa, con la sensación de angustia acrecentándose a cada paso. Aún albergaba la esperanza de que la desaparición no se hubiese producido, pero sabía que eso era imposible. Mi vista no me engañaba; mi memoria no fallaba. Yo la había dejado allí, sobre la mesa, esperando a que le llegase su hora de ser arrojada a la basura, junto con el resto de enseres inútiles que había en aquella casa, pero ya no estaba.

Miré a mi alrededor. Sabía que era inútil, que no iba a dar con ella, pero aún me resistía a reconocer el hecho de que aquella muñeca que tanto me había inquietado hubiese desaparecido. Algo extraño me revolvía las entrañas, algo inquietante que se refugiaba en mi interior, conspirando contra todo lo que mi ordenado raciocinio me impulsaba a creer. Todo aquello me resultaba irreal, ilógico, y todo mi ser se rebelaba contra aquella angustia que se había anclado en mí.

Sería excesivamente prolijo relatar el cúmulo de desconcertantes sensaciones que se agolpaban en mi cabeza, que atenazaban mis músculos impidiendo reacción alguna, y demasiado complicado encontrar las palabras adecuadas. No era dueño de mis actos ni de mis pensamientos. Éstos se desbocaban en pos de lo irreal, amparados en un temor sin sentido, sin detenerse en lo más mundano o prosaico, y nada había que yo pudiese hacer para impedir tan vertiginosa cabalgada. Me sabía incapaz de encontrar una explicación razonable a todo aquello, me reconocía impotente, y por eso, en el único momento de lucidez que vino a mí, renuncié a dar con ella.

Salí de la habitación abatido y muy confuso. La incertidumbre que me suponía todo aquel asunto me incitaba al abandono, a la renuncia, pues no sabía si todo aquello era fruto de un robo – algo absurdo-, o de algo más horripilante aún. Me sentía inseguro, extremadamente vulnerable, como un niño envuelto en soledad.

Asustado, opté por acomodarme en la cocina, menos tenebrosa o propicia a los sobresaltos, y pasar allí la noche. Quizás al día siguiente los ánimos o el coraje acudieran a mí de nuevo, quizás entonces lo viese de otro modo, pero en ese momento el valor se encontraba muy lejos.

La noche discurrió, para ser esquiva a mis augurios, plácida y tranquila. Me permitió, incluso, dormir tres o cuatro horas, acunado por el rumor del viento y el canto incesante de los grillos. El descanso me devolvió a la luz, a la razón, y pronto me reí de la ridícula desazón que se había apoderado de mí ante un hecho tan nimio e inofensivo como aquel que me había tocado vivir. Al mediodía, todo aquel asunto se había diluido para siempre; se había borrado de mi memoria como algo insustancial o anodino, y ya sólo pensaba en realizar mi trabajo de la forma más satisfactoria posible. La habitación estaba ya ordenada, y durante todo el tiempo que su limpieza me ocupó, ni una sola vez me acordé de la pequeña muñeca.

El resto del día lo ocupé en visitar las densas fragas que poblaban los cañones ancareses. Comprobé los planos que me habían facilitado, introduje alguna corrección que me pareció necesaria, y esbocé un plan de trabajo para los próximos días. Ansiaba establecer las bases para mi inventario, calcular los niveles poblacionales de corzos, lobos y osos, y proyectar unos adecuados mecanismos de gestión, orientados a garantizar su supervivencia y proliferación. Sabía que el esfuerzo requerido iba a ser grande, que mis días se verían consumidos en ello, que sería un año largo. Sabía que las exigencias eran muchas, que las responsabilidades eran grandes, pero estaba disfrutando como siempre había soñado. Era un lugar ideal para realizar aquel trabajo, un espaldarazo a mi carrera, y pensaba hacerlo bien, sin intromisiones de ningún tipo.

Pronto se me hizo tarde. La noche comenzaba a caer sobre el bosque, haciendo que la ya mortecina luz del atardecer claudicase por entero. Me subí al coche, encendí el motor, y puse camino a casa.

Media hora después, ciertamente cansado por el trajín diario, cruzaba la chirriante puerta de mi hogar, ya completamente ajeno a la sorpresa del día anterior. Pasadas las doce de la noche, y con los ojos ya entrecerrados y somnolientos, decidí retirarme a descansar. El día había sido largo, muy fatigoso, y deseaba madrugar para comenzar con el proyecto. Salí de la cocina y subí a la planta alta.

Ahora, una vez limpia, el aspecto de la habitación era completamente distinto; recuerdo, incluso, haber sonreído al pensar en mi estúpida reacción, tan infantil, tan inmadura. Me acurruqué con mimo entre las sábanas y sonreí de nuevo. A los pocos minutos, quizás con una sonrisa en los labios, me quedé dormido.

Hoy quizás lo vea de otro modo. Quizás, no sé, hoy sea consciente de mis miedos, de mis faltas y mis limitaciones. Hoy sé que no estoy sólo; que ninguno de nosotros lo está, pero entonces, con un entendimiento arraigado en el poder omnímodo de la ciencia, fiel seguidor del imperio de la razón, mi comportamiento se veía encorsetado entre sus dogmas. Eso - hoy lo entiendo -, me llevó a no comprender todo cuanto allí se produjo ni los motivos que desencadenaron tales sucesos, y por tanto, tal incapacidad, tal incomprensión, me arrastró al pánico y al horror.

Aquella noche comenzó todo.

Las voces se presentaron envueltas por las brumas de mi consciencia adormilada, de un modo lejano, casi inaudible. Surgían profundas, como arrastradas por el viento, sibilantes entre las laderas de un cañón. Llegaban a mí como un susurro, aunque insistente, pues aumentaba en fuerza y persistencia, y comencé a despertar. Lo hice poco a poco, de forma perezosa, y fue entonces cuando comenzaron las pesadillas.

Sabía que algo extraño estaba pasando, pero me hacía el remolón. Mis ojos se negaban a abrirse, mi mente aún estaba nublada por la somnolencia, y yo me rebullía entre las ropas rodando de un lado a otro, como empecinado en no despertar. Pero algo me obligó a ello.

Hasta entonces todo había sido un rumor, un extraño soniquete muy pesado que me zarandeaba en mi sueño, difuminado por mi escasa percepción. Pero aquello era distinto. Era una voz muy clara que brotaba junto a mí, al lado de mi cama, susurrante en mi oído.

-¿Dónde estás, niña mala?¿Dónde te escondes, hija?- había susurrado

De pronto, el letargo dejó paso a la consciencia. Me pareció que el corazón se detenía. Dejé de respirar por un instante, conteniendo el aire que se agolpaba en mi garganta, y abrí los ojos. Quizás me equivoqué.

Pensé en no hacerlo; pensé en seguir arropado entre las sábanas, ciego y mudo, alejado del horror que me rodeaba. Quizás la ceguera, quizás la ignorancia hiciesen que todo acabase. Dar la espalda, no mirar. Aquello era lo que deseaba. Pero no lo hice. Abrí los ojos.

Mi vista estaba nublada; las formas, difusas, desvaídas, ocultas en la oscuridad. Ya no se escuchaba nada, pero yo lo había oído claramente. Era una voz gruesa y ronca, envuelta en suspiros arrastrados, que gritaba por su hija.

Horrorizado, estiré el brazo en busca del interruptor y encendí la luz. Me incorporé de golpe, con la respiración agitada y una explosión en el pecho. De un salto me senté en la cama. Moví la cabeza de un lado a otro, frenéticamente, buscando el origen de aquella voz, pero allí no había nadie.

-¿Quién esta ahí?- pregunté asustado.- ¿Quién es usted?

El silencio por respuesta.

¿Había entrado alguien en mi casa? ¿Se había colado alguien en mi habitación para robarme?¿ tal vez matarme? Sabía que no. Ésa no era la explicación. La respuesta que yo buscaba era más extraña, más increíble, más aterradora, pero eso lo sabría después.

La habitación estaba vacía. No se oían voces en el pasillo, ni en la planta baja, ni tan siquiera en el exterior. Tan sólo grillos y viento. Estaba sólo pero,...entonces, ¿qué era todo aquello?¿Cuál era la fuente de aquella extraña voz que murmuraba en mi oído, clamando por su hija?¿Por qué la buscaba?¿Por qué la llamaba con ese tono de odio?

Cualquier pregunta que me pudiese plantear era inútil. Aquella noche no encontraría la solución. Ya nada averiguaría; ya nada podría hacer para librarme de ese estado de extrema desazón y sobrecogimiento en el que aquella voz me había recluido. Tan sólo podía esperar. Esperar el alba, la luz del día, y así verlo todo con más calma. Ya no quedaba sino dormir.

Muy asustado, me envolví con las sábanas sin dejar de mirar con desconfianza a todas partes. Recordé lo que había dicho la dueña del restaurante, y sentí miedo. Ya no volví a conciliar el sueño.

El amanecer llegó con lentitud, como un lenitivo deseado que me librara de los temores que aún me estremecían. El horizonte se cubrió de rojos pálidos, aún muy tímidos, que despuntaban por encima de las crestas rocosas que me rodeaban. Se desplazaron presurosos por el valle, volviéndose más pálidos aún, tiñéndose de azul y blanco, y volvieron los gorjeos de los pájaros, quebrando la tenebrosa quietud que me había acompañado las últimas horas. Aquello me animó. Salí de la casa, aún atemorizado, y me puse a caminar.

Aquella voz no había sido fruto de mi imaginación. De eso estaba seguro. La había escuchado claramente, junto a mí, pero eso no podía ser posible. ¿Qué demonios estaba pasando? Ese hecho ponía fin a mi universo científico. Rompía de un mazazo todas mis creencias, todas mis convicciones, y eso me asustaba. Además, me ponía furioso. Necesitaba encontrar una explicación; una explicación razonable. Tenía que hacerlo si no quería volverme loco, pero no sabía cómo actuar. Me tomarían por loco; mi nombre se vería arrastrado por el barro de la vergüenza, por la ignominia, y eso no lo podía tolerar. Tenía que hacer algo, sí, ¿pero qué?

Aquel día no pude trabajar. Estuve vagando durante horas, sin saber adónde me dirigía, dejándome llevar por los pensamientos más absurdos y las explicaciones más ilógicas. Crucé largas arboledas, espesas fragas, sin detenerme ni un segundo a admirar su belleza. Caminaba absorto en mis preocupaciones, con la vista fija en el suelo. Hasta que pasó el día.

Al acostarme, aún sumido en mis cavilaciones e incapaz de librarme del desasosiego en el que había caído, vinieron a mí extraños pensamientos que me atosigaron un buen rato hasta que, desfallecido, me quedé dormido. Pero poco descansé.

De igual modo que la noche anterior, algo vino a importunar mi descanso. Esta vez no fue una voz la que me salió al paso, no. Fue una sucesión de ruidos, de pisadas y crujidos, como si alguien hubiese entrado en la casa y avanzase por el pasillo hasta mi habitación. Procedí de igual modo que en la ocasión anterior, arrollado por el miedo y la descompostura. Me senté en la cama y encendí la luz. La puerta estaba abierta, y el pasillo muy oscuro.

Los pasos continuaban. Lo hacían de un modo sumamente pausado, arrastrando los pies por el entarimado. Las maderas crujían como ramillas rotas; el susurro del roce contra el suelo llegaba hasta mí con claridad, cada vez más audible, y yo no hacía más que acurrucarme cobardemente contra el respaldo de la cama, como si con actitud tan estúpida fuese a evitar un encontronazo que ya se me antojaba inmediato.

Y fue eso lo que me hizo reaccionar. Ser consciente de mi propia cobardía, de mi exagerada fatuidad, fue lo que me obligó a comportarme de un modo más digno y valeroso. Escasa dignidad quedaba ya en mí, no digamos coraje o arrojo, pero por poco que éste fuera, trataría de lucirlo con orgullo y honor. Aunque no fuese consciente del peligro al que me enfrentaba, aunque no supiese qué era aquello que se arrastraba lentamente hasta mí, decidí hacerme fuerte y encarar con gallardía mi destino. Me levanté, pues, de la cama y caminé, con poco convencimiento, hacia la puerta.

El ruido ya era muy cercano. La distancia que nos separaba disminuía con rapidez, pero la espera se volvía interminable. Algo más resuelto, me situé bajo la puerta.

La oscuridad del pasillo era completa, pero una extraña luz amenazaba con quebrarla.

Era un resplandor extraño, de un color entre azulado y blanquecino, que avanzaba hacia mí de forma lenta y continua. En su avance, aquella aurora extraña se comía –valga la expresión-, la oscuridad sobrecogedora de mi pasillo, cada vez un poco más, cada vez un poco más. A esas alturas, yo ya estaba muy poco dispuesto a cruzar el pasillo y acudir al encuentro con quién fuese que estuviese avanzando hacia mí. Mi coraje no era mucho y no me parecía razonable invertirlo en el oscuro desplazamiento. Decidí, por tanto, esperar, aunque más por miedo e incapacidad de mover un músculo que por convencimiento de que aquello fuese lo mejor. La dignidad y el orgullo tiene un límite, y el mío estaba ya muy cercano. Puestos a huir, quizás la ventana fuese una buena solución.

La luz continuaba en su avance inexorable, y a punto estaba ya de girar la esquina donde se doblaba el corredor. Unos segundos más, muy pocos, y al fin podría ver quién era el portador de tan extraña luminaria. ¿Cuáles serían sus intenciones? ¿Vendría dispuesto a matarme? Aquella tensión estaba acabando conmigo. Mi pulso estaba acelerado, el frío –mi hombría me obliga ahora a pensar que era el frío- hacía que todo mi cuerpo temblase de modo incontrolable, pero un sudor denso cubría mi frente.

La intensidad de la luz había aumentado claramente. Ya debía estar muy cerca. Al fin se hizo casi cegadora, mucho más blanca y brillante que antes, y comenzó a aparecer una figura humana.

Su resplandor iluminaba todo el pasillo, rodeando por entero a un delgado cuerpecillo que se había situado frente a mí. Apenas conseguía verlo, pues la intensidad del brillo era tal que mis ojos no acertaban a distinguir más que una silueta alargada y difusa. Durante unos segundos, paralizado por la sorpresa, contuve el aliento y aguardé a que el visitante hiciese algo, pero éste se mantenía inmóvil ante mí. Poco a poco, casi sin darme cuenta, la claridad se fue diluyendo hasta convertirse en un estrecho halo de color azul. El resplandor cedió, y algo de la oscuridad original ocupó su lugar. Fue entonces cuando pude ver de qué se trataba.

Jamás había visto una criatura tan dulce y bella. Era una chica de unos dieciséis o dieciocho años, de ojos verdes, labios finos y pelo trigueño que caía con suavidad sobre sus hombros. Era preciosa, con una belleza perfecta, sin mácula alguna en su faz o en su talle. Su rostro era ovalado, con unos pómulos levemente prominentes que acentuaban las líneas del mentón. Una guedeja de pelo le cubría el lado izquierdo de la cara, permitiendo sólo adivinar una mirada tímida, casi vergonzosa, aunque franca y directa.

Cubría su cuerpo con un vestido blanco que contribuía a aumentar el resplandor que de ella brotaba. Unos tirantes dejaban al descubierto unos hombros finos, redondeados, que se apreciaban muy suaves, y el escote insinuaba un pecho bien formado y generoso, seguramente muy pesado. Arrullada contra él, en un abrazo de cariño y, tal vez, de inseguridad, descansaba la muñeca de porcelana.

Aquello me inquietó algo, pero era tal la hermosura de la chica que ningún pesar hubiera podido romper el ensimismamiento en el que me hallaba. Toda ella constituía la más bella estampa que yo haya tenido ocasión de contemplar, y por nada del mundo hubiera deseado que tal visión se diluyese.

Mi gozo era absoluto. Mi angustia, mis temores, habían desaparecido por completo. Ya sólo disfrutaba de la belleza de la joven, extasiado por su candor y su dulzura, aun siendo consciente de que no era más que un espectro. Eso era lo que menos me importaba.

Su aspecto era desvalido, vulnerable. Mostraba una expresión apocada, ciertamente triste, y sus ojos semejaban implorantes de auxilio o ayuda, muy lejos ya de la belleza luminosa que, a buen seguro, habían reflejado en vida. Se la veía triste, sí, pero tranquila.

Hasta que aparecieron los otros.

martes, 16 de junio de 2009

La casa de mis pesadillas (2ª parte)

Con el ánimo muy recogido y poco dado a zarandajas, cumplí las órdenes de mi jefe – insisto en la maldición antes citada-, acaté mi destino con gran pesar y me trasladé a Os Prados.

Llegué hasta allí una mañana soleada de verano, al mediodía, y decidí comer en un restaurante cercano. Era una casa ciertamente más moderna que las que por allí había, de paredes encaladas y cubierta de teja, donde acostumbraban a detenerse todos los viajeros que por allí pasaban. Ocupé una mesa del comedor y pedí el menú del día.

Una señora gorda, desastrada, con el pelo negro recogido en un moño excesivamente descolgado, me sirvió un plato rebosante de comida, quizás grasiento pero exquisito, que devoré con ansiedad, ajeno a las curiosas miradas de los que allí estaban. Decidí ignorar aquellos ojos que me escrutaban, consciente de que un extraño siempre despierta interrogantes, pero al final me sentí molesto y preferí abandonar el comedor. Fue entonces cuando percibí la primera señal de alerta.

Al pagar mi cuenta, la propietaria del restaurante me preguntó adonde me dirigía. Le expliqué los motivos de mi presencia allí y le dije dónde pensaba alojarme. Repentinamente, ante mí, su rostro se demudó en mueca.

Su cara adquirió un tono níveo, una expresión tensa, con ojos desmesurados por el miedo. Perplejo, me interesé por el motivo de su extraño sobresalto, pero ella fue incapaz de responder con coherencia. Tan sólo balbucía una frase extraña, sin sentido, cuyo significado yo no pude descifrar. Se llevó la mano a los labios, con gesto horrorizado, y huyó de mí para refugiarse en la cocina.
-Niña mala, niña mala.- decía entrecortadamente mientras abandonaba el comedor. –No vaya, por Dios, no vaya allí.- insistía.

Miré a mi alrededor; dos hombres me observaban con el rostro ceñudo, pero permanecieron en silencio. Uno de ellos se santiguó. Pensé en pedirles una explicación por el absurdo comportamiento de la mujer, pero decidí no hacerlo; me sentía ridículo, y preferí marcharme. Asombrado ante tal muestra de locura, salí del restaurante y me dirigí hacia mi nueva casa, sin dejar de pensar en la extraña frase que la mesonera había dicho. Algunos días más tarde, preso ya del horror que me había tocado vivir las jornadas anteriores, aquella expresión cobraría pleno sentido para mí, pero en aquel momento, consciente de lo inútil del esfuerzo, decidí olvidarlo y no atormentarme por encontrar una explicación racional. Abandoné el restaurante, puse en marcha el coche y reanudé mi camino. Diez minutos después me encontraba ante mi nuevo hogar.

Su visión me resultó desoladora. Siempre había sido partidario de optimizar los recursos de las administraciones públicas, ser exigente en el control de los dineros y no malgastarlos en actos vanos, pero aquello era excesivo. –No es gran cosa, pero estarás bien- había dicho mi Jefe. –Mal nacido- pensé yo. Si me hubiese fijado en la extraña sonrisa que esbozó cuando me ordenó marchar, quizás hubiese sospechado algo, pero ya no le prestaba atención. Aquella tacañería rozaba lo esperpéntico pero, para mi pesar, ya no había remedio. Me armé de valor, saqué el petate del maletero y entré en la casa.

Crucé la entrada con paso tembloroso, inseguro, acompañado por un herrumbroso quejido de los goznes de la puerta. Aquello rechinaba en mis oídos como una tétrica advertencia de lo que me deparaba la estancia entre aquellas cuatro paredes, pero no le hice el caso debido. Pasé al recibidor, encendí la luz, y me quedé helado.

El interior de la vivienda era horrible. La cal de las paredes estaba desconchada, con manchas negruzcas de humedad, y la basura se acumulaba por todas partes. El suelo estaba cubierto por papeles envejecidos, por botellas y por hojas que se habían colado por las ventanas rotas, como una alfombra de inmundicia y abandono. Esquivando todo aquello a saltitos llegué a la cocina, y pude comprobar que el pasillo no era lo peor.

Faltaban algunos azulejos, caídos ya años atrás; los fogones estaban oxidados, y el fregadero estaba lleno de un agua marrón y pestilente, con una sustancia oleosa en la superficie. –A ver cómo lo vacío- recuerdo que pensé. El simple hecho de pensar en introducir mi mano en aquella mugre viscosa me despertaba náuseas; hacerlo, me llevaría al vómito con toda seguridad. Atónito, subí a la planta alta.


El camastro del dormitorio estaba enmohecido, atacado por la podredumbre, con una manta sucia y rota por encima. Recuerdo haber sentido asco, y desistí de cobijarme bajo ella.

Por todas partes había goteras, y un olor rancio lo inundaba todo. Semejaba una pocilga, una cochiquera, llena de mugre y trastos viejos por doquier. Recorrí la estancia con la vista, confuso por tal abandono, pero algo llamó mi atención.

Era una pequeña muñeca de porcelana, ajada y descolorida, con el pelo rubio y una muesca en la cara. La blancura de su rostro se veía ya quebrada por los años. Sus ojos, de un color azul extraño, giraban en sus cuencas sin control, apenas solidarios entre ellos. La observé unos segundos; su aspecto resultaba turbador, inquietante, y la deposité de nuevo sobre la mesa, con un leve escalofrío recorriendo mi espalda. Se balanceó sobre su espalda, un instante, como animada, y aunque pueda parecer descabellado, me sentí vigilado por ella. Aquello me desconcertó. Jamás había sentido algo así; jamás me había sentido tan agitado, pero aquella sensación se acrecentaba en mí de modo asombroso. No era real, era tan sólo una percepción de desasosiego, de desvelo, pero parecía arraigada en mí, pesando como una losa, cada vez más. Abandoné la habitación muy intranquilo, ciertamente avergonzado, pues mi mente rechazaba todo aquello, tan absurdo y tan ilógico.

Un leve temblor afloró a mis manos, un bronco latir surgió en mi pecho, tan desconocido, tan irracional, que apenas pude reprimir el llanto. Deseé no estar allí, deseé marcharme lejos, pero me resistía a dejarme vencer por el temor. Renuncié entonces a marcharme, renuncié a abandonar. Tenía que librarme de aquella desazón que me embargaba. De no hacerlo, mi trabajo habría terminado antes de empezar.

Para salir de mi inquietud, me obligué a ordenar la casa, para librarme de toda aquella porquería y adecentar mi alojamiento. Una vez limpia, la vivienda no resultaría tan tenebrosa. Tiraría la muñeca, la arrojaría lejos, y mi temor se acallaría. Sin embargo, horas después, cuando ya la casa estaba libre de inmundicia, algo vino a suceder que trastocó mi realidad.

martes, 9 de junio de 2009

La casa de mis pesadillas (1ª parte)


Quizás sea por mi naturaleza escasamente mojigata; quizás por mi excesiva renuencia a dejarme arrastrar por temores infundados o irracionales o, quizás, y ya no sé muy bien cuál de los tres motivos es el más acertado, haya sido por mi arrojado e impulsivo carácter, forjado tras innumerables correrías en un ambiente demasiado hostil, pero el caso es que nunca, y deseo remarcar lo de nunca, he sido un hombre cobarde o temeroso, medroso ante lo paranormal o lo fantasmagórico. Jamás me he dejado llevar por el pánico; en ningún momento he permitido que mi raciocino se nuble por extrañas sensaciones, y nunca he abandonado una actitud ecuánime o razonable pero, hace unos años, cuando –maldita la hora-, mis obligaciones profesionales me obligaron a mudarme a una vieja casa, algo inquietante acudió a mi vida, tambaleando mi seguridad y mis convicciones.

Trataré de explicar mejor, no obstante, cuáles eran las sensaciones que suscitaba aquella vivienda en mi muy ordenada cabeza; intentaré describir qué extraños pensamientos se agolpaban en mi mente pero, de ello estoy seguro, nada será suficiente para transmitir la desesperante inquietud en la que me sumí por espacio de una semana hasta que, vencido ya por el desánimo y el temor, e indiferente al deshonor o la ignominia que sobre mi nombre pudiese caer, abandoné aquellas tétricas paredes para no regresar a ellas jamás.

Comenzaré pues por describir la vivienda ya que, a pesar de lo farragoso que pueda resultar esta primera introducción para el lector, sí se me antoja necesario para la correcta comprensión de los hechos que relataré a continuación.

La casa de mis pesadillas se encontraba en el pueblo de Os Prados, en las Montañas Ancaresas de la provincia de Lugo, zona excesivamente abrupta para el desarrollo urbanístico y demasiado hostil para una convivencia tranquila y acomodada. Las montañas son redondas y empinadas, y los ríos caudalosos pero esquivos, llenos de recovecos inundados de maleza y árboles trasmochos y esquilmados; inviernos blancos y muy fríos, largos en exceso, y veranos cortos pero cálidos, que los ancareses dedican a la siega y al arado. Las laderas se llenan de robles, castaños, acebos y abedules, formando un denso tapiz que cobija a sabe Dios cuántas criaturas salvajes que yo debía estudiar y proteger, pues para eso me había enviado hasta allí el Departamento de Medio Ambiente.

Mi jefe –que el Diablo lo confunda-, había tenido el dudoso acierto de ordenar que me alojasen en una vieja casa de dos plantas –la más vieja del pueblo-, de fachadas de piedra, tejado de pizarras negras claveteadas sobre gruesas vigas escasamente rectas, y ventanas y suelos de madera tan planos y rectos como las vigas.

Se decía -aunque de eso me enteré más tarde-, que allí había vivido una extraña familia ya olvidada por casi todos, escasamente pudiente, definitivamente antisociable y, desafortunadamente, poco dados al talento o la inteligencia.

El matrimonio era una pareja ya anciana, andrajosos y haraganes, que acostumbraban a vivir de lo que sus poco iluminados hijos conseguían en los campos o en los bosques. Éstos, igualmente andrajosos pero algo más esforzados, solían cazar conejos, jabalíes –muy abundantes en la zona-, y algún que otro corzo despistado que, tras una alocada carrera entre los rastrojos, fustigado por los perros de la familia, caía abatido por los disparos.

Con las presas ya cobradas, la hija menor, una chica –por lo que me han contado- curiosamente bonita y aseada, se dedicaba a la cocina sin atreverse a salir de ella, esclava entre mugre, podredumbre, locura y desafecto. Su presencia -como pronto tendrán ocasión de comprobar-, resultó ser lo más llamativo del caso.

Para todos era alguien inexistente. Su vida suponía una completa incógnita y las habladurías que despertó corrieron por la comarca de una punta a otra, llevadas por los vientos de la lógica curiosidad. Nunca nadie del pueblo llegó a verla cara a cara, jamás habló ningún vecino con ella, y todos se limitaron a entreverla, fugazmente, entre los listones de los ventanales. Alguno de los pueblerinos más jóvenes, animado por la belleza de la chica y la falta casi absoluta de mujeres casaderas, quiso rondarla y cortejarla pero, dado el esquivo carácter de su familia, todos renunciaron a la empresa sin llegar siquiera a intentarlo, y se limitaban a aguardar en las proximidades de la vivienda para tener la oportunidad de observarla en silencio.

Hasta aquí -siendo muy escasa la información, lo reconozco-, es todo lo que pude conocer de esta gente antes de alojarme en su antigua vivienda y, sin embargo, para mi desgracia, sus ya lejanas vidas pronto tendrían graves consecuencias en mi pasar.

lunes, 1 de junio de 2009

Volverán las aventuras

Aún era yo un niño, envuelto en alegría e inocencia, de piernas flacas y nerviosas, cuando comencé una larga serie de aventuras inquietantes, acompañado por mi padre, en la amplia foresta que rodeaba mi hogar.

No eran más que breves excursiones – no crean lo contrario-, al río y al robledal, pero eran tantas las maravillas que nos rodeaban, tantos los peligros imaginados por mí, y tantas las dudas que asaltaban mi fértil mente, que para mí constituían largas travesías a lo desconocido, a lo salvaje, en dirección a esos secretos parajes por los que navegan nuestros sueños infantiles, plagados de piratas, de contrabandistas, de indios y vaqueros, y de soldados solitarios, inermes pero arrojados, ante un enemigo más numeroso.

Juntos abandonábamos la casa a pie, armados de morral y de bastón, dispuestos a encarar con valor el más temible de los viajes. Caminábamos por una estrecha vereda que el ganado había hollado en el pastizal, con el aire fresco golpeándonos el rostro, envueltos por el aroma de la hierba húmeda. Las bestias nos observaban sin cesar, con esos ojos grandes y negros, eternamente acuosos. Se tumbaban sobre sus costados, rumiaban insistentemente las hojas lanceoladas de la pradera, y observaban con paciencia el transcurrir de sus vidas.

Los pájaros nos acompañaban, o eso me parecía a mí, susurrándonos sus trinos y gorjeos, dibujando piruetas inverosímiles sobre nuestras cabezas, erigidos en desordenada avanzadilla de nuestra pequeña expedición. A lo lejos, semioculto entre la pradera y el cielo azul, ya se divisaba el enorme robledal al que siempre nos dirigíamos, formando un lienzo multicolor de verdes, rojizos y ocres, fruto de pinceles caprichosos y geniales que hubiesen empastado un paño azul verdoso. Algo más abajo, en tramo sinuoso y abrupto, un profundo y angosto cañón marcaba el final de la propiedad familiar. Discurría entonces repleto de aguas embalsadas, negras y profundas, que a mí se me antojaban inhóspitas y peligrosas, dignas de las más esforzadas travesías transoceánicas. Hoy ya casi desaparecidas, por aquel entonces aún se veían truchas grandes, que continuamente recreaban brillantes destellos plateados al saltar fuera del agua, y que mi padre se afanaba en capturar para agasajarnos con una comida exquisita. La ladera sur del cañón, origen de la suerte familiar, se veía tapizada por pequeñas vides cultivadas en terrazas; la norte, perteneciente al municipio vecino, estaba cubierta por un gigantesco bosque de fronda de aspecto globoso, con sus bordes asombrando la ribera con la cúpula vegetal. Bajo ella, entre ramas y herbazales se guarecían los salmónidos, para burla y sonrojo de mi padre, empecinado y poco ducho pescador. Aún en nuestro viaje, él miraba de reojo hacia allí, con un cierto aire rencoroso y vengativo por los sinsabores sufridos, pero siempre deseoso de volver a la lucha. Una última mirada, inundada en añoranza, y se centraba de nuevo en la ruta.

El robledal crecía ante nosotros, se volvía más alto y más extenso, más nítido a nuestros ojos, y ambos apurábamos el paso. Caminaba yo delante, correteando de aquí para allá, siempre riendo por las bromas que me gastaba Papá. Él me observaba y sonreía, con el orgullo reflejado en su rostro redondeado, oscurecido por la barba. Clavaba sus ojillos negros y chispeantes en mi flacucha figura, y no dejaba de sonreír. Años después, sumido en la tristeza que su ausencia me provocaba, solía yo recordar aquella sonrisa, tan franca y abierta, tan contagiosa; solía recordar aquellos momentos, juntos los dos, disfrutando ambos de lo mismo, y entonces era yo el que sonreía. Aún lo hago, y creo que siempre lo haré.
A veinte o treinta metros de distancia, ya podíamos ver el alma del bosque, su naturaleza, ese conjunto abigarrado de troncos y ramas entrelazados que crea un conjunto perfecto, y ante el cual ninguno de nosotros permanecía impasible. Divisábamos ya la senda por la que nos internábamos en la arboleda, sinuosa y angosta, con el suelo mullido de hojas en descomposición. Recorríamos los últimos metros de pradera y nos adentrábamos en el bosque, palpitantes de emoción, ansiosos por descubrir nuevas sorpresas en su interior. Ante nosotros se abría un mundo nuevo, una singladura plagada de peligros.

La cúpula vegetal que se alzaba sobre nuestras cabezas era muy densa, casi impenetrable para la luz del sol, pero éste siempre encontraba algún resquicio por el que colarse para acudir al encuentro con especies más necesitadas de claridad. Dibujaba entonces un sinfín de rayos difuminados, escasamente concentrados, que semejaban auroras difusas y blanquecinas, y que dejaban entrever un fastuoso edén de vida y de paz. Los verdes, ocres y rojizos se volvían más vivos tras este velo luminoso, en preludio de las maravillas que pronto iba yo a presenciar. Soñaba yo entonces con ser un pirata que se interna en una cueva oscura y profunda en la que, tras sortear los trampas que algún malvado antiguo hubiese colocado para mí, daba por fin con el ansiado tesoro, compuesto de esmeraldas y diamantes, monedas de oro y rubíes, refulgentes por los rayos de sol que se colaban por las grietas que los años habían realizado en lo alto de la caverna. Ya me parecía que faltaba poco. Avanzaba por la foresta, con paso decidido, en pos de un tesoro incalculable, mientras mi padre caminaba algo más adelantado, abriéndose paso con lentitud.

Los troncos de los robles eran gruesos y muy altos, con la corteza muy rugosa y oscurecida. A siete u ocho metros de altura, sus copas se abrían y extendían para mezclarse con otras, tan densas como ellas. En su parte más alta, inaccesible ya para nuestros ojos, el viento arrancaba continuos susurros al robledal, casi fantasmagóricos, que se propagaban por toda la fronda. Tales ruidos llegaban hasta nosotros algo amortiguados ya, pero aún impresionantes para mí. El viento agitaba las ramas, las mecía con suavidad, y éstas lo hacían con las más inmediatas, propagándose en sucesión constante, para que los árboles se comunicasen unos con otros. Era un lenguaje extraño, incomprensible para los hombres - me contaba mi padre-, pero si te fijabas lo suficiente, si prestabas mucha atención, podías captar su esencia y lograbas entender el mensaje. Yo, puedo asegurarlo, me esforzaba en ello, centraba en la labor todas mis fuerzas, y alguna vez, inmóvil bajo el robledal, envuelto en la incipiente penumbra del atardecer, me pareció escuchar algo, como un lamento, como un quejido agónico, como un llanto de dolor por el terreno esquilmado o las batallas perdidas. Era algo asombroso, y resultaba tétrico, pero hace mucho tiempo ya de aquello, y no lo he vuelto a escuchar. Ya nadie lo hace; quizás, ya nadie preste la atención suficiente.

Seguíamos de nuevo la senda del robledal, cubierta por un espeso manto de hojarasca que la volvía increíblemente esponjosa. A ambos lados, un sotobosque inmensamente rico tapizaba el suelo en manchas. En ocasiones, cuando teníamos tiempo de sobra y nos podíamos detener algo más de la cuenta, mi padre y yo recogíamos moras y bayas, arándanos o setas, que luego llevábamos a casa para disfrutarlas con mi madre. Mi padre me explicaba entonces qué era todo aquello, tan extraño al principio para mí, y me mostraba los tesoros que el bosque nos ofrecía. Mis ojos se desmesuraban con cada nuevo hallazgo, con cada nuevo descubrimiento, y miraba a mi padre embelesado, asombrado por tales maravillas ajenas a tantos. Era aquel uno de los momentos más bellos del viaje, pero eran tantos que se hace imprescindible continuar con el relato, para no caer en el tedio o la excesiva profusión de detalles.

La senda, comencé antes a explicar, se dirigía hasta un pequeño arroyo de márgenes limpios y aguas claras, no muy rico en pesca pero sí abundante en emociones y recovecos y, por lo general, destino acostumbrado de nuestras excursiones. Ya próximos a él, el ruido de sus aguas batiendo contra las rocas de los saltos naturales, o el suave murmullo de sus zonas más remansadas, llegaba hasta nosotros con claridad, anunciándonos su cercanía para nuestro inmenso regocijo. Era entonces cuando yo me desproveía ya de mi camiseta y de los pantalones, me quedaba en bañador o calzoncillos y corría hasta las aguas para zambullirme en su refrescante claridad. La reclamación de prudencia de mi padre solía llegar siempre tarde, o yo mismo la volvía inaudible para mí. Él refunfuñaba algo con humor, fingiendo enfado o desagrado, pero siempre una risa asomaba a sus labios. El estrépito de la zambullida rompía la quietud allí acostumbrada, y siempre algún pajarillo escapaba apresurado ante mis gritos de alegría, batiendo las alas con fuerza. Yo me sumergía de golpe en el río, sin importarme en absoluto lo gélido que estuviese; mi padre, más consciente y menos arrojado, comenzaba por introducir un pie, luego la pierna, lentamente para, al fin, vencida ya la resistencia inicial, remojarse por entero, entre continuos estremecimientos y tiritones. Llegaban entonces a mi mente aquellas aventuras de robinsones que me solían contar en casa, aislados de todo y de todos, esforzados en su lucha por sobrevivir en terreno inhóspito e inexplorado, siempre atentos a los peligros que se cernían sobre sus personas. Simulaba ser uno de ellos, y fijaba mi vista en todo lo que pudiera representar alguna amenaza, inexistente en realidad, pero amenaza, al fin y al cabo, en mi imaginación. Buscaba cualquier indicio de presencia indígena, cualquier vestigio del paso de bestias salvajes que se pudieran abalanzar sobre nosotros, y no cejaba en mi empeño hasta que abandonaba el arroyo.

Las aguas eran cristalinas, y los árboles, de hojas lobuladas o aserradas, se alzaban sobre ellas hasta cubrirlas casi por entero, lo que volvía el baño aún más frío. Esto nos obligaba a no prolongarlo demasiado, pero ambos lo disfrutábamos muchísimo. Apenas cinco minutos después, abandonábamos las frías aguas y corríamos a saltitos hasta nuestras ropas, con las quebradizas ramillas de los fresnos y alisos estallando bajo nuestros pies. Nos vestíamos de forma apresurada, casi sin secarnos, para sentarnos después a la orilla del arroyo, con las ropas húmedas y la respiración aún agitada por el esfuerzo. Permanecíamos allí una o dos horas, hablando de nuestras cosas, hasta que la luz filtrada entre las ramas se veía más mortecina y apagada. Nos poníamos entonces en pie e iniciábamos el camino de vuelta. Casi nunca hacían falta las palabras, ambos sabíamos que debíamos regresar a casa, y yo lo hacía sin rechistar.

El camino de regreso era igual de inquietante, con la luz crepuscular cayendo sobre nosotros, avanzando por un robledal ya muy brumoso. Lo abandonábamos a buen ritmo, acuciados por una lacerante sensación de hambre, que tan sólo podía ser vencida por una copiosa cena junto a mi madre. Cruzábamos la fronda, atravesábamos el prado y llegábamos de nuevo a casa, dejando atrás un montón de aventuras y sensaciones que pronto volverían a nosotros, al iniciar nuevamente otra de nuestras ansiadas expediciones a la espesura casi desconocida del bosque familiar.
Cenábamos, mis padres me acostaban, me daban un beso y yo permanecía despierto unos minutos, reviviendo las luchas, los miedos y las aventuras que había vivido en nuestro viaje hasta que, vencido ya por el sueño, mis ojos se cerraban y yo descansaba.

Hace ya unos años que se cerraron también los ojos de mi padre. Hace aún mucho más que aquellas excursiones se acabaron. Las aventuras cesaron, la imaginación se agotó, y aquellos personajes de cuento que llenaban mi cabeza de sueños y viajes, reposan hoy en las estanterías de mi casa, cubiertos ya por el polvo de la madurez. Pero he de recuperar aquellas emociones.

El robledal sigue allí, el arroyo no se ha secado, y mi hijo, ya inquieto y vivaracho, mira la foresta con ojos curiosos. Mañana lo llevaré de excursión. Tal vez nos bañemos en el arroyo, tal vez le enseñe las bayas, los arándanos y las moras. Tal vez pueda ver en su mirada esa inquietud que yo mostraba cuando era niño, simulando ser un robinsón, un pirata o un vaquero, con peligros acechando a sus espaldas, y un corazón palpitante de alegría en su pecho.

Tal vez, eso espero, las aventuras vengan a él, igual que lo hicieron conmigo, bajo la mirada atenta de su padre. El mío, a buen seguro, estará allí con nosotros, disfrutando del arroyo y del robledal. Esté donde esté.

domingo, 24 de mayo de 2009

Miserias literarias; augurio de pesares

En un comentario reciente, Pedro de Paz, ilustre visitante de esta modesta bitácora vuestra, tuvo la amabilidad de recomendarme un blog llamado "Miserias Literarias", en donde su autor, un conocido escritor amparado bajo el pseudónimo de Prometeo, desgrana la realidad editorial española de una modo casi desgarrador para el escritor novel pero, y esto es de agradecer, sí abundante en realismo. El motivo de ocultar su verdadera identidad, decía él, era el temor a sufrir represalias posteriores por desvelar infames comportamientos e impropias actitudes de los popes de este mundillo en el que muchos aspiramos a entrar. Lamentablemente, quizás sus sospechas no eran infundadas, quizás sus detractores lograron su objetivo; las entradas de Prometeo terminaron en el año 2007, y ya no se ha vuelto a saber nada más de él. Sin embargo, por suerte para muchos, aún siguen ahí, colgadas sabe Dios de dónde, iluminando a todos aquellos que aún lo leen.

Su blog, seguido de forma habitual por un gran número de lectores, describía el largo camino de ilusiones y desdichas por el que transitamos todos los aficionados al mundo de la literatura, estableciendo, o así me pareció entender, una premisa fundamental: poco tiene en común el oficio de escribir con la consecuencia de publicar. Así dicho, tal afirmación puede parecer extraña o confusa, pero trataré de explicarme mejor.

Prometeo, de modo claro y ameno para el lector, descubre un sinfín de claves muy útiles para el escritor novel a las que, casi siempre, la mayoría de nosotros nunca tenemos acceso. Resulta en ocasiones descorazonador, es cierto, el saber que buena parte de los concursos literarios en los que volcamos nuestras ilusiones, como casi único modo de introducirnos en este mundo de las letras, están manipulados y concedidos de antemano; resulta sorprendente el enterarse de que buena parte de los escritores que conocemos y admiramos no obtienen los cuantiosos beneficios que nosotros, ingenuos redomados, les atribuimos, y resulta desmoralizador el comprobar que no siempre la calidad es lo que cuenta -aunque esto último nos pueda abrir las puertas a alguno. Es el blog, en suma, un compendio de los muchos pesares que acompañan al escritor en su lucha diaria, y conforma un acertado augurio de las muchas penalidades que nos esperan a los noveles. Sin embargo, y concediendo que esto ya todo el mundo lo sospechaba, el oculto Prometeo, y los múltiples visitantes que contribuyen a hacer de "Miserias literarias" una bitácora especialmente útil y reveladora, hace especial hincapié en que seamos obstinadamente testarudos en nuestros anhelos y nuestra vocación, sin dejarnos arrastrar por la dificultad y los obstáculos que nos encontremos en el camino, por muy numerosos que éstos sean. Abre de este modo una puerta a la esperanza, arroja algo de luz sobre esta senda abrupta y compleja, y contribuye a que nos liberemos de ansias perniciosas que pudieran llevarnos a querer llegar demasiado deprisa. Aconseja, en fin, al igual que el siempre afable y generoso Miguel Baquero en uno de los comentarios que ha incluido en "el Novelista novel", que sigamos escribiendo, que tratemos de hacerlo cada vez mejor, con todas nuestras fuerzas, sin pensar en lo que de ello podamos obtener, sin plantearse objetivos ulteriores, haciéndolo tan sólo, y eso es lo bueno, por el enorme placer que con ello logramos. Concedámosle entonces a ambos, sin ninguna duda, que no hay consejo más sabio.
La conclusión más juiciosa que se puede extraer de la lectura de "Miserias literarias" es que publicar es, para todos nosotros, un sueño muy deseado, un gran anhelo, pero es algo que nunca debe apartarnos de la verdadera vocación. Muy largo es el camino que hay que recorrer para llegar a las editoriales, y siempre está preñado de mil trabas que sortear. Unos lo consiguen, otros no;no nos agobiemos, por tanto, por ello. Si llega, alabado sea Dios; si no llega, nos queda el disfrute logrado. Y eso, estaréis de acuerdo conmigo, es mucho.

Yo ansío publicar, es cierto, pero me entusiasma escribir. Desde que comencé con ello, hace casi un año, la satisfación que me produce es cada vez mayor, cada vez más intensa, y por eso continúo. Ya he dejado atrás las ínfulas de best seller, los anhelos de fama y reconocimiento, y ya tan sólo me refugio en el gozo obtenido. Procuro mejorar, escribir cada vez más, cada vez mejor, y creo que ése es el camino adecuado. No dejo atrás el gran sueño de ver algún día una obra mía publicada, lo reconozco, pero ya no me dejo cegar por ello. Ahora, y eso es lo más bonito, tan sólo disfruto.

sábado, 16 de mayo de 2009

El talento escondido

En las entradas anteriores, impulsado por mi gusto por la literatura y por mis ansias por escribir, colgué –no sé si es la palabra adecuada- varios relatos fruto de un ejercicio procedente de mi gusto por los cuentos de terror o por la novela negra. Todos ellos han sido, como digo, ejercicios literarios –perdóneseme la inmodestia al emplear la palabra literarios - cuya única finalidad es la de aprender el oficio de esto que se ha dado en llamar “juntar letras”. He disfrutado mucho con ello y agradezco de corazón los amables comentarios que me habéis hecho. Es, como ya he esbozado en alguno de los comentarios escritos, un enorme privilegio contar con vuestra ayuda, recibir vuestras visitas y aprender con vuestros consejos. Siempre contaréis por ello con mi gratitud y mi reconocimiento. Vuestras palabras son un aliento grato en los momentos de desánimo que me procura mi escaso talento y, dado el apoyo obtenido, no dudéis que continuaré con la labor. Los relatos volverán de nuevo, con toda seguridad, pero no es uno de ellos lo que voy a incluir ahora en el blog. Es una reflexión, y comienza ahora.

Desde que comencé –hace ya tres meses - con esta labor, me interné en un terreno desconocido por completo para mí. Mi gusto por esto de los blogs era inexistente, mi conocimiento de lo que en ellos se desarrollaba era nulo, y esa enorme masa de muestras literarias que en ellos reside era “terra incognita”.

Llevado por un impulso extraño, que aún ahora no sé cómo surgió, decidí crear “el novelista novel”. Las pretensiones eran nulas, pero nunca dudé. Volqué esfuerzos, invertí horas y gané ilusiones. Desde aquel venturoso día he procurado conocer este mundo extraño para mí, he querido internarme en la red y conocer a sus habitantes. Desde aquel día he disfrutado enormemente con ello y, gracias a este viaje, he podido conocer a grandes creadores. Todos ellos son escritores –profesionales o aficionados-, y todos ellos talentosos y admirables. He visitado sus bitácoras, he disfrutado de sus relatos, de sus historias y de sus comentarios. He aprendido de ellos y, si Dios quiere, seguiré haciéndolo. Me han sorprendido sus ingenios, me han abierto un camino, me han desbrozado una ruta extraña. Por ellos, o gracias a ellos, he descubierto que el talento literario no es propiedad exclusiva de editoriales o agentes literarios. Ahora sé que, ocultos entre chips, líneas telefónicas y modens, hay un grupo de personas que vierten su talento y su tiempo en procurar el disfrute de los demás, sin beneficio alguno, de modo desprendido y generoso; un grupo de personas ávidas de conocimiento y de curiosidad, llenas de inquietudes y repletas de entusiasmo. Algunos han alcanzado la fama, han conseguido las tan ansiadas publicaciones y se afanan, con férrea voluntad, en introducirse en el negocio literario. Son, en ocasiones, obras con pequeñas tiradas, de escasa repercusión, con ventas on-line o por encargo, pero siempre ilusionantes y gratificantes. Vaya desde aquí mi enhorabuena y mis mejores deseos para todos ellos. Se han labrado un camino, lucharon por ello y lo han conseguido. Otros, en cambio, no han tenido tanta suerte. Desconozco el motivo. No sé, incluso, si lo han intentado, pero no deja de asombrarme.

Desde la soledad de mi salón, con los ojos clavados en la pantalla del ordenador, leo sus blogs, sus relatos, y no dejo de preguntarme por qué. ¿Por qué es tan esquiva la publicación?¿Por qué está vetada para tantos?¿Por qué hay tanta endogamia en este negocio? ¿Por qué toda esta gente no puede publicar?

Me hago estas preguntas y me asombro. Ignoro las respuestas, pero no renuncio a la esperanza. Confío en que, algún día, recorriendo los pasillos de cualquier librería, encuentre alguna de sus obras, impresa en tapa dura, acompañada por tantos y tantos autores que hoy admiro y envidio. Confío en que llegue ese día, y no renunciaré nunca a verlo. Porque se lo merecen, y porque todos nosotros, los lectores, nos perdemos algo muy grande. No obstante, mientras llega ese día, desde la soledad de mi salón, con los ojos clavados en la pantalla del ordenador, continuaré con mi viaje cibernético, con mi ruta establecida y diaria, ahora ya familiar en la que, un día no muy lejano, cuando comencé con “el Novelista novel”, me interné.


domingo, 26 de abril de 2009

Una historia de miedo


Nunca había estado allí, y jamás volveré. Los recuerdos que me vienen a la memoria de aquel aciago día son demasiado tenebrosos, demasiado horribles, y no deseo tenerlos presentes. Contaré la historia pues, en estas líneas, como una forma de encerrar aquellos acontecimientos para siempre, en un cajón abandonado de mi mente, como una forma de purgar los demonios que me acosan o para expiar la frustración que me asedia ante tal funesto acto. Lo he decidido y así lo haré. Y luego lo olvidaré para siempre.

Comenzaré pues.

Era un día frío y gris del mes de Enero, hace ya diez años. En aquella época recorría yo la región de Valbuena, tratando de conseguir compradores para el, entonces nuevo, tractor Pullman. Era una buena promoción de venta y tenía grandes esperanzas depositadas en la operación. Si aquello salía bien mi porcentaje supondría una estimable cantidad de dinero y, en aquel momento, asediado por deudas de juego, esas comisiones podían ser mi salvación.

Pasaba largos días por allí, visitando a los múltiples agricultores que pueblan aquellas latitudes, y ya comenzaba a conocer bastante bien el territorio, pero un día me perdí. Quizás fue por la espesa niebla que se había formado repentinamente, quizás por lo mal señalizada que estaba la carretera, quizás porque el cansancio acumulado de los últimos días me jugó una mala pasada, pero el caso es que me perdí. Comencé a dar vueltas por pistas estrechas y oscuras, flanqueadas por árboles muy viejos y muy altos que impedían ver cualquier cosa a tres o cuatro metros de distancia. Conducía desorientado, volcándome sobre el parabrisas, intentando traspasar la niebla con mi vista. Tan sólo se veía un espeso manto, gris y algodonoso, que se abría a mi paso con timidez. Los faros del coche estrellaban su haz amarillento contra aquella cortina, obteniendo una aurora ocre y filamentosa en torno a ellos que casi molestaba a mis ya cansados ojos. Más arriba, por encima de los árboles, nada se veía. Las verdes copas penetraban en el mar de niebla y se ocultaban en ella, y la carretera continuaba abriéndose a mi paso lentamente.

Pasó así un buen rato, no sé exactamente cuanto, pero era ya casi de noche y mi hotel estaba, sin duda, muy lejos de donde me encontraba. Aquello me ponía muy nervioso. Me removía inquieto en el asiento del vehículo, miraba a todas partes sin cesar, y el corazón me palpitaba con fuerza. Mis manos estaban sudorosas, me rascaba el cabello con fuerza y mi boca estaba seca. Me imaginaba durmiendo en el coche, con el motor encendido para no congelarme, estremecido por un temor irracional que hacía que me sintiese amenazado por extraños peligros, pero de repente se hizo la luz.

La niebla pareció diluirse en un instante. La oscuridad se fue entreverando de jirones blanquecinos que cada vez se volvían más difuminados hasta que, unos segundos después, la bruma desapareció por completo. La oscuridad ya lo cubría todo, pero me sentí aliviado al ver que era, valga la expresión, clara y límpida. Acostumbrado como iba a la opacidad anterior, aquel cambio me llenó de esperanza y eliminó mis nervios por completo.

Ante mí se abría un estrecho camino de tierra muy compacta que avanzaba sinuoso unos cincuenta metros. Recorrí aquella distancia más liviano por haber olvidado mis temores y llegué hasta un claro que se abría entre la arboleda. A un lado, próximo a unos grandes árboles de agujas verde oscuro, había una pequeña casa de madera, con las ventanas pintadas en blanco. El porche exterior era estrecho, con una pérgola de madera torneada y una celosía blanca.

La presencia de aquella vivienda supuso una gran alegría para mí y decidí encaminarme hacia ella para enterarme de cuál era el camino que debía seguir para salir de aquel bosque. Aparqué el coche y me aproximé a la casa. A los pocos metros pude comprobar que alguien había salido hasta el porche y, ya completamente animado, esbocé mi sonrisa de vendedor ambulante.

La mujer era una auténtica preciosidad. Alta y esbelta, con una larga cabellera dorada que le caía sobre los hombros desnudos como un velo de seda. Cubría su cuerpo con una camiseta de tirantes de color blanco y unos pantalones de lona muy holgados. Su piel era muy clara, sin mácula alguna, y sus ojos, claros y azules, miraban con fijeza y ternura, como entregándose de frente, sin temor ni duda. Parecía segura, resuelta, ajena a todo lo que de tétrico y gris tenía aquel lugar. Su presencia allí resultaba extraña, gratificante, casi salvífica. Resultaba incomprensible cómo semejante beldad podía amanecer allí cada día, apartada de todo y de todos. Era injusto para los hombres. Y era injusto para ella.

Por un instante me detuve a contemplarla, y mi sonrisa se petrificó en mi rostro, anonadado por tan bello ser. Parecía yo una estatua absurda, inmóvil y muda mas, para no caer en el ridículo, decidí abandonar mi asombro y me aproximé hasta ella.

Aún no había llegado hasta el porche cuando apareció la más dulce criatura que haya contemplado jamás. Lo hizo con timidez, ocultándose tras las piernas de su madre, pero me pareció maravillosa.

Era una niña de unos diez o doce años, menuda y graciosa, cara redondeada y una sonrisa eterna en el rostro. El parecido con su madre era asombroso, pero en la niña reinaba un aura de inocencia e ingenuidad que despertaba simpatías en todos aquellos que la mirasen.

Ambas me saludaron con gracia y amabilidad, y me ofrecieron entrar en la vivienda. Decidí gustoso aceptar su invitación, pues ya la noche era fría y desapacible. Limpié mis zapatos en un felpudo roto que había en el porche y entré en la casa.

El hogar de aquellos dos ángeles era una morada humilde y pequeña, pero se veía pulcro y ordenado, con gusto por los detalles y la limpieza. Las ventanas se veían cubiertas por cortinas de ganchillo, la mesa lucía un jarrón de flores frescas y un aroma a lavanda y acacia llegó con suavidad hasta mí. El suelo era de madera, cubierto por esterillas de mimbre en las zonas de paso. Sobre las paredes, cuadros de paisajes montañosos, enmarcados con estrechas tablillas de color claro.

Algo tímido, me quedé plantado en medio de la habitación, observando a las mujeres con un gesto estúpido, como de bobo. La madre me ofreció asiento y se dirigió a la puerta de la cocina. Al abrirse, pude percibir con claridad el olor de un exquisito guiso, y mi estómago reaccionó con presteza ante tan grato estímulo. Ellas debieron notarlo pues, a los pocos minutos, habían dispuesto ante mí una generosa ración de comida.

Durante el transcurso de la cena, me dijeron que el desvío más próximo a la carretera se hallaba muy lejos de allí, y que nunca lo encontraría por mí mismo. Ofrecieron así, sin temor alguno, un pequeño jergón que había en un rincón del salón para que pasara la noche allí, protegido de la tormenta que, a esas horas, azotaba la arboleda. Contaron, además, que la carretera era mala y estaba en mal estado, así que aventurarse a cruzarla en mitad de una noche tan desapacible como aquella, no era demasiado conveniente. Hoy, desde la distancia, me sorprendo por haber aceptado de tan buen grado su amabilidad pero, era tal mi arrobamiento ante su compañía, que no pude hacer otra cosa que contestar afirmativamente.

Quedó acordada, entonces, mi estancia allí por una noche. Al día siguiente me acompañarían hasta la salida, y allí nos despediríamos. No estaban, decían, acostumbradas a recibir visitas, y sería para ellas un placer charlar con alguien que les llevara noticias del exterior. El padre de la niña había fallecido en un desgraciado accidente durante la tala de un árbol, y desde aquella vivían solas, apartadas de todo, aunque felices, al mismo tiempo, por ello.

La velada fue exquisita. Contaron que vivían allí desde hacía años, que la niña no conocía otra cosa, pero que allí estaban bien. Me dijeron que su trabajo en la tierra les proveía de todo lo necesario, que su vida era feliz, y que no añoraban nada de la vida en sociedad. Allí vivirían, y allí morirían, conscientes de que todo lo que había fuera no les importaba nada. La niña nos deleitó con varias canciones que yo desconocía, con una voz suave y afinada, casi hipnótica, que semejaba producir un extraño efecto relajante en mí. La compañía de ambas era embriagadora y, en aquel momento, recuerdo haber pensado que la felicidad de un hombre estaba allí, junto a ellas, disfrutando de su belleza y de su bondad, de su generosidad, de su candor.

Fueron tres o cuatro horas de completa felicidad para mí. Jamás me había sentido tan bien, más alegre o mejor acompañado, pero se hacía tarde, la niña debía descansar y decidimos retirarnos. Ya pocas horas quedaban para el amanecer, y había que aprovechar las escasas horas de sueño que nos restaban hasta la mañana. Se despidieron con sus sonrisas perennes y entraron en la habitación.

Tras despedirlas con gratitud me acomodé en el estrecho jergón, sin poder desprenderme, ni un instante, de una sonrisa bobalicona que afloraba a mi rostro. Fuera, el viento azotaba las maderas de la cubierta. La lluvia repiqueteaba sin cesar, invitando a uno a acurrucarse entre las sabanas y sumirse en el sueño acompañado de su música. Al poco rato, mi cuerpo se dejó vencer por el cansancio, y quedé profundamente dormido.

No sé con exactitud cuánto tiempo transcurrió, pero me desperté con inquietud. Sentí una cierta opresión en el pecho, noté cómo alguien me observaba y, con mis ojos aún nublados por una bruma acuosa, miré al frente.

A escasos pasos de donde yo me encontraba, velada por la oscuridad en la que se hallaba sumida la habitación, estaba la preciosa niña, con sus dulces ojos azules fijos en mí. Me contemplaba en silencio, inmóvil, con un brillo especial en la mirada que antes yo no había logrado observar. Aquello me inquietó. Digamos, casi, que me sobresaltó, pero no sé decir por qué. Sólo sé que había algo extraño en aquellos ojos, algo frío, casi animal, que hizo que mi vello se erizara como nunca antes lo había hecho.

-Hola, guapa. ¿Qué pasa?- pregunté tímidamente.

Por toda respuesta obtuve un silencio inquietante, algo extraño, que aumentó aún más mi creciente desconfianza. Me incorporé ligeramente y vislumbré una extraña sombra a mi derecha. No acerté a distinguirla bien, pero me pareció que era la madre de la niña. Mi corazón latía con rapidez, y aquella situación no contribuía en exceso a reducir su ritmo. Sentía un gran nerviosismo, quizás terror, no lo sé con certeza, pero algo surgió de la noche para clarificar mi estado de ánimo.

Brotó a mi diestra, donde yo había vislumbrado la sombra de la bella mujer. Aquella silueta se aproximó lentamente, al tiempo que susurraba algo con una voz grave y quebrada, profunda y desagradable. Al principio no lo entendí bien, pero al ver el rostro de la silueta que avanzaba hacia mí, comprendí perfectamente sus intenciones.

Las dulces facciones de la mujer se habían tornado en una horrible y grotesca mueca de aspecto cadavérico, deforme, con una piel casi traslúcida y surcada de finas venas sanguinolentas que la recorrían por entero. Sus ojos relampagueaban con fuerza, brillando en la oscuridad, y se clavaban en mí hasta dejarme helado de terror.

-Cómetelo- dijo con su voz enferma, dirigiéndose a su hija que se hallaba junto a mí. Yo apenas podía apartar la vista de la mujer, paralizado de miedo como estaba. Veía cómo se aproximaba hacia mí, mostrándome unos dientes negruzcos y afilados, podridos, donde antes había visto yo unas preciosas gotas de marfil. Una saliva blancuzca y espesa brotaba de entre ellos y escurría por su mentón, ensuciándolo con su espesura, hasta caer sobre el suelo o la camiseta que cubría su cuerpo. Cada vez estaba más cerca, y yo seguía sin reaccionar, inerme, impotente, aterrorizado.

Apenas podía apartar la vista de ella, hipnotizado por sus ojos blanqueados y exangües, pero un hediondo aliento llegó hasta mi mejilla y me sacó de mi trance.

Giré la cabeza lentamente, como temiendo ver lo que a escasos centímetros de mi rostro me aguardaba, con un temblor incesante en mis labios y un latido bronco en mis sienes. Tan sólo debía ladear mi cabeza unos centímetros, pero para mí suponía un esfuerzo titánico.

Cuando lo hice, la vida se detuvo por un instante. Mi corazón cesó en su movimiento, mis ojos se volvieron desmesurados, un hálito brotó de mi garganta, sordo y brusco, y un inmenso y helado vacío pasó a ocupar mis tripas.

Volcada sobre mi rostro, con su viciado y repugnante aliento golpeando mis mejillas, estaba la dulce niña. Su rostro era igual de monstruoso que el de su madre, cadavérico y exangüe. Su boca se abría con desmesura en dirección a mi garganta, mientras sus manos, ramas quebradizas de uñas como garras, me agarraban por los hombros para inmovilizarme.

Aún hoy desconozco qué extraña fuerza me llevó a librarme de su abrazo y apartarla lejos de mí, pero conseguí desembarazarme de ella de un fuerte manotazo. De un salto, con la sombra de la madre abalanzándose con violencia sobre mí, conseguí abandonar mi jergón y esquivar el cruel ataque de tan salvaje y mortal criatura. Madre e hija cayeron sobre la cama gruñendo histéricamente, como bestias enfurecidas, dando zarpazos y mordiscos al aire, buscando mis carnes a tientas en un intento de dar el golpe final.

Más impulsado por el miedo que por mi coraje o determinación, me dirigí hacia la salida y abandoné la casa sin dejar de notar su presencia a mi lado. Me lancé a la espesura del bosque dando continuos traspiés que daban con mi cuerpo en el suelo. Me interné en la oscura tormenta que habitaba el bosque, con el agua y el viento golpeando con violencia mi cuerpo, corriendo sin desfallecer, impulsado por un terror atroz para salvar mi vida. Corrí como un loco, sin atreverme a mirar atrás, siempre hacia delante, con los rastrojos lastimando mi cuerpo desnudo, envuelto en una oscuridad impenetrable que me cegaba, tropezando con cada piedra o rama que me encontraba en mi camino, pero sin dejar de correr ni un solo instante. Hasta que desfallecí.

Ignoro el tiempo que permanecí en aquel bosque, tirado en cualquier oscuro rincón, expuesto a lo que aquellos monstruos o cualquier bestia salvaje quisieran hacer conmigo. Imagino que caí, agotado por el esfuerzo y la tensión, en algún lugar de aquel bosque infernal. No sé, repito, cuánto tiempo transcurrió hasta que dieron conmigo, pero el caso es que alguien me encontró, y me salvó.

Desperté días después en la habitación de un hospital, con el cuerpo magullado y lleno de heridas. Éstas evolucionaron muy favorablemente, pero mi estado nervioso era deplorable. Por las noches me despertaba gritando, bañado en sudor, con las manos crispadas en un abrazo desesperado a las sábanas de mi cama, sumido en un miedo agobiante que nunca hasta hoy me ha abandonado y del que, es muy posible, jamás despierte del todo.

En cuanto al paradero de las bestias, ningún resultado satisfactorio se obtuvo en las pesquisas que siguieron a mi aparición. Es cierto que el caso fue investigado, no crean, pero nada bueno se logró. Mis declaraciones dejaron perplejos a todos aquellos que las escucharon. Algunos se rieron y me trataron de loco; otros fueron más respetuosos y me escucharon con atención, pero nunca nadie les concedió crédito suficiente. Sin embargo, dado el elevado número de desapariciones que se habían producido por la zona, y la presión que los ciudadanos ejercía sobre el gobierno, la Policía recorrió el bosque durante días, batiendo cada camino, cada cortafuegos, cada robledal. Escudriñaron hasta el último rastrojo, con todos los medios necesarios, pero nada encontraron. Finalmente, ante lo infructuoso de la búsqueda, se llegó a la conclusión de que nada había por aquellos parajes. Se concluyó que me había perdido durante una excursión y que el estrés provocado por la experiencia vivida había motivado la angustia en la que me hallaba. Al poco tiempo, a pesar de mis ruegos, el caso fue cerrado y todos lo olvidaron. Pero yo nunca he podido hacerlo.

Desde entonces, y cada día de mi vida, he necesitado medicación para calmar mis nervios. Aún sigo recluido en un hospital psiquiátrico, y dudo que vuelva a salir de nuevo a la calle, pero debo poner fin a todo esto. Cada vez estoy más tranquilo, cada vez soy más consciente de que debo olvidar, y en ello me debo afanar. Dejar esto por escrito es un primer paso. Deseo olvidar. Para siempre.

Dios quiera que sea así.

jueves, 23 de abril de 2009

La mansión Mayer (3)

A pesar de sus setenta años cumplidos, era Don Mortimer hombre fuerte y con nervio y, enardecido por la rabia y espoleado por la curiosidad, sus buenos veinte metros arrancó a sus vecinos que, aunque más jóvenes y fuertes, no conseguían librarse del pesado lastre nervioso que acarreaban. Ya en el recibidor, corriendo como alma que lleva el diablo hacia el salón, empujó la puerta y entró en la habitación. La hoja se batió con estrépito y, aunque pronto se cerró de nuevo, sí se mantuvo abierta el tiempo suficiente para que los dos investigadores más rezagados pudiesen ver algo que recordarían el resto de sus vidas.

Dicho ha quedado que fueron tan sólo un par de segundos los que permaneció visible tan horrible personaje, pero a ellos les pareció una eternidad.

Una figura espectral, desvaída, enjuta de carnes níveas y marmóreas, se había abalanzado contra el reverendo Mortimer, con los ojos refulgentes de odio y desesperación. Parecía flotar en el aire, como si estuviese suspendida, pero tal era la violencia con la que se había arrojado sobre el cuello del cura que se hubiera podido decir que era una madeja desmadejada de jirones de tela y carne nervuda azotada por un fuerte tifón. Enarbolaba por delante unas manos huesudas y blancas, con las uñas muy largas y oscurecidas por la escasez de limpieza, como garras de una fiera abandonada y rabiosa.

La expresión del Párroco era de terror, con los ojos desorbitados y la boca desmesurada. Apenas pudo hacer nada, salvo contemplar su propia muerte. El mensajero del infierno se arrojó sobre él y lo abatió de un soplo, antes de que un gutural gemido brotase de la garganta del clérigo. Cayeron hacia un lado y ya nada más se vio. La puerta se había cerrado y ellos caían sumidos en una inconsciencia aterradora y solitaria, arrastrados por una marea de brumas que les impedía ver las escaleras y el recibidor.

Días más tarde, una vez recuperados de tal terrorífica experiencia, Cook y Beresford, farmacéutico y maestro, con el gratificante estímulo de dos buenos vasos de ron, consiguieron balbucear una explicación que a todos resultó increíble. Dijeron haber visto al viejo Mayer, exangüe y con los ojos como dos tizones ardientes, levitando en el aire. Vieron cómo se había abalanzado sobre el Sacerdote señor Mortimer y cómo éste, aterrorizado por tal funesta aparición, no pudo evitar sucumbir a la muerte.

Horripilados por tal visión – contaron -, ambos desfallecieron y cayeron escaleras abajo, de resultas de lo cual lucían aparatosos vendajes y contusiones. A partir de ahí nada supieron si no por los informes que de sus vecinos les llegaron.

Éstos les informaron de que al escuchar el estrépito originado, e impulsados por un extraño sentimiento de bonhomía, un grupo de vecinos decidió encaminarse hasta la mansión y acudir al rescate de los suyos. Allí encontraron a Cook y a Beresford en el suelo, inconscientes, a los pies de la escalera. El Reverendo Mortimer se hallaba tumbado en el salón, con una mueca grotesca en el rostro. Sus ojos estaban desorbitados, sus labios fríos y amoratados y su boca, abierta de par en par, mostraba un gesto contraído y enervado, como de terror.

Tras una exhaustiva búsqueda por la mansión encontraron al señor Mayer, muerto, en una de las habitaciones de la planta superior. Semejaba llevar allí sus buenas dos semanas, aunque tal punto no se vio refrendado por opinión experta alguna.

Ante la perplejidad de los vecinos y los continuos rumores sobrenaturales que comenzaban a circular por el pueblo, las autoridades locales se vieron en la obligación de pergeñar una explicación lógica. Sus esfuerzos obtuvieron las siguientes conclusiones:
-Primera: El señor Mayer había muerto de causas naturales.
-Segunda: El Reverendo Mortimer, ya ciertamente entrado en años, y escasamente acostumbrado a emociones fuertes, falleció por repentino ataque al corazón.
-Tercera: Cook y Beresford, quizás por efecto de los golpes que sufrieron en su caída, creyeron ver al señor Mayer con vida. Resulta innecesario explicar -resaltaba el informe- que tal cosa es, por fantástica, imposible.

Sea como fuere, a partir de esos acontecimientos, la Mansión Mayer es conocida en toda la región como la casa del viejo fantasma. Y allí sigue, divisando el pueblo desde su otero.

martes, 21 de abril de 2009

La mansión Mayer (2)

Armados de un falso escepticismo del que solían hacer gala, y grandes dosis del valor necesario para encarar tal ingrata faena, hacia allí se dirigieron el maestro, el farmacéutico y el cura párroco. Traspasaron el alto muro de piedra que rodeaba la finca, avanzaron hasta la mansión y la observaron durante unos minutos. La casa se hallaba en completo silencio. Las puertas y ventanas seguían tapiadas, como siempre lo habían estado, y todo parecía encontrarse, si tal palabra viene a cuento para describir las peculiaridades de la mansión Mayer, en total normalidad.

Hasta que el farmacéutico vio algo.

Fue una sombra tan sólo. Una sombra fugaz que surgió tras las tablas de una de las ventanas. El farmacéutico la señaló visiblemente alterado. –¡Lo he visto!- dijo. –Está ahí-.

-Bien, entremos pues- dijo el cura Párroco con parsimonia, hombre poco dado a temores infundados.

Entre balbuceos, algún que otro temblor y una pesada carga de nerviosismo, allá se fueron los tres hombres, decididos a tirar la puerta abajo y aclarar el misterio. El Cura Párroco iba delante, con paso firme y una garrota en la mano. Con seguridad, tal instrumento no hubiese sido de mucha ayuda para enfrentarse a espectros y fantasmas traviesos, pero su peso le transmitía cierta seguridad. Tras él, algo más nerviosos y sin garrota, caminaban vacilantes el farmacéutico y el maestro.

Unos minutos más tarde, entre nervios, miradas furtivas y respiraciones entrecortadas, la puerta quedó libre de tablones y atrancos. Los tres notables la abrieron y entraron en la casa. Los víveres se acumulaban en el recibidor, envueltos en un olor nauseabundo que inundaba toda la estancia. Las moscas revoloteaban furiosas a su alrededor, formando una nube oscura y trepidante que emitía un zumbido fuerte y desagradable. Los tres hombres, asqueados, se taparon la nariz con un pañuelo y comenzaron a recorrer la casa.

En el exterior, en las proximidades del edificio, se agolpaba un buen número de curiosos, ansiosos por descubrir los resultados de tan inusual expedición.

La planta baja estaba formada por un salón, una biblioteca y las dependencias de servicio, que se encontraban abandonadas y cubiertas de polvo y telas de araña. Semejaba que la casa llevaba años deshabitada, tal era el estado de ruina en el que se encontraba, pero todos sabían que no era así. En el centro, aguardando por los visitantes, una escalera. Ascendieron por ella aferrados a la balaustrada. Las maderas de los peldaños crujían, se combaban, y el pasamanos estaba ligeramente suelto, pero se aferraron a el al ser lo único que les ofrecía cierta seguridad. Las velas de sebo que portaban llenaban la escalera de sombras temblorosas y vacilantes. Gravitando sobre ellos, como un espía que acecha, había una enorme lámpara con farolillos de aceite.

La escalera conducía a un pasillo de madera en el que había numerosas habitaciones. Las paredes, cubiertas por retratos antiguos ya oscurecidos, se alzaban grises y húmedas.

Con cierto temor, John Cook, el farmacéutico, giró el pomo de la primera de las puertas y la abrió. La luz se filtraba entre los tablones de las ventanas y dibujaba curiosas formas con el polvo que flotaba en el aire. En una pared lateral había una cama con dosel, muy antigua. A su lado, un mueble bajo, un banco y un espejo. Entraron en la habitación y miraron a su alrededor. El polvo lo cubría todo, en una pátina de vejez, humedad y abandono. Se notaba un olor rancio, viejo, y los tres salieron de nuevo al pasillo con una clara muestra de desagrado en sus rostros.

Estaban nerviosos y asustados. Se arrimaban unos a otros como colegiales temerosos e incluso, aunque luego no lo reconocería, el maestro llegó a agarrarse del faldón de la levita de John Cook. Reanudaron la inspección del pasillo y comenzaron a abrir las puertas que se encontraban a su paso. Lo hacían con un ritmo frenético, impulsados por un temor ya arraigado en ellos. Giraban el pomo con violencia, empujaban la hoja de la entrada y echaban un rápido vistazo desde el pasillo. Apenas se atrevían a entrar en las habitaciones y observarlas con detenimiento. Lo único que deseaban era salir lo antes posible de aquella casa, volver a sus hogares y olvidarse del viejo Mayer para siempre. Así continuaron durante unos minutos, avanzando a trompicones, observados por un sinfín de retratos viejos y oscurecidos.

Hasta que oyeron algo.

Fue en la planta baja, en el salón. Días después, ya más tranquilos, ninguno de ellos acertaría a describir la naturaleza de tal sonido, pero en aquel momento, rodeados de bruma y de sombras, aquello les causó tanta impresión que les hizo dar un respingo. El Cura Párroco, menos medroso que sus compañeros, se recuperó al instante del sobresalto y salió a la carrera escaleras abajo. Ante la pasividad de sus vecinos, que permanecían abrazados entre sí, se vio obligado a dar un grito de ánimo que los sacara de tal trauma emocional. Éstos, algo avergonzados por su escaso coraje, volvieron a la vida y siguieron a su amigo.
(Continuará)
En la próxima entrada pondré el desenlace así que, no temáis, ya no me hago más el coñazo.

domingo, 19 de abril de 2009

La mansión Mayer

He decidido colgar un relato escrito hace unos días. Dentro de poco mostraré la continuación. Espero que os guste





LA MANSIÓN MAYER

Joseph Mayer, misántropo contumaz, conocido por los pocos que osaron tener relación con él como “el malvado Joseph”, murió en su casa de Silas, Ohio, a los 94 años de edad. Se podría decir, sin que a nadie pudiese sorprender, que un fallecimiento así era esperado y normal, mas una serie de extrañas circunstancias que rodearon el óbito llenaron de asombro y perplejidad a todos los habitantes del pueblo.

Joseph Mayer odiaba al género humano. Era tal su animadversión hacia el hombre que, si bien es cierto que nunca se le conoció atentado alguno contra sus semejantes, todos sus esfuerzos, a lo largo de toda su vida, fueron encaminados a apartarse de ellos y no tener ninguna relación o trato que pudiese menoscabar su misantropía. Su casa, con puertas y ventanas tapiadas con tablas, se situaba en el centro de una enorme finca rodeada por un alto muro de piedra, de tal guisa que cualquiera que pretendiese husmear en su interior tendría que sortear infinidad de obstáculos para cumplir tal fin. Todo ello, mansión y finca, era fruto de una herencia que, se rumoreaba, había sido sumamente cuantiosa y le permitía, sin precariedad alguna, vivir apartado de sus congéneres sin roce humano o transacción comercial.

Tan sólo aquellos que le proveían de las viandas necesarias, a través de una pequeña portezuela, se atrevían a entrar en la finca. Así las cosas, el entorno humano del anciano estaba formado por el carnicero, el frutero, -ambos de escaso entendimiento-, y el pescadero. Ninguno de ellos tuvo oportunidad alguna de hablar directamente con él, sin embargo, John Mills, carnicero de Silas, y James Morton, frutero limitado, sí habían conseguido verlo, durante breves instantes, oculto tras alguna ventana.

Contaban de él que su cara era estrecha, afilada y huesuda, cubierta de pequeñas manchas negras que ensuciaban una piel nívea y surcada de arrugas. Era su cabello blanco y muy escaso, y sus ojos, negros y brillantes, semejaban dos tizones ardientes y diminutos. Tal fantástica descripción, pensaban los vecinos más sensatos de Silas, era fruto de una imaginación desbordante que se había instaurado en todos sus vecinos ante la extraña actitud de Mayer, pero ninguno de ellos se veía capaz de presentarse ante él para demostrar tal afirmación. Algunos decían de él que era un brujo, que estaba maldito, o que era la encarnación de uno de los muchos diablos que pueblan el averno. Otros, los menos dados a la ficción, pensaban que era un millonario loco, y seguramente enfermo, que llevaba sus excentricidades al límite.

Se rumoreaba que por la casa se paseaban fantasmas a todas horas, que acudían a su cita con el viejo y vagabundeaban por la mansión en busca de almas que poseer o incautos a los que capturar. Leyendas surgieron a decenas y se hicieron famosas por toda la región, arrastrando a multitud de curiosos que decidían llegarse hasta allí para comprobar, por sí mismos, si todo lo que se decía de la mansión de Silas era cierto. Se agolpaban junto al muro, observaban desde la distancia y esperaban allí hasta que, horas después, optaban por regresar de nuevo a sus casas. Los niños corrían asustados al pasar por las inmediaciones de la mansión, los hombres miraban con desconfianza y temor, y los ancianos, cuya religiosidad estaba más arraigada, se hacían cruces y musitaban breves plegarias.

Durante años, todo el pueblo de Silas vivió a la sombra de tales cuentos, aunque aún había muchos que hacían caso omiso de tal maldición.

Hasta que un día de mayo, no se sabe con exactitud cuál, el viejo murió.

Nadie sabe cómo sucedió ni las causas que rodearon tal fallecimiento. Las sospechas salieron a la luz cuando carnicero, frutero y pescadero vieron, con gran asombro, que las viandas que depositaban a través de la pequeña portezuela se acumulaban sin que nadie las retirase. La noticia corrió por el pueblo como un reguero de pólvora, y en todos los foros se hablaba del viejo Mayer y de lo extraño del caso. Tal fue la importancia que se le adjudicó a la cuestión que, en un intento de arrojar algo de luz clarificadora, un grupo de notables de la villa decidió encaminarse hacia la mansión, entrar en ella y dilucidar, de una vez por todas, aquel curioso asunto.
(Continuará...)